sulloon

Sulloon

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While goin’ the road to sweet Athy, hurroo, hurroo…

While goin’ the road to sweet Athy, hurroo, hurroo…

 

Alrededor de su cabeza comenzaba a formarse un pequeño charco, la finísima lluvia que caía estaba llenando el cráter que el peso de su cráneo embutido en un casco formaba en la tierra húmeda. Cerca de él yacía una pierna que podía ser parte del cadáver de un compañero, unida o desprendida del difunto. O bien podía ser también suya.

While goin’ the road to sweet Athy,

a stick in me hand and a drop in me eye,

a doleful damsel I heard cry,

Johnny I hardly knew ye.

Se presentó voluntario para el ejército de colonización seducido por la intensa campaña de reclutamiento de la Confederación de Planetas y Satélites. El descubrimiento de una nueva forma de desplazamiento a través del espacio que desafiaba todo lo que se conocía de él hasta el momento había propiciado que la ambición expansionista de la Humanidad se desatase como nunca a lo largo de una historia que ahora se le antojaba, tal vez demasiado larga. Por lo que sabía, tras una cantidad considerable de expediciones a otros planetas calificados como habitables, nunca se habían producido encuentros desagradables con la -por llamarlas de alguna manera- flora y fauna autóctonas. En muchos de estos planetas se habían establecido grandes grupos de seres humanos sin demasiados incidentes a excepción del desarrollo de la espantosa Mutación de Kent, que había relegado a la categoría de impracticables algunos de los nuevos hogares antes contemplados como susceptibles de albergar a la civilización. Salvo estos casos, terribles pero aislados, en cuya prevención ya trabajaban los mejores cerebros del gobierno, el resto de contactos con la vida nativa se había saldado con la extinción de la misma como consecuencia del proceso de terraformación, o con la conservación de determinadas especies de interés en las inmensas granjas de contención. La política oficial era el homo astral primero, y este era un mensaje que convenía tener claro en todo momento. La fundamentación teórica era que garantizar la supervivencia de la vida humana era lo esencial, especialmente tras la ya lejana crisis de la hiperpoblación, que pudo acabar con toda la especie.

Cuando su compañía llegó a Sulloon en misión de reconocimiento, los escáneres biométricos no detectaron ningún indicio de vida potencialmente peligrosa en aquel cuerpo de atmósfera violeta y mares embravecidos. Si de algo había pecado siempre la Humanidad era de una ignorancia extremadamente arrogante. Tras confirmar que los colonos podían proceder a instalarse e iniciar el proceso que convertiría con el tiempo a aquel lugar en una nueva y artificial Tierra, su siguiente cometido fue escoltarlos por si surgía alguna clase de problema, especialmente logístico y de comunicaciones. Llevaban ya casi siete años allá, y los núcleos humanos habían ido dispersándose para tejer la compleja red que requería la transformación, separándose cada vez más de la metrópolis, alentados por el reconocimiento interplanetario que les granjeaba la gran labor que estaban realizando. Comenzaban a obtenerse pequeños y moderados éxitos. El cambio era muy lento, pero se empezaba a apreciar en pequeños detalles. El musgo tóxico que impedía la siembra de biots retrocedía como un animal herido desde los asentamientos; los árboles -así decidieron llamar a unas complejas estructuras vivas que se proyectaban centenares de metros hacia el cielo- se marchitaban y caían con un horrible y agónico chirrido final que era su último estertor; los perros, vagamente similares a un artrópodo, numerosos, pequeños e inofensivos, se habían capturado sistemáticamente para su estudio en las granjas, al parecer, no contraían la plaga de Kent, como también se conocía a esta aberración cósmica. La vida en general sucumbía al paso de los terrícolas, para exasperación de los exobiólogos, que veían como su disciplina era maltratada y sus advertencias desoídas.

Se cumplía una semana desde que recibieron las primeras noticias del movimiento de una inmensa masa de algo que se desplazaba desde el polo sur del planeta en dirección al extremo norte, lugar en el que se encontraban las bases de la colonia. Al principio pensaron que podía tratarse de alguna clase de tormenta, o de movimiento migratorio de alguna especie que todavía no habían observado. Pero pronto los satélites informaron de que ambas hipótesis eran erróneas.

Cubrieron una distancia de aproximadamente 90.000 quilómetros en seis días, sin descanso, sin tregua, como una nube de langostas apocalípticas que desconoce el cansancio. Atravesaron cordilleras impracticables y océanos ácidos sin detenerse ni un instante, hasta que cuatro horas atrás impactaron contra los núcleos más alejados. Las cámaras de las estaciones revelaron un espectáculo dantesco. Las bajas fueron catastróficas en cuestión de minutos, no hubo resistencia posible. Pudo escuchar las maldiciones histéricas de sus compañeros, antes de ser convertidos en una marea nauseabunda de despojos orgánicos. Los anillos exteriores del entramado fueron cayendo, mientras la negra sombra de la desesperación se apoderaba de aquellos a los que todavía no había alcanzado la destrucción. La evacuación que se solicitó al Estado Mayor recibió una negativa consistente en la explosión por control remoto de la Highlander, el único vehículo con capacidad para transportarlos a todos fuera de allí. Sus últimas esperanzas saltaron por los aires junto a los pedazos incandescentes de aquello que siete años atrás fue la promesa de una nueva oportunidad.

