Breve diario y guía de Estambul

🇹🇷 (I) En la megalópolis Estambul -antes Constantinopla, antes Bizancio- parece que un accidente espacio-temporal ha entreverado los ríos humanos más frenéticos, eclécticos y eléctricos con los masajes faciales en barberías y los hombres enjutos como un sarmiento de metabolismo pacífico, mirada perdida y vaso de té en la mano: no hay un tiempo sino muchos tejiendo un tapiz irreversible con las fibras de sus quince millones de habitantes, he visto un cuervo también a la sombra en una rama y una cantidad de rostros tan dispar como no había encontrado nunca, y también un concierto de voces jondas, orientales y mediterráneas que soplaban vida a la calle aquí a orillas del mar de Mármara en la puerta continental entre dos, o cientos de mundos.

🇹🇷 (II) Según el mito, la gran loba Asena es la madre del pueblo turco: solo un niño sobrevivió a la matanza de su tribu a manos de una tribu rival al oeste de la actual China; escuchando sus lamentos la loba Asena se compadeció y lo recogió, y cuando el niño creció y se convirtió en hombre se apareó con él, dando a luz a diez criaturas medio humanas medio lobunas que serían el origen de la fiereza de los otomanos.

🇹🇷 (III) En la mezquita de Solimán el Magnífico un vigilante juega con un gato que mordisquea a quienes se descalzan para entrar en la tumba de Hürrem -Hürrem significa sonriente, el nombre auténtico de su aguerrida esposa ucraniana [o entonces polaca] era Anastasia Lisowska-, o se zafa y se tumba en la alfombra: los estambulíes cuidan tanto a los animales en su ciudad que se diría que esta es la ciudad de los gatos, hay un gato a cada paso y todos hacen lo que quieren donde quieren: en un toldo, sobre una mesa de un restaurante, a la entrada de una tienda o en el descanso eterno y turístico de la esclava pelirroja que acabó siendo una de las mujeres más poderosas de todos los tiempos.

Gatos de Estambul.
Gatos de Estambul.
Gatos de Estambul.
Gatos de Estambul.
Gatos de Estambul.

🇹🇷 (IV) No he venido hasta aquí a por pelo -aún- pero puedo decir que esta nación que es la meca de los alopécicos del mundo tiene en sus jóvenes y sus densas cabelleras el mejor reclamo comercial posible.

🇹🇷 (V) Büyükada es la mas grande de las islas Príncipe que descansan en el Mármara, lugar paradisíaco de retiro forzoso para nobles y también para Trotsky, que se fue para allá a cumplir con su destierro. La que fue su casa es ahora una ruina de madera sin identificación alguna casi oculta por la vegetación tras un majestuoso palacete -you see big, very good palace? nos han dicho en un puesto de venta de helados, y luego un gesto de descenso hacia el mar-. Natalia recordaba haber pasado el palacio y yo le he preguntado a un vecino que tiraba la basura en la calle que bajaba. ¿Trotsky? Es esta, me ha dicho en un inglés aburrido señalando el muro adyacente al suyo. ¿Esta? Esta.

Casa de Trotsky en la isla Büyükada de Estambul.

🇹🇷 (VI) En el Parantez una mujer joven que imagino iraní -guapa, elegante, melena negra corta, vestido negro, tacones, bolso negro, mirada lunar- bebe una cerveza tras otra y fuma un cigarro tras otro sin seguir apenas las baladas que llenan la calle de sentimiento asiático: no mira el móvil en ningún momento, se toca el pelo, solo un gato perezoso la hace sonreír. Pienso que podría ser alcohólica y solitaria, la dueña del bar, o mejor, de todo este callejón selvático de los prodigios.

🇹🇷 (VII) Soy consciente de que no nos va a dar tiempo a descifrar la enigmática relación simbiótica de los estambulíes con los gatos, mientras tanto, se hace lo que se puede.

Gatos de Estambul.
Gatos de Estambul.

🇹🇷 (VIII) Suaves conmociones lingüísticas: no es buena idea sorprenderte por algo y exclamar ¡ala ala ala ala ala! en una plaza atestada de gente en Estambul.

🇹🇷 (IX) Hazme una foto así, como que todo me es turco.

Barrio de Beyoglu en Estambul.

🇹🇷 (X) En ninguna parada del Sahaflar Çarşısı, el mercado de libros de segunda mano al que se accede por un pasadizo junto al Gran Bazar, ni en librería tras librería en que he ido preguntando por toda la ciudad: ni un libro de mitología turca en inglés, español, francés, italiano o portugués, nada que pueda entender. Del Corán sin embargo pilas de ejemplares gratis en todos los idiomas en la Mezquita Azul; he cogido uno aunque tengo otro en casa que ya leí. En este Estambul del Islam te acuerdas con la llamada al rezo megafónica, que desde aquí se escucha menos que la armónica que sube por la ventana desde el Kum Saati Jazz Blues Bar, aunque por supuesto eso no significa nada, porque mi mirada sobre este contraste mayúsculo con forma de capital ancestral es de momento tan solo un arañazo.

Gatos de Estambul.
Gatos de Estambul.
Sahaflar Çarşısı En Estambul.

🇹🇷 (XI) Hoy este gato gris con el que jugábamos se ha alejado para vomitar y un hombre que pasaba se ha acercado a él a preguntarle qué le pasaba, a ver si estaba bien. Se dice que Mahoma tenía una gata que se llamaba Muezza a la que estimaba mucho y que una vez se cortó parte de la manga de la túnica sobre la que se había dormido el animal con tal de no despertarla, y también hay un dicho estambulí que advierte de que quien mate un gato debe construir una mezquita. Voy comprendiendo.

