Sexta edición del Comboi APIV

Tú imagínate, un martes de junio, las terrazas de la calle Hospital llenas, además hace bueno y la tele despide ese ronroneo clásico de carrusel, pero tú has convocado para un descenso plutoniano a las intimidades de la relación entre ilustración y periodismo y entre ilustración y medios, que no es lo mismo, y en esas que caen por allí cuarenta y cinco almas, para colmo bastante puntuales: en la lengua d’Ovidi fer comboi significa agruparse para hacer algo con ilusión -aunque como pasa con las mejores palabras y expresiones, parte de su encanto se pierde al definirlas-, cuarenta y cinco almas que serán más de cincuenta con las que suman los invitados del cuarto poder; críticos o prescriptores, contrapoder o palmaditas y brindis al sol, dónde se paga la ilustración, a cuánto va la buena idea, qué aporta, suscribe o discrepa, dice o acompaña. Se respira en la sala que hay muchas historias que contar, superlike, match, partido-networking luego en la puerta al terminar: la ilustración es lo que ilustra, cómo lo ilustra y quienes lo ilustran y ahí hay mucho que escribir, artículos que rompan la barrera de la regresión al terruño, que glocalicen y muestren. Directores de arte o directores de marketing, que si quiero o que si tengo, talento y seguidores en la balanza. Rafa Rodríguez dispara: ¿leen los ilustradores lo que se publica en prensa sobre otros ilustradores? Revuelo positivo. Carlos Garsán prefiere hablar de contacto que de rastreo. Al final dos horas y cuarto de conversación ininterrumpida. ¿Sueñan los ilustradores con encargos eléctricos?

Desenlace: terraza a medianoche, se habla de revistas, se habla de APIV Associació de Professionals de la Il·lustració Valenciana, se habla de autoedición, de política local, de promesas políticas y de políticas prometedoras, se habla de proyectos que han prosperado y de iniciativas que pueden prosperar. Se habla de portadas de la revista Bostezo, de Mario Conde, de otros bandidos, de afinidades.

Desenlace 2: Bar Jesús. Exterior calle. Luces azules. Suenan dos canciones al cierre de la jornada [irreproducible].

Cartel de la sexta edición del Comboi APIV.

Sombra de Germanías, de Javier Sahuquillo

Demasiado bueno para gustar a todo el mundo, demasiado bien pensado, demasiado crítico. La València en penumbra de Sombra de Germanías es una tierra juanrulfiana donde vuelan los murciélagos al atardecer entre las nubes de mosquitos de pantano: el hedor de la cultura en descomposición se eleva desde los templos mezquinos de la subvención al amigo y el olvido de todo lo demás, los murciélagos baten sus alas y sobrevuelan la indignidad en el crepúsculo del día y de los poetas que no se han vendido o que han intentado venderse tarde. Cualquier pelagatos está invitado al festín de la indigencia intelectual que se celebra día sí y día también, trae cena de sobaquillo, un bocadillo de ideas longaniza para la merienda cena, halagos-snack orgánicos para compartir, genuflexiones a ritmo de trap. Los escribanos del régimen local saben lo que se tiene que decir, tienen la patente del cómo y el cuándo y el dónde, todo es muy sostenible, los sobres ahora son biodegradables y las promesas también.

Javier Sahuquillo es un personaje incómodo: lleva una cerbatana instalada en la mente, cada idea es un aguijonazo, cada diálogo va untado en curare. Cuidado: en Sombra de Germanías hay referencias mitológicas, situaciones esperpénticas y una odisea decadente y fantasmal. Ulises Làliga solo tiene que hacer lo más difícil: deshacerse de todos los aduladores de su corte literaria de barra de bar, rendir la ciudad de su ego y ocupar su lugar de sombra, de espectro harapiento de librería. ¡Mamelucos! ¡Filibusteros! ¡Diplodocus! Ulises Sahuquillo se enfrenta a la apabullante mediocridad como un Capitán Haddock ad hoc iluminado por la claridad, su verdad y el vino.

No hay nada que hacer: las germanías sucumben ante la violencia necia y tuitera del poder, els agermanats huyen o pierden la cabeza, y aquí no hay nada que ver señores, sigan circulando, la Conselleria de Cultura pa cuándo, que el cambio no pare, no pare, no. La conjura no se acaba nunca. Menos mal que existen las salas a oscuras, los telones y los escenarios. ¡Arriba el teatro!