With your guns and drums and drums and guns, hurroo, hurroo…

With your guns and drums and drums and guns, hurroo, hurroo…

Los cañones pesados vomitaron su carga letal sin resultado alguno. La muerte tenía un sinfín de extremidades, la piel de aspecto áspero y rocoso, un rostro alargado e inexpresivo como de máscara impasible. Disminuyeron su velocidad bruscamente a medida que se acercaban. Lo que más le asombró fue la manera en que se movían; era algo incomprensible y totalmente ajeno a nada que hubiesen visto. Se lanzaban aquí y allá en una macabra danza, propulsados por unos brazos como columnas. Debían medir unos cinco metros de altura por ocho de largo. Habían ordenado que los civiles se refugiasen en el interior de las instalaciones, aguardando un milagro que no llegaría. No existían dioses benévolos en Sulloon. Lo que quedaba de la compañía había aguardado la llegada del cataclismo tras trincheras automáticas que emergían de hendiduras en el suelo.

With your guns and drums and drums and guns,

the enemy nearly slew ye,

oh my darling dear, ye look so queer,

Johnny I hardly knew ye.

La literatura no hacía justicia a la realidad de aquellas situaciones. Nunca lo imaginó así. No había un himno de guerra melancólico de fondo, ni se ralentizaba la acción, ni los héroes se ponían en manos del destino arrojándose a las fauces del monstruo para acabar con él pagando con su vida, ni unos refuerzos inesperados rasgaban el cielo entre vítores de júbilo y detonaciones que anunciaban la redención. Allí únicamente se escuchaba el chasquido de los huesos rotos, y los gritos y gimoteos de pánico más puros y auténticos que una garganta puede proferir; se olía el hedor de las vísceras derramándose como deshechos que escapan de una bolsa de basura rajada; la soledad se podía inhalar y en lugar de memoria por los caídos habría silencio y olvido. Vio desgajarse en dos a un amigo antes de sentir el golpe brutal que lo arrojó decenas de metros por el aire hasta caer contra la espalda de uno de los seres que se lo sacudió de encima como a un parásito. El choque contra el suelo todavía fue doloroso, desgraciadamente no había perdido la consciencia. Su casco se agrietó y pudo sentir la brisa suave que bañaba el escenario del fin del mundo. Tendido en el suelo y sin poder torcer el cuello, oyó derrumbarse los muros de la granja, y el frenético batir de millones de pequeñas patas llevando a sus dueños de vuelta a casa. A continuación, una sinfonía de llantos y un coro de aplastamientos. Y ni siquiera podía girarse para echar un vistazo final al epílogo de su reducido paraíso. Su respiración, débil y a punto de extinguirse, producía ondas en el pequeño charco.

I’m happy for to see ye home, hurroo, hurroo…

I’m happy for to see ye home, hurroo, hurroo…

I’m happy for to see ye home,

all from the island of Sulloon

So low in the flesh, so high in the bone

Oh Johnny I hardly knew ye.

