Algarvíada para Carlo Rovelli

🇵🇹 (I): Hemos recogido un vencejo después de que lo derribase una gaviota; Natalia lo ha hidratado y tras leernos unos tutoriales sobre cómo hacerlo volar -no pueden levantar el vuelo desde el suelo por la envergadura de sus alas, adaptadas para pasar la mayor parte de su vida en el aire-, hemos logrado que Kafka -Natalia siempre bautiza así a las aves que se encuentra- se elevase y desapareciese en el cielo del sur de Portugal.

Vencejo recogido.
Vencejo común recogido.

🇵🇹 (II): En su libro ‘El orden del tiempo’, el físico teórico Carlo Rovelli afirma que «el vínculo entre tiempo y calor, es, pues, profundo: cada vez que se manifiesta una diferencia entre pasado y futuro, hay calor de por medio». En el contexto en que aparece, en un libro sobre la naturaleza del tiempo, esta revelación señala que la única ley general de la física que diferencia pasado y futuro es la que anticipó el profesor prusiano Rudolf Clausius al entender que «el calor no puede pasar de un cuerpo frío a uno caliente». Hay un punto de origen y un destino, y no hay retorno posible. 

En mi contexto, sentado en la arena junto a las paredes erosionadas de la magnífica praia do Marinha, en el Algarve, tiempo y calor también se me presentan unidos: casi todos mis mejores recuerdos ocurren en el calor. Hay otro hecho explicado por Rovelli que puedo constatar: a nivel del mar el tiempo pasa más despacio que en las cumbres por cuestiones de la masa, el espacio y el tiempo. Quizás la diferencia sea solo un matiz, pero juraría que desde aquí la noto.

🇵🇹 (III): El Algarve arde ahora a la altura de Monchique. Desde la praia do Camilo leo que la reciente destrucción del concepto de tiempo implica que no somos, sino que sucedemos: no existen cosas, sino eventos. Nada permanece en el tiempo porque todo se encuentra en una constante transformación: «hasta las «cosas» que más parecen «cosas» en el fondo no son más que eventos prolongados. La piedra más sólida […] es en realidad un complejo vibrar de campos cuánticos […] un proceso que por un breve instante logra mantenerse en equilibrio semejante a sí mismo, antes de disgregarse de nuevo en polvo», asegura Rovelli. 

El humo lejano lleva fragmentos de árboles-evento en proceso de ser repartidos sobre el mar y los hombros de los turistas de Carvoeiro. Entiendo que la destrucción no existe, que es solo cuestión de perspectiva.

🇵🇹 (IV): Explica Rovelli que para escapar de un agujero negro tendríamos que huir hacia el presente, lo cual no es posible por varias razones, la más importante de todas que el presente, tal y como lo entendemos habitualmente, no existe. 

Emílio gobierna la lancha entre las grutas de la costa algarvia con una sonrisa permanente y un discurso simpático consolidado por la repetición: realiza el mismo recorrido cinco o seis veces al día, cinco o seis turnos ida y vuelta introduciendo su embarcación en las mismas oquedades. Los cambios son lentos, el presente se expande: doce años atrás esta playa también era una gruta, hasta que el arco se desplomó. Los cascotes dan a la leve entrada de mar el aspecto de una batalla. Un agujero negro no es más que un fenómeno que cierra una región de espacio en el futuro de todo lo que le rodea, concluye Rovelli.

🇵🇹 (V): En las profundidades de la tierra del suroeste peninsular vive el mayor insecto subterráneo de Europa, un gran tisanuro blanco, el lepisma característico de la editorial de Víctor Gomollón pero con gigantismo. En la superficie, las gasolineras siniestras del Algarve contrastan con la belleza del entorno. El atardecer reúne junto a los surtidores a cuadrillas de hombres quemados por el Sol desconfiados y bravos con los forasteros, hombres estáticos que siguen con la mirada los coches que pasan de largo y que de vez en cuando sonríen con los ojos entrecerrados. 

En todo caso el contraste puede que solo exista en los ojos del que mira: el Algarve los alumbra a ellos tanto como a los insectos albinos de sus entrañas. Unos y otros son naturales a la zona: pensar cualquier otra cosa sería de una ingenuidad imperdonable.

🇵🇹 (VI): No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Poema de Pessoa.

🇵🇹 (VII): Fernando Pessoa e eu -y una antología suya encontrada por ahí-. 

Estatua de Fernando Pessoa en Lisboa.

🇵🇹 (VIII): A última hora de la tarde es posible no ver a nadie en el Parque da Pena de la villa santuario de Sintra. Los árboles flexionan el tiempo de Rovelli, desaparecido en Lisboa e intuido en la calma contenida del parque, ese tipo de calma tensa donde todo parece contener la respiración esperando a que la invasión turística remita. 

Siento cómo aumenta la entropía junto a las entradas oscuras a las casas subterráneas de las aves del lago: no es la energía la que mueve el mundo como solemos creer, son las fuentes de baja entropía. Un día la entropía llegará a su punto máximo y toda esta historia del universo acabará en una calma chicha tibia y atemporal. Hasta entonces los fotones siguen arreciando, y queda tiempo en Portugal.

🇵🇹 (IX): A los habitantes de Porto les llaman tripeiros porque prometieron dar toda la carne de sus animales a la flota que partía a la conquista de Ceuta y comer ellos solo tripas. El origen del apodo alfacinhas (alfacinha es lechuguita) para los lisboetas es incierto, aunque se cree que puede hacer referencia al hecho de que se moviesen poco de su ciudad.

Según la leyenda, el nombre de Portugal procede de Portus Cale, el puerto de Cale, uno de los argonautas que acompañaron a Jasón, y que acabó estableciéndose en la desembocadura del Duero (río Douro en portugués, del dios pescador celta Durius).

🇵🇹 (X): El sebastianismo es la manera propia portuguesa -y del nordeste de Brasil- de afrontar el presente con optimismo, la creencia mística de que todo irá mejor con la llegada de un mesías, que en el caso luso adoptó la forma del rey Sebastião, desaparecido frente a las murallas de la ciudad marroquí de Alcazarquivir en 1578 durante la batalla de los Tres Reyes. 

Algún día volverá de su propia Avalón el artúrico Sebastião el Deseado y resarcirá al pueblo portugués al que Pessoa cantó en Mensagem -único libro publicado en su idioma materno en vida- de todas las humillaciones sufridas. Volverá de la muerte en una mañana de niebla. 

El mito ha sobrevivido hasta esta época en la que ya no hay un tiempo sino incontables tiempos, así que de alguna manera la historia es cierta y Sebastião no tendrá que volver, porque nunca se llegó a ir.

Diario publicado originalmente en mi Facebook del nueve al trece de agosto de dos mil dieciocho.

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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