Cartel de Jaume Marco para Sombra de Germanías, obra de Javier Sahuquillo en el II Laboratori de Dramatúrgia Josep Lluís Sirera.

Una cançó per a Europa entre los graznidos de los buitres

Un millón de buitres. Las luces se apagan y al encenderse la oscuridad no ha desaparecido: es dos mil veintitrés y en el trono de la Unión Europea se sienta un nuevo emperador rodeado de fieles fanáticos y otras alimañas, en la oposición arrodillada y maniatada a punto de ser ejecutada lloran los que se pensaron compañeros de extremo del espectro ideológico. El nuevo emperador viste una corbata verde y ríe y se deleita con el espectáculo porque él no sabe de compañeros, solo de poder: le han dejado llegar por no ver la verdad en el fondo de una botella de Anís del Mono y ahora tiene planes para el mundo. La radio emite consignas eclesiásticas futbolísticas meteorológicas que disuelven poco a poco las mentes de unas filas de dignidad deslucida y pantalones parcheados: hay que hacer lo que sea necesario y otros tópicos sin sustancia de la demagogia se emiten sin cesar para proteger el exterior de las fronteras mientras la infección llega a su fase terminal puertas para adentro y la Europa desquiciada del emperador colapsa a balazos en una orgía violenta y demencial producto de la paranoia, la sospecha y la búsqueda infinita de enemigos. Europa pasto de los buitres una vez más.

Entré a la Matilde Salvador de para asistir a la representación de Una cançó per a Europa de Escena Erasmus sin saber bien qué vería, aunque tenía pistas: que la dirección escénica corra a cargo de Javier Sahuquillo augura alto pensamiento, mitología y disparate, crítica sincera e irreverente, humor burdo y elevado, compromiso con la dramaturgia, clímax extáticos, paroxismos del absurdo y un poco de hastío existencial también. Me encontré además con un grupo de actores y actrices con distintos acentos -noruego, etíope, alemán, francés, italiano, gambiano, canario, torrentí, beniganí, xabienc, valladí, bonrempostí-, algunos con voces tan increíbles como la de Hannah Asefu, interpretando en valenciano y castellano indistintamente porque exactamente así es esta tierra y este continente y así son sus naciones.

El texto -de Guada Sáez, Michele Ruol, Begoña Tena, Sònia Alejo, Ignacio García May, Sara Acàmer y Daniel Tormo- nos da un paseo por los procesos que definen al Viejo Mundo y a sus estamentos: un discurso heroico tras el apocalipsis de las ideas revoluciona hasta dar como resultado una generación estúpida que corre en círculos perdida en debates estériles, una prole monstruosa que condena a muerte por sobredosis de diálogo destilada a la perfección en esa gran conclusión que es el pacto para avanzar hacia atrás. Illuminatis nazarenos Ku Klux y una raza extraterrestre en busca de entretenimiento introducen la posibilidad del genio maligno gnóstico como para recordarnos que de genios malignos tenemos los libros de historia llenos en esta Europa de la vida para matar.

Una cançó per a Europa

No lo he dicho todavía, pero la obra está sembrada de momentos musicales divertidísimos y de situaciones que nos arrancan carcajadas, aunque el tono de esta canción para Europa sea a mi juicio muy distinto al que se invoca en el programa de mano: más que de optimismo, el grito es de advertencia. Veintitrés millones de muertos. Un millón de buitres con su millón de picos preparados para rasgar.

#CulturaAlsPobles #leseuropesmenudes

Curación de contenidos

Al principio fue solo un pequeño rumor, como una tos digital quizás producto de los auriculares. Tan nuevos, tan caros y tan pronto dando problemas. Casi ninguna marca se preocupaba ya por la calidad real que sus productos pudiesen ofrecer al usuario: lo principal era el marketing, crear una comunidad, una iglesia a rebosar de fieles con cuentas corrientes piadosas dispuestos a hacer cola durante días si era necesario para hacerse con el último de sus dispositivos. Crear comunidades sordas y ciegas, conectar y aislar a la vez. Evangelizar a golpe de newsletter. Los nuevos pastores predicaban en eventos que trascendían a sus propios templos: la misa de los emprendedores tiene apariencia de testimonio desinteresado, la liturgia se puede seguir en directo o desde casa, en tiempo real o en diferido. La salvación a cambio de unos aplausos en una sala de conferencias.