niebla

Valhalla

No sabía cómo había llegado a estar en aquella situación; alguien lo había metido en una especie de contenedor junto a tres personas más, para arrojarlos a todos posteriormente en mitad de un campo de batalla. Tras darse de bruces contra el suelo, trató de levantarse y avanzar pero le resultaba imposible. Sus compañeros salieron antes de que pudiese ponerse en pie y huyeron a trompicones de la plaza en que se encontraban en medio de un gran estruendo. Se movían con dificultad, parecían estar bajo los efectos de alguna droga, seguramente la que habrían empleado para raptarlos. No reconocía aquel paisaje. Lo que más le desconcertaba era que no podía distinguir si la oscuridad sobre sus cabezas era el cielo o un techo, por tanto existía la posibilidad de que estuviesen en un recinto cerrado. Mientras observaba el camino a través del cual habían escapado los otros, una gigantesca roca de aspecto cúbico se precipitó junto a él; debía pesar una tonelada y había estado a punto de aplastarlo. Aquella fue la advertencia necesaria para que hiciese acopio de las escasas fuerzas de las que disponía y emprendiese la fuga. Se incorporó, dio un paso y luego cuatro más; todo era borroso y no distinguía con claridad la ruta que debía seguir. El temible estruendo no cesaba. Le pareció escuchar pasos tras él, al girarse comprobó que otras personas caminaban en su dirección, pero no quiso esperar a recibirlos, no entendía qué ocurría y no quería correr el riesgo de conocer sus intenciones. Las rocas llovían del cielo y rodaban por todas partes. Lo único que podía hacer era seguir el sendero, una extraña superficie de mármol pulido que contrastaba con la desolación que lo rodeaba. A varias decenas de metros se erigía una barricada de aspecto sólido, capaz de resistir el cataclismo de los meteoros. Sus perseguidores avanzaban lenta pero inexorablemente hacia su posición, cada vez estaban más cerca, y ahora estaba convencido de que eran hostiles, aunque iban tan desarmados como él. Una súbita descarga de adrenalina le llevó a correr a toda velocidad hacia el refugio; abrió la puerta de un empellón y se arrojó dentro. Cerró la entrada justo cuando le alcanzaban los individuos que le acosaban. Suspiró aliviado y se acercó a la única ventana de aquella trinchera rectangular. A pocos metros de allí, uno de sus compañeros permanecía inmóvil y exhausto en mitad del camino. Intentó advertirle de que no estaba solo, pero no parecía poder escucharle. Lo que ocurrió a continuación fue horroroso; uno de los perseguidores se adelantó al otro, ambos ataviados con un uniforme verde, de aspecto militar, y cuando llegó a la altura de su desconocido amigo, se colocó tras él, a un par de metros. Allí quedó quieto y expectante durante unos segundos mientras su compañero gemía de terror, lloriqueaba y maldecía su parálisis. De pronto, reanudó la marcha, rodeó el cuello del infeliz con un brazo y lo derribó. Desafiando todas las leyes del sentido común, con su víctima incapaz de moverse yaciendo en el suelo, comenzó a devorarlo. El pobre desgraciado gritaba y pedía auxilio, pero no se defendía. El espectáculo fue terrible, la abominación se prolongó durante lo que le pareció una hora, aunque no estaba seguro, había perdido la noción del tiempo. Cuando solo quedaba un esqueleto maltrecho y lleno de jirones de músculos, tendones y piel, ocurrió lo impensable. Una extremidad de proporciones bíblicas descendió del cielo, recogió el cadáver, y se lo llevó de vuelta a las alturas. En aquel momento, su mente colapsó. Se aferró a los barrotes de la ventana y gritó al máximo de su capacidad pulmonar. El atacante, terminado el festín, emprendió una carrera frenética y se alejó hasta que le perdió de vista, seguido por su compañero, mucho menos ágil. Imploró a quien fuera que pudiese escucharle, a esas alturas ya creía en cualquier cosa, rogó por su vida y a cambio solo recibió silencio, un silencio agónico y sepulcral que acabó con todas sus esperanzas. Deseaba morir allí, tumbarse y acabar con su sufrimiento, pero no había nada con lo que pudiese suicidarse. Su desgracia llegaba a tales extremos. Estando inmerso en estos pensamientos, la puerta se abrió de golpe; en el umbral había una mujer de la que no pudo adivinar su edad. Parecía joven, pero su mirada era la de alguien mucho mayor. Tenía el pelo sucio, y la ropa desgastada.

¿Quién eres?

No lo sé – le respondió ella.

¿Qué está pasando aquí? ¿Qué es todo esto?

Esto es el fin del mundo.

¿Qué ha pasado ahí fuera? ¿Quiénes son esos caníbales? – las palabras se alternaban con sollozos.

Es la ley, así debe ser.

¡Pero no había hecho nada!

¿Qué tendría que haber hecho?

El rostro de la mujer no mostraba expresividad alguna, parecía devastada a nivel emocional por el horror. No entendía absolutamente nada, las venas que inyectaban sangre a su cerebro palpitaban como si fuesen a estallar. Tampoco se acordaba con nitidez de qué hacía antes de estar allí, tenía la vaga sensación de una vida pasada, un sueño turbio que se desvanecía cuanto más trataba de recordarlo. Sin previo aviso, como poseído por una fuerza maligna capaz de hacerse con el control de su sistema motor, se lanzó a la carrera de nuevo hacia el camino. Miró hacia atrás y vio como ella le miraba desde la distancia, y creyó intuir algo macabro en su aspecto, no deseaba cruzársela de nuevo. Las increíbles piedras castigaban el campo sin piedad, pero nunca caían sobre él. Pronto se acostumbró a su presencia, y se centró únicamente en sobrevivir. No sabía bien cómo, pero debía despertar de aquella pesadilla, volver a lo que ya era únicamente una neblina prometedora, pero vaga e inconsistente. Durante un tiempo no volvió a toparse con nadie, por lo que pudo estudiar mejor el entorno: además de las barricadas y las plazas junto a las que iba pasando, veía un edificio gigantesco siempre a su izquierda, un bloque de piedra multicolor con un portón en cada lado. Su aspecto era imponente y terrorífico, pero parecía ofrecer resguardo. A él se llegaba por varias pasarelas elevadas precedidas por unos escalones, hasta el momento había pasado tres pero estaban bloqueadas. Acababa de dejar atrás la última de ellas cuando divisó a un chico, con unos vaqueros raídos y una camiseta roja de manga corta, que descansaba en mitad del sendero. Parecía inofensivo, pero había aprendido rápido que no podía ser confiado en aquel lugar. De vez en cuando oía gritos de dolor y chasquidos de dentelladas, que le traían el recuerdo del diabólico suceso que había presenciado. El joven continuaba allí parado, con los brazos en jarras y resoplando. No advertía su presencia. A medida que lo contemplaba, un extraño furor crecía dentro de él. Era una combinación de ira, lujuria y odio. Nunca se había sentido así, pero por otra parte, jamás había estado en aquellas circunstancias. No le tenía miedo, se sentía un cazador, y disfrutaba con la sensación. Poco a poco se dirigió hacia él, caminaba primero tranquilo, con la cabeza apuntando hacia el suelo pero con la vista puesta en el frente. Después comenzó a trotar, y finalmente emprendió una carrera salvaje, avanzaba desbocado como un caballo furioso. Ni siquiera le vio llegar: solo se percató de su existencia cuando se abalanzó sobre sus espaldas, colocándose a horcajadas. El chico cedió a su peso y cayó contra el mármol. Estaba indefenso y no ofreció resistencia.