Gatos de Estambul.
Gatos de Estambul.
Gatos de Estambul.

🇹🇷 (XII) Pareja discute airadamente en ruso en calle principal de Estambul, uno le dice al otro algo que suena muy mal.
Natalia: ¡Uy lo que le ha dicho!
Yo: Qué le ha dicho qué le ha dicho.
Natalia: Algo así como engendro de agua pantanosa.
*En ruso existe un insulto tan increíble como
ENGENDRO DE AGUA PANTANOSA (viene a ser shmo balotnaya).

🇹🇷 (XIII) Desde hoy hasta el jueves más de mil quinientos millones de musulmanes de todo el mundo celebrarán el Eid al-Adha -o Kurban Bayramı en turco-, la Celebración del Sacrificio que nosotros conocemos como Fiesta del Cordero, en la que se conmemora que Abraham estuviese dispuesto a sacrificar a su hijo Ismael a petición de su dios, que al final cambió al chico -que según el Corán había aceptado su destino también- por un cordero.

Beyoğlu ha quedado casi desierto porque los trabajadores han vuelto a sus casas con la familia. Hoy el transporte público es gratuito. Compartimos asientos y conversación en el ferry hasta Üsküdar con una familia neoyorquina que habla en inglés con nosotros y lo que me parece hindi entre ellos. Nos ofrecen algunas recomendaciones para disfrutar del atardecer en esta orilla. Me acuerdo de todo lo que dice Pamuk sobre el Bósforo -que según afirma significa garganta y efectivamente se ha tragado a gente- en su libro Estambul: Ciudad y recuerdos que se ha traído Natalia. Para el nobel estambulí el Bósforo lo es todo aquí, y yo creo que tiene razón.

🇹🇷 (XIV) El barrio se ha animado por la tarde.

Estambul durante el Eid al-Adha.

🇹🇷 (XV) La gata Tombili del barrio de Kadıköy en Estambul ya era muy querida aquí antes de volverse mundialmente famosa por una foto que la retrataba en su célebre pose a la hora de practicar la vida contemplativa. A su muerte se le erigió un pequeño monumento en bronce que inmortalizaría su actitud, pero algún malnacido lo robó, lo cual provocó una terrible indignación popular, sublimada en este tweet del periodista Tuncay Ozkan: «Han robado la estatua de Tombili. Son enemigos de todo lo bello. Todo lo que conocen es el odio, las lágrimas y la guerra». Tras una semana en paradero desconocido la estatua apareció, y tiempo después fue retirada por unas obras, así que no la hemos podido ver, aunque según se dice todavía se puede encontrar a la Tombili de carne y hueso en su calle virtual en Google Maps.

La gata Tombili.

🇹🇷 (XVI) Las sirenas que acompañan a los barcos del Bósforo me llaman con más insistencia a medida que se acaba mi viaje: en el minúsculo bar de Mehmet Usta junto al puerto se comen los mejores dürüms de pescado que uno pueda imaginar, sobra decir que ese bocadillo pringoso al que llamamos kebab en València poco tiene que ver con lo que se prepara aquí, delicious fish wraps without bones pone en el cristal del cubículo del cocinero que solo prepara un plato a lo largo del día, mucho perejil y mucho limón y un bote de guindillas pequeñas y amarillas sobre cada una de las mesas en el asfalto que son como para estar casi en cuclillas. Toda la calle huele a pescado a la parrilla y las gaviotas muy cerca cantan y se lanzan a por las cabezas y vísceras que les arrojan al mar los camareros desde los restaurantes del puente Gálata al terminar el turno entre los sedales de las cañas perezosas y perennes de los pescadores estambulíes a punto de convertirse en estatuas de sal.

🇹🇷 (XVII) Quizás porque a los perros trató de exterminarlos el partido conocido como Jóvenes Turcos hace algo más de cien años de un modo terrible, abandonándolos a miles sin comida ni agua en la isla Sivriada para modernizar un Estambul que aún era Constantinopla, ahora todos los que te encuentras en la calle son grandes, perros grandes y apáticos por el calor que lucen toscos chips en la oreja para indicar que hoy ya no los quieren matar, sino todo lo contrario. Aun así parecen haber heredado el recuerdo de aquel exterminio en un amago de recelo y tristeza en la mirada, aunque ahora formen parte del paisaje estambulí, aunque desde su retorno a la ciudad volviesen a ser tan estambulíes como los estambulíes humanos o felinos. Hay quien vincula incluso el odio que desarrollaron los ciudadanos al gobierno canicida y las protestas generalizadas que buscaban la liberación de los perros con la caída del Imperio Otomano. Isle of Dogs de Wes Anderson es una interpretación cinematográfica de la tragedia.

Perros de Estambul.
Perros de Estambul.
Perros de Estambul.

🇹🇷 (ø) Yalan dünya se utiliza para expresar en turco que todo tiene un final, que la vida es corta, que carece de sentido o incluso que es tramposa -por lo general ante un hecho doloroso-, pero a mí me gusta su sonoridad y su realismo y su capacidad para sintetizar este viaje y todos los viajes, así que ojo porque yalan dünya, y görüşürüz!

Diario de viaje originalmente publicado en mi perfil de Facebook del 5 al 13 de agosto de 2019.

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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