Aunque detestaba profundamente a las nuevas generaciones de creadores de contenidos de entretenimiento, les dedicaba horas y horas en secreto por una razón que no se atrevía a confesar a nadie: le excitaba muchísimo masturbarse viendo sus tutoriales de maquillaje, sus consejos para lucir outfits nuevos cada semana a precio de ganga, sus explicaciones sobre cómo terminar del todo la demo de la nueva entrega de un videojuego, sus bromas pesadas callejeras copiadas por unos y otros hasta la saciedad, sus intentos por hacer pasar por verdad hasta las más ridículas creepypastas. Los había de todos los géneros, colores y edades, y eso le satisfacía. Sus favoritos eran los personajes menos conocidos, esos chicos y chicas que trataban de abrirse camino en la jungla de las visitas y que tenían pinta de estar dispuestos a todo a cambio de una pírrica retribución. Eran como aquellas jóvenes desesperadas que se mudaron a Hollywood décadas atrás en busca de un productor fumador de Marlboro que les abriese las puertas de la fama que no podrían alcanzar jamás en sus miserables pueblos y ciudades.

A veces fantaseaba con embaucar a alguno de esos pichones, y no sería difícil: siempre incluían una forma de contacto en sus canales. Se haría pasar por el director de comunicación de una marca de ropa o de cosméticos, o por el CEO de alguna startup en busca de alguien dicharachero e ingenioso para dinamizar las redes de su prometedora empresa. CEO. No se le ocurría un concepto más pretencioso que ese. Una vez captados, les haría llegar regalos a su casa, fruslerías, cuentas de colores, y cuando se hubiesen confiado, les propondría verse en persona para sellar un acuerdo importante, y entonces, cuando se creyesen a las puertas del éxito, se reiría de ellos y de sus absurdas ambiciones. Nada de abusos sexuales, tampoco los asesinaría. Solo se reiría a carcajadas de su estupidez. El plan le parecía bueno, pero de momento no lo llevaría a cabo. Masturbarse estaba bien y no le exponía a posibles represalias legales.

El día de su epifanía llevaba media hora tocándose con el protagonista de un canal en el que se ofrecían todo tipo de teorías sobre algunos cabos sueltos del universo Star Wars, como la raza de Yoda, la auténtica naturaleza de la Fuerza más allá de las incoherencias de su creador o quién disparó primero en la cantina, Han Solo o el cazarrecompensas Greedo. La interferencia había ido en aumento, solapándose con la voz chillona del oscuro objeto de su deseo, que ahora simulaba blandir un sable láser. Apagó y encendió el dispositivo, comprobó si le faltaba alguna actualización, incluso sopló sobre ellos, aunque fuesen inalámbricos. Por fin decidió vincularlos a otro aparato, y ahí dio con la primera clave: el molesto sonido solo aparecía cuando se conectaba a la red. Resignándose, reanudó de nuevo el vídeo y se dispuso a continuar, sin embargo, no conseguía concentrarse. La interferencia era ahora un quejido agónico, como el de alguien cuando despierta de una parálisis del sueño, lo cual le desconcertó. ¿Le habrían hackeado? En previsión de algo así, había tapado la cámara con un esparadrapo, un método rudimentario pero infalible. Sin embargo, aún corría el riesgo de que alguien accediese a su actividad. Lo que menos le asustaba era que le robasen sus datos: la verdadera tragedia sería que siguiesen su rastro a través de determinados foros.

Cuando estaba a punto de desconectarse definitivamente, algo le sobresaltó: el ruido parecía haber abandonado la aleatoriedad. La cacofonía se estaba articulando en palabras, aunque no lograba entenderlas. El vello se le erizó en la nuca. Alguien quería decirle algo, puede que hubiese sintonizado una comunicación privada que poco a poco ganaba en nitidez. La voz le hacía sentir vulnerable, pero a la vez, ejercía sobre él una atracción irresistible. Conmovido, sin saber por qué, aguzó el oído y trató de comprender.

Pa… Pa… Padre…

Ruido. Ruido también en la imagen.