Al terminar no hubo culpabilidad, remordimientos o arrepentimiento. Había consumado su transformación en bestia. Con la sangre deslizándose todavía por su cuello, una oleada de euforia sacudió sus músculos, que le impulsaron a toda velocidad hacia la cuarta pasarela, un pasillo glorioso al que llegó cuando la extremidad imposible descendía para recuperar los restos del irreconocible joven. Allí se detuvo y se deleitó con el caos manifestado en todo su esplendor. Le maravillaba el asombroso espectáculo de las rocas precipitándose furiosas desde el cielo abismal; disfrutaba con el sonido de la muerte, con las estampidas obscenas del resto de gente y los banquetes ocasionales. Fatigado pero satisfecho avanzó hasta la puerta en la que desembocaba el puente colgante, que se abrió con un tremendo chirrido. El interior del edificio era la redención, el Valhalla de los más aptos, la justicia en su máxima expresión. Para su sorpresa, encontró a dos de sus compañeros de secuestro, que reposaban sentados en el suelo de la sala, con forma triangular. Cuando se disponía a preguntarles por su experiencia, y a informarles de la pérdida del cuarto de ellos, la puerta volvió a abrirse, y allí, en el umbral, apareció aquel al que había visto perecer a manos de uno de los antropófagos uniformados. Su rostro no reflejaba ningún tipo de preocupación, había vuelto de entre los muertos y se acercaba a él, impasible, cansado pero entero. En ese momento, la puerta se cerró de golpe, y una carcajada atronadora resonó dentro de la atalaya. Todo comenzó a temblar, el sonido de las rocas se había apagado pero había sido sustituido por unas voces inimaginables que se comunicaban en alguna clase de idioma imposible de reproducir. La bóveda del refugio en el que había creído encontrar la paz se levantó, y contempló con horror un rostro que jamás habría podido soñar. El ser derramó su extremidad sobre todos ellos y los izó hacia el cosmos, parecía contento y satisfecho. En su mente solo se repetía una palabra, que repiqueteaba en sus sienes como un mar de campanas tañendo a difuntos, ¿cómo? Sin darle tiempo a pronunciarla, fue arrojado de nuevo al contenedor, un barril de color azul que se agitaba sin piedad, con una fuerza tal que pensó que le quebraría todos los huesos, y a medida que lo hacía, sus recuerdos se iban diluyendo de nuevo, la batalla que habían librado desaparecía poco a poco, hasta que al final todo fue un fundido a blanco y la inconsciencia.

No sabía cómo había llegado a estar en aquella situación; alguien lo había metido en una especie de contenedor junto a tres personas más, para arrojarlos a todos posteriormente en mitad de un campo de batalla.

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Ménage à six

Un inspector de policía descubre el horror en un sótano diáfano y macabro de un barrio residencial cualquiera. Seis personas aparecen muertas de una forma inexplicable. La sala blanca escenario de los crímenes alberga el misterio de lo inabarcable, un secreto que será un abismo para la mente humana.
Tanto si te ha gustado el relato como si no, me encantaría leer tu crítica. Comenta o escríbeme un mail, ¡te lo agradeceré! La imagen destacada es un trabajo de Manu Sanz, puedes visitar su espacio aquí.

 

Tree Silhouette Against Starry Night Sky

La llamada

La lluvia repiqueteaba contra la ventana, y la vista del bosque se desdibujaba y parecía derretirse y parecía ser una imagen que oscila distorsionada en un televisor de tubo catódico. Le encantaban estas tormentas breves; especialmente si se producían después de comer sin previo aviso. Detestaba la meteorología, prefería cerrar los ojos e intuir, dejarse llevar por los sentidos y fundirse con la parte no humana de su entorno. Demasiado cemento, demasiados ladrillos, demasiada piedra artificial. Los árboles le parecían cautivos silenciosos rodeados por sus ornamentos-cárcel de metal pintado de verde, o en los parques donde los adolescentes herían sus cortezas para dejar constancia de un amor tan ingenuo como perecedero. Sentía compasión por los pájaros atrapados en jaulas, se paseaba a escondidas por el vecindario cuando la gente dormía y los liberaba de sus prisiones microscópicas y terribles; se entendía con los perros, y con los gatos, y con las ratas salvajes y domésticas, se cruzaba miradas desde el tejado de su casa con ellos y estos le devolvían el furor de lo salvaje atrapado en una carcasa cotidiana. Vivían entre humanos, pero no con ellos. Siempre había sentido una gran reverencia por lo esencial: la tierra, el agua, el viento y el resto de elementos conocidos y desconocidos por el homo sapiens; por la vida natural carente de humanidad. Desde que tenía uso de razón, había sido un extraño entre los suyos; huía en cuanto le era posible de cualquier masificación o reunión demasiado numerosa, no soportaba la estupidez arrogante de sus congéneres, siempre nerviosos y preocupados, sufriendo día tras día por motivos sin relevancia. Le gustaba pensar que había nacido en el cuerpo equivocado, una suerte de transexual interespecie.

La tormenta amainó en pleno crepúsculo, y la llamada reapareció, firme y persistente, un in crescendo impetuoso que atronaba en sus sienes. A medida que la luz se hacía más rojiza, el halo que emitía la vida se hacía más visible. Realmente no podría jurar que el sentido que empleaba para percibir este fenómeno era la vista, de hecho, siendo estrictos, era algo parecido a una vibración lo que veía, un eco cambiante, un idioma secreto para la minoría humana. Había leído algo sobre la pulsión que impelía a algunas personas a adentrarse en la naturaleza para no volver, la llamada de lo salvaje, el Wendigo, el espíritu de lo atávico que desde su gestación equivocada le reclamaba.

Al caer la noche, abrió la ventana de su habitación artificial y fría y se encaramó al marco. Con las piernas flexionadas, aspiraba la brisa nocturna, olfateaba el rumor de las inmensas secuoyas y escuchaba la fricción melancólica de los grillos. No se molestó en dejar una carta de despedida, no le debía nada a nadie allí. Llevaba tiempo meditándolo, debía responder y aprender, regresar a donde quiera que le llevase el instinto, abandonar al fin el error de la civilización y reintegrarse en su verdadero medio. Con sigilo, como un depredador atento y esquivo, se deslizó por el tejado y se dejó caer sobre el césped húmedo. Todavía iba vestido, no quería llamar la atención en caso de ser descubierto. La llamada en su cerebro le sugería un claro rodeado de árboles que conocía, para llegar a él debía cruzar todo el pueblo. Al parecer, el hecho de haber tomado la decisión le había llenado de vigor, se sentía más capaz que nunca, más ágil, más fuerte, más conectado, más animal. La imagen del legendario hombre-lobo de las películas de ficción acudió a su cabeza. Pero él no era un licántropo, ni un lobo-hombre, ni un hombre-lobo. Lo único que sabía con certeza era lo que no era. Se agazapaba entre los vehículos aparcados, esclavos del Hombre sin alma; se arrastraba tras los contenedores, trepaba y se recreaba con el fulgor lunar, la hermana que vigilaba desde un espacio que soñaba con conocer. Desde lo alto del cartel de madera de una licorería vio llegar un coche patrulla de la policía. Los conocía bien, eran amigos de su padre. Por lo que pudo oír en sus radios, buscaban a un pobre desgraciado sospechoso de haber raptado a una niña. No iban demasiado desencaminados, sabía que ese tipo estaba corriendo a través del bosque, sentía quebrarse las pequeñas ramas de la maleza con que tropezaba en su escandalosa fuga. También sabía que era culpable, y sabía cuáles habían sido las atrocidades que había cometido. Pero el sufrimiento humano le resultaba completamente indiferente, tribulaciones de unos seres que perdieron demasiado atrás el vínculo, y se hallaban a la deriva hasta la extinción de su cancerígena especie. Ambos se encontraban de pie frente a la tienda, al parecer el desdichado había roto el escaparate para hacerse con algo de alcohol con el fin de ahogar su ridículo sentimiento de culpabilidad. Estaba a escasos metros de ellos, y sin embargo, era invisible a la atrofia sensorial de esos seres, a los que sentía cada vez más lejanos. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Sus músculos se tornaron duros y tensos, sus pupilas se dilataron hasta lo imposible y la noche se transformó en algo distinto, nítido y solemne. Sus brazos experimentaron una metamorfosis local, sus dedos adquirieron una mayor capacidad para separarse, y se hicieron más largos y resistentes. En su cabeza, poblada de un cabello largo, denso y rojizo, que se mezclaba con una barba espesa del mismo color, únicamente una palabra, un concepto prohibido, un pecado mortal: Mátalos. Se deshizo de la camisa que le aprisionaba, así como de los prejuicios de una cultura impuesta, y se puso en cuclillas, más cerca del borde del cartel sobresaliente. Quería que viesen al monstruo cotidiano, a aquel a quien creían conocer. La mirada de uno de ellos bastó para desencadenar la explosión. Únicamente pudo ver la silueta del hijo de un amigo, en la cual se engarzaban unos ojos extraídos de un cuento de fantasía. Antes de que su cerebro procesase la información, estaba en el suelo lleno de sangre, recibiendo golpe tras golpe. Trató de defenderse, su compañero yacía con el cuello roto a su lado; ni siquiera se enteró de qué ocurría. Trató de defenderse y fue en vano, lo último en lo que pensó antes de exhalar fue en su familia, y en que ojalá nunca se aclarasen las causas de su asesinato, no quería que supiesen qué horrores desconocidos convivían con ellas en el mundo.

No necesitaba comprobar si vivían, sabía que no era así. Corrió como un relámpago a través de la calle principal, mitad humano-mitad bestia, deshaciéndose a la fuerza de las últimas prendas que le oprimían y le recordaban su enfermedad. Corría como un diablo; desde los árboles de la linde del bosque que circundaba la población veía cómo le observaban seres extraños, a los que siempre había presentido pero nunca había visto. Permanecían inmóviles algunos, gigantescos, tan altos como dos hombres; otros corrían en paralelo con la cabeza girada hacia él y mirándole fijamente pero sin chocar contra ningún obstáculo; otros, diminutos, saltaban y se elevaban sobre las copas, y allí volaban y desaparecían. La noche era un espectáculo maravilloso de vida, una obra tan grandiosa como la mañana y el amanecer junto a un río perdido; como el atardecer desde una roca frente a un mar embravecido. Su carrera le alejaba de todo lo que había vivido, le llevaba directo hacía el paraíso, hacia la madre, hacia la redención. En aquel momento supo que era libre, uno con el cosmos, y allí se abría el claro, las puertas que le conducían hacia la identidad verdadera. Y allí frenó, y se encontró con su familia. Nunca volvió la vista atrás. La Manada contaba con un nuevo miembro, y con él, desaparecieron en la nada bajo la noche repleta de estrellas.

Wendigo, witigo, windigo

Wendigo, witigo, windigo

catacumbas_monigote_valencia

Colapso

La ciudad pesaba demasiado. Eso es lo que se dijo y todavía se tiene como cierto por la mayoría. Demasiados edificios, demasiadas personas, demasiados vehículos, demasiado asfalto. Muchos recuerdan el día del colapso. La gente había iniciado sus rutinas como cualquier otro martes; los niños iban al colegio, el sonido monótono y metálico de una obra aquí y allá, la goma de los neumáticos desgastándose en la carretera, unas migas que caen al suelo en una terraza de cafetería y un gorrión que las acecha, y una paloma también las acecha, y desde un balcón una anciana contempla una parada de autobús repleta de estudiantes, y su vecina regaba las macetas como cada martes por la mañana, y una sirena de ambulancia a toda velocidad provocando el efecto Doppler, paseadores de perros y ciclistas en los parques. También un atasco caliente y tóxico en una vía principal, el Sol radiante a mitad cielo, la temperatura aumentando en consonancia a una primavera cada vez más evidente.

Primero fue un rumor camuflado entre toda la sinfonía de instrumentos urbanos, después un ligero temblor, apenas perceptible; a continuación, las primeras grietas, extendiéndose como capilares regados por un bombeo desconocido, sístole y diástole, y grietas todavía mayores. Algunos ven pasar a toda velocidad una línea que se traza en el suelo levantando a su paso algo de polvo y pequeñas piedras, y se detienen y observan, pero nada cambia en cinco segundos y entonces se marchan, no tienen tiempo que perder. Después vinieron los quejidos de los animales, frenéticos, tratando de zafarse de sus humanos ignorantes, y con esto el primer indicio de que algo no va bien. Y con esto también las ratas corriendo hacia las alcantarillas, cientos de ratas emergiendo de todo tipo de agujeros en una desesperada carrera hacia el subsuelo. En un momento indeterminado se desprende una cornisa de un edificio, que cae hasta interceptar a un motorista que sale despedido a lo largo de media calle y provoca un accidente múltiple al terminar bajo las ruedas de un coche que pierde el control y se estrella contra varios vehículos parados. Llegados a este punto, con todas aquellas ratas huyendo, las grietas, los animales y los sucesivos desprendimientos, el caos hace su primera aparición en escena. Alguien grita que se trata de un terremoto, otros simplemente son presa del pánico, otros permanecen todavía dormidos, ajenos al fin del mundo. Correr parece ser la única salida, correr hacia lugares seguros, ponerse a cubierto como enseñan en los vídeos de prevención de accidentes en las catástrofes naturales, bajo una mesa, bajo el marco de una puerta; pero en este caso dará igual porque la magnitud del evento sobrepasará las peores expectativas. El rumor, antes inaudible, se vuelve la banda sonora de la escena. Las grietas se abren como se abrirán las flores sobre las tumbas, y la tierra comienza a engullir la ciudad entera. Una gasolinera se repliega sobre sí misma y explota, en un precioso espectáculo de fuego y humo; un colegio se parte por la mitad antes de precipitarse a una sima insondable, se pueden escuchar los gritos distorsionados de nuevo por el efecto Doppler mientras el complejo cae en la oscuridad, pasando como un ascensor sin frenos a través de varios niveles del metro. Los edificios crujen y se rompen, y desaparecen bajo tierra, y los hospitales con todos sus pacientes, y las comisarías, y los recintos institucionales con toda su pompa y derroche también se hunden, y los parques de bomberos incapaces de entender la magnitud de la situación, y los árboles se tambalean y finalmente se desploman, y la Humanidad va desapareciendo para dar paso a un nuevo orden, porque esta escena se repite en todo el globo, allá donde existen grandes asentamientos de homo sapiens, el suelo antes firme, colapsa tragándose todo lo que descansaba sobre él. El día después se comprueba que es el fin de la hegemonía del ser humano. Casi nadie de los grandes núcleos ha sobrevivido, las ciudades son ahora gigantescos cráteres cuyo fondo es una amalgama de tejados, antenas y hedor de cadáveres en descomposición. No fue un terremoto, pero nadie entendió qué produjo el fin del mundo. Pese a la gran sacudida que supuso, y todo el terror y el ruido y el olor y el shock y el cambio repentino y la muerte; se respiraba un clima de tranquilidad y de paz. En el campo, una rata asoma desde la desembocadura de un canal de residuos y observa el espectáculo desde lejos. Todo aquel que se encontraba en el subsuelo pereció, salvo los roedores e insectos, y otros habitantes desconocidos de un submundo olvidado por sus creadores. Cuando todo se vino abajo, solo estos seres supieron qué túneles escoger y cuáles no; qué caminos y conductos llevaban fuera del área de destrucción, hacia la apacible calma de las zonas del extrarradio. Desde la distancia, toda esta vida emerge tímida y contempla el renacer del mundo: su venganza, su plan perfecto, su creación.

