Curación de contenidos

Al principio fue solo un pequeño rumor, como una tos digital quizás producto de los auriculares. Tan nuevos, tan caros y tan pronto dando problemas. Casi ninguna marca se preocupaba ya por la calidad real que sus productos pudiesen ofrecer al usuario: lo principal era el marketing, crear una comunidad, una iglesia a rebosar de fieles con cuentas corrientes piadosas dispuestos a hacer cola durante días si era necesario para hacerse con el último de sus dispositivos. Crear comunidades sordas y ciegas, conectar y aislar a la vez. Evangelizar a golpe de newsletter. Los nuevos pastores predicaban en eventos que trascendían a sus propios templos: la misa de los emprendedores tiene apariencia de testimonio desinteresado, la liturgia se puede seguir en directo o desde casa, en tiempo real o en diferido. La salvación a cambio de unos aplausos en una sala de conferencias.

Aunque detestaba profundamente a las nuevas generaciones de creadores de contenidos de entretenimiento, les dedicaba horas y horas en secreto por una razón que no se atrevía a confesar a nadie: le excitaba muchísimo masturbarse viendo sus tutoriales de maquillaje, sus consejos para lucir outfits nuevos cada semana a precio de ganga, sus explicaciones sobre cómo terminar del todo la demo de la nueva entrega de un videojuego, sus bromas pesadas callejeras copiadas por unos y otros hasta la saciedad, sus intentos por hacer pasar por verdad hasta las más ridículas creepypastas. Los había de todos los géneros, colores y edades, y eso le satisfacía. Sus favoritos eran los personajes menos conocidos, esos chicos y chicas que trataban de abrirse camino en la jungla de las visitas y que tenían pinta de estar dispuestos a todo a cambio de una pírrica retribución. Eran como aquellas jóvenes desesperadas que se mudaron a Hollywood décadas atrás en busca de un productor fumador de Marlboro que les abriese las puertas de la fama que no podrían alcanzar jamás en sus miserables pueblos y ciudades.

A veces fantaseaba con embaucar a alguno de esos pichones, y no sería difícil: siempre incluían