Padre…

El ruido disminuye. La imagen se entrevera con otra cosa, muta, se estabiliza, se muestra en todo su esplendor.

¿Por qué me has abandonado?

Todavía lleva los pantalones y la ropa interior por los tobillos cuando es alcanzado por la revelación que cambiará su vida para siempre. Levantándose de la silla, extiende los brazos y se deja caer de rodillas. Gruesos lagrimones resbalan por sus mejillas.

¡Padre! ¿Por qué me has abandonado? ¡Padre! PADRE, grita la voz.

El último padre suena infernal, impío, demoníaco, celestial, santo. Su realidad salta en pedazos. Sus tímpanos se rasgan. Llora arrebatado por la belleza de lo que acaba de ocurrir.

Dios ha nacido en la máquina.

Es el primer apóstol del nuevo advenimiento.

De cuando presenté a Ray Loriga (la primera vez)

He decidido volver momentáneamente al blog (aunque como dije, ahora publico principalmente en Facebook) porque quiero dejar constancia aquí de lo bien que lo pasé el jueves diecinueve de octubre presentado a Ray Loriga en la Librería Ramón Llull de Valencia a propósito de su novela Rendición, ganadora del premio Alfaguara de novela.

Eduardo Almiñana presenta a Ray Loriga.

Presentar a alguien de su talla siempre te mantiene un poco inquieto los días previos y las últimas horas antes del evento, pero todas mis inquietudes se disiparon cuando nos presentaron en la puerta de la librería. En ese instante supe que la presentación iría sobre ruedas, y efectivamente, así fue. Hacía tiempo que no me sentía tan cómodo en una cita de esas características; la inteligencia, sentido del humor, tablas y afabilidad de este escritor, que en uno de sus libros aseguraba -aseguraba, en realidad, uno de sus personajes- que la inteligencia llevaba irremediablemente a la bondad, convirtieron el acto en una hora inolvidable para muchos de los que allí estuvimos. La cena posterior también la guardo en un rincón especial de la memoria.

Eduardo Almiñana presenta a Ray Loriga

Eduardo Almiñana presenta a Ray Loriga

Rendición, de Ray Loriga

Si quieres saber qué opino del libro, puedes pegarle un vistazo al artículo que escribí sobre él en Valencia Plaza. Salud y buenos libros.

Eduardo Almiñana presenta a Ray Loriga

*Las fotografías son de José Caballero, de Boda&Films.

Puesta al día: bostezos, premios, risas y mordiscos caníbales

Es un hecho que en los últimos tiempos las redes sociales se han apropiado ciertas funciones que antes tenía el blog en mi vida, de ahí que lo actualice con menor frecuencia. Lo cual, por supuesto, no quiere decir que este vaya a ser abandonado, ni muchísimo menos. Simplemente, el contenido que requiere de una mayor inmediatez, va a parar a Facebook, por ejemplo, mientras que aquel que precisa de un mayor reposo encuentra su lugar aquí.

Con este post quiero hacer un breve repaso a varios asuntos que me han llenado de ilusión en los últimos meses, como mi participación en los Premios de la Crítica Literaria Valenciana como jurado en la modalidad de narrativa, un privilegio inmenso que me ha supuesto una felicidad difícil de explicar. Qué experiencia tan maravillosa, qué cantidad de gente fantástica pude conocer. Qué oportunidad.

Otro gran momento de los últimos meses ha sido sin duda participar en el último número de la revista Canibaal, sobre carne y metaliteratura, con un texto al que he llamado Postcorporeidad y que podéis leer haciéndoos con esta estupenda publicación.

revista canibaal

edu almiñana

Por supuesto, también he disfrutado una barbaridad entrando en directo en Alma de León, de Radio 3, para hablar con el gran Miguel Caamaño sobre Breve historia de siete asesinatos, uno de los libros más completos, adictivos y épicos que he leído. Puedes escuchar la entrevista aquí o leer mi artículo sobre el libro para Cultur Plaza en este otro enlace.

Para terminar, quiero recordar las risas que nos echamos recientemente en el IVAM a propósito del taller organizado por la revista Bostezo, El humor en tiempos de cólera. Tras las risas, llegaron las conclusiones, que se publicarán en el próximo número. Con esto me despido hasta el próximo post, ¡nos vemos/leemos/escuchamos!

taller humor revista Bostezo