Subsuelo de París, por Monigote Valencia.

>La idea para este relato me la dio mi pareja, refiriéndose a un temor que siempre había tenido. Por mi parte, siempre he sentido una gran fascinación por el submundo bajo las ciudades. Curiosamente, en el momento en que iba a colgar la entrada, he descubierto el material que adjunto a continuación, de Monigote Valencia, un documental en episodios sobre el subsuelo de París. Muy bueno, y una gran casualidad. He tomado prestada la foto para ilustrar el relato, de la galería que adjunto bajo, visítenla, es genial.

Web del proyecto Catacombes, de Monigote Valencia.

Galería de fotos del subsuelo de París.

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#Maneras de herir a Iván Vergara [5]

Nadie ejecutaba la hurracarana con tanta precisión como él. Había depurado su estilo en combates de lucha libre en su ciudad, incluso podría decirse que se había hecho un nombre como Rey Azteca en los años en que compitió en un circuito de segunda. La necesidad y el impulso de conocer mundo le habían hecho emigrar a España, en concreto a Sevilla, donde se había asentado y llevaba una vida aparentemente tranquila como editor y camarero. Sin embargo, pese a haber dejado mucho atrás en México, había algo que nunca había abandonado: el germen de la lucha. Por esta razón, al poco de llegar, decidió retomar su alter ego, pero esta vez, quería que los impactos se produjesen de verdad, que la sangre brotase de las heridas, que los hematomas fuesen un dulce trofeo al día siguiente. El Rey Azteca, con sus mallas verdes fosforescentes, su máscara imposible y su torso al desnudo, clamaba por sacrificios humanos, necesitaba dolor, y el dolor le necesitaba a él para reproducirse.

