Hay un editor bajo mi cama

Recientemente me he dado cuenta de que para muchos autores, el editor es un ser metamorfo. Cuando te va a publicar un libro, tarea arriesgada y poco rentable como pocas, especialmente en estos momentos de crisis económica, y con el fantasma de kindle et al revoloteando alrededor nuestro, es un tipo entusiasta, temerario, buena gente en general. Ha apostado por ti y va a invertir en tu obra, a sabiendas de que géneros como la poesía son la ruina total. En esta fase previa el autor se muestra receptivo, comprensivo, atento. Quiero matizar que hablo sobre mi propia experiencia, tras dos años como editor de una editorial independiente y alternativa, es decir, que publica obras que otros desechan por arriesgadas o polémicas. Añado esto porque un autor que se dirige a nosotros sabe que no está tratando con Planeta.
En la siguiente fase de nuestra relación, curiosamente y con demasiada frecuencia, ocurre que pasamos a convertirnos en Maddoff, en tiranos que queremos enriquecernos exprimiendo a nuestros autores. Señores, les animo a que publiquen un libro de poesía de un autor desconocido, verán que no es nada fácil siquiera recuperar lo invertido. Si bien somos una empresa, nuestros criterios a la hora de elaborar productos, en este caso, libros, no son los mismos que los de Nestlé, nosotros no vivimos de esto, lo hacemos porque creemos en nuestro trabajo, en sacar a relucir talentos ocultos, u obras de difícil publicación. Lo cual no quiere decir, que no tengamos que ganar dinero, como es lógico, para poder sobrevivir. Esta es la diferencia que parece que muchos no entienden. En nuestra situación, es muy difícil resistir en el mercado, y de hecho, nuestros acuerdos con los autores son extremadamente flexibles. Pero parece ser, que en demasiadas ocasiones, el trato cercano confunde, y nos convierte en una ONG.
Afortunadamente, nuestro relación con los autores ha sido casi siempre excelente, lo cual nos llena de orgullo y satisfacción, como diría aquel. Pero vemos, tras hablar con colegas de este sector marginal en el que nos movemos, que lamentablemente, como decía, en ocasiones se nos exigen condiciones que no se le exigirían a otro tipo de editoriales. Hacemos lo que podemos y más, con recursos como los que menos. No nos respalda ningún medio de comunicación masivo (si bien últimamente gozamos de un buen trato por parte de la prensa), ni un emporio de superficies comerciales, ni disponemos de nuestras propias imprentas, tampoco podemos anunciarnos en televisión ni sacar grandísimas tiradas de ejemplares. Pero podemos arriesgar, apoyar, lanzar, apostar y luchar, así como hablarle al autor de tú a tú. No cortamos obras, no «corregimos», no ponemos barreras a libros inclasificables en los géneros habituales. Podemos hacer todo esto, porque no tenemos compromisos con instituciones que nos limiten, y porque el autor no tiene que atravesar una jungla burocrática para tratar con nosotros, y esa es nuestra principal virtud, entre muchos defectos, que como cualquiera, tenemos.
Editar no es sencillo. De la cadena de edición, somos los únicos que arriesgan dinero. Verán, se lo explicaré:
El autor termina una obra, y la manda al editor. Este apuesta por ella, la publica y saca X ejemplares. La distribuidora los acepta PERO NO LOS COMPRA. Los lleva al librero, que los acepta PERO TAMPOCO LOS COMPRA. Los libros permanecen en los puntos de venta, y pongamos, se venden la mitad (X/2). Estos libros sobrantes, son devueltos al editor, pudiendo estar dañados, el librero cobra su parte de la venta, la distribuidora cobra, y nosotros cobramos y le pagamos al autor. Nuestro porcentaje de beneficio es sólo ligeramente mayor que el del librero, e igual que el del distribuidor, sólo que nosotros tenemos que recuperar lo invertido. Si tratan de dividir, verán que tipo de exiguos beneficios obtenemos. Nos encantaría comprarnos un Mustang con esto, pero no nos llega. Ya lo sabíamos cuando nos metimos.
En definitiva, sirva esta explicación no para dar lástima, si no simplemente para que nos comprendan un poco mejor. No somos tiburones, somos más bien, sardines en comparación con lo que hay por ahí suelto.