Las ciudades de hoy en día necesitan anti-héroes, pensaba mientras se preparaba para su último asalto nocturno. La víctima de hoy sería el encargado del bar donde trabajaba, un miserable sin escrúpulos que hacía de la vida de los empleados un infierno. A decir verdad, en ocasiones dudaba de si sus castigos eran proporcionados, pero qué demonios, era el Rey Azteca, estaba por encima del bien y el mal. Aquella noche el encargado se había quedado dentro del local tras cerrar, facilitándole sin saberlo su tarea de venganza sin límites. La persiana estaba bajada, pero conocía otra forma de entrar. Encaramándose a un cubo de la basura, saltó y se agarró a una marquesina, desde la que accedió a una ventana del edificio que no cerraba bien. Conocía este detalle porque había estudiado durante semanas el plan. Nunca dejaba nada al azar, salvo los detalles propios de la pelea, que era siempre distinta, a excepción del final, su fatality particular, la llave que le había consagrado como el ídolo de todos los que seguían sus peripecias por internet. Su labor como editor pobre y con pocos medios le había supuesto un gran desgaste mental, un deterioro irreparable de sus relaciones (familiares, de amistad y sentimentales), y una pérdida absoluta de los valores con los que creció, pero por otra parte, le había enseñado a manejar las herramientas de la Red como solo el ingenio del hambriento te permite aprender e innovar. Por ello, desde hacía unos meses había comprado el dominio reyazteca.com, desde el que vía streaming retransmitía sus proezas nocturnas. La página era sencilla: su logo, un visor de vídeo en el centro, un apartado con sus mejores palizas, y por supuesto nada de formularios de contacto. No quería groupies, tan solo que el mundo pudiese ver lo que el veía, los rostros de angustia de quienes sufrían su ira. Para ello llevaba una pequeña cámara en su máscara, a través de la que su público veía de forma subjetiva la acción. Ya en el interior del bar encendió el dispositivo, y comenzó el rastreo. Nunca hablaba, acaso algunos gritos para motivarse, pero nada más. La gente nunca sabía cuando iba a actuar, lo que alimentaba todavía más la necesidad de entrar en su página a todas horas. Se movía con sigilo, pronto descubrió dónde estaba su presa. Oía algunos gemidos y jadeos que provenían de la cocina. No sabía que hacía aquel pervertido pero en seguida iba a saberlo. Colocándose justo enfrente de la puerta, realizó unos rápidos ejercicios de calentamiento y se ajustó bien las mallas. El factor sorpresa era muy necesario, por lo que no llamó, sencillamente derribó la puerta de una patada y entró en la habitación de un salto. El encargado gritó aterrorizado, dejando caer al suelo el pollo con el que había estado segundos atrás disfrutando de una tórrida velada de coito contra-natura. Ese mismo pollo con el que luego preparaban los platos que servían a los clientes. No esperó a que se subiese los pantalones, se acercó a él y lo derribó de un puñetazo real y sin efectos de sonido. El tipo cayó sobre la plancha como en las películas, solo que la realidad superaba a la ficción en estos casos. Las manos y mitad de su cara aterrizaron sobre el metal, para rebotar y resbalar al suelo en medio del crepitar de la piel y una serie de gritos indescriptibles de dolor. A partir de ahora podría hacer de Freddy Krueger sin necesidad de maquillaje. A pesar de estar magullado, el individuo hizo acopio de una fuerza extra, del Fuá de aquellos que saben que su fin está próximo, y se levantó, llamándole hijo de puta y maldiciéndole de mil maneras distintas. No esperaba menos, esto no había hecho más que empezar. Era un hombre grande y fuerte, pero sin técnica, además, cegado como estaba por la ira no atinaba ni una. Manteniéndose a un metro de él y moviéndose como un boxeador alrededor suyo, fue esquivando todos los golpes que le lanzaba, y llevándole hacia el lugar idóneo para su final estelar. Imaginaba que en estos momentos ya se habría corrido la voz en las redes sociales, así que necesitaba ganar un poco de tiempo, para que los fans pudiesen ver el desenlace. Le atizó un par de puñetazos más, suaves, no quería dejarlo inconsciente. Todavía. Debió despistarse unos segundos, porque dio tiempo a su contrincante para que cogiese una sartén y le pegase en toda la frente, provocándole una herida, de la que notaba la sangre resbalando por la nariz dentro de la máscara. El impacto había sido fuerte, pero en cierta manera, le encantó, le dio la dosis de adrenalina que requería para el final, y además, desmentía ese rumor que circulaba acerca de que todo era un montaje, un fake más. No podía esperar más, descargó un par de golpes más contra el estómago del hombre, que soltó la sarten y se dobló con una mueca de dolor, momento que aprovechó para cogerlo del cuello, estamparlo contra la pared, apartarse unos pasos y comenzar el movimiento final. El tipo se deshizo de los pantalones, se subió los calzones, y corrió hacia él como si no hubiese mañana. Todo se puso a cámara lenta. Le veía aproximarse con el rostro desencajado, veía su saliva volar, su pelo agitarse, sus piernas desnudas y blancas en tensión. La imagen era grotesca. Por otra parte, escuchaba su respiración bajo la máscara, sentía la sangre y el sudor deslizándose; imaginaba el clamor contenido de sus seguidores desde sus casas. Cuando el individuo estaba ya lo suficientemente cerca, saltó ligeramente a la derecha para subirse a una caja de verdura, y de ahí hasta los hombros del tipo; en ese punto, le realizó una presa letal en el cuello, y aprovechando la inercia de la víctima, flexionó la espalda hacia atrás y alargó los brazos al suelo. Todo ocurrió en un segundo, la hurracarana era de manual, el hombre dio una voltereta y voló cayendo sobre su propia espalda, quedando completamente noqueado.

Levantándose del suelo, se quitó la cámara y miró hacia ella directamente, para júbilo de sus espectadores que gritarían enfervorecidos desde casa mientras trataban de capturar ese frame del que tal vez pudiesen extraer alguna pista sobre su identidad. Nunca lo conseguirían. El encargado estaba destrozado, además del hecho de que al día siguiente, cuando todo el mundo supiese a que se dedicaba por las noches, probablemente le imputarían un delito contra la salud pública, o algo así; no entendía bien de leyes, pero desde luego aquello que había visto no era en absoluto sano para nadie. Apagó la cámara y se apresuró a salir. Sin duda la policía se habría enterado y estarían yendo hacia allá. Subió a la azotea y desde allí saltó al edificio de al lado, y al siguiente, y mientras corría alejándose de la escena del crimen, pudo ver la ciudad en todo su esplendor, iluminada, sórdida y nocturna. Cuando ya estaba lo suficientemente lejos, se detuvo y se quitó la máscara. Inhaló con fuerza el aire ponzoñoso de la gran ciudad. Una sonrisa de satisfacción se le mantuvo en la cara mientras se cambiaba el atuendo por la ropa que oportunamente había escondido junto a una antena parabólica, de algún vecino que estaría viendo tranquilamente cualquier bazofia desde el sofá si es que no estaba durmiendo; en cualquier caso, ajeno a que El Rey Azteca había desaparecido hasta el próximo asalto y que allá arriba ya solo estaba Iván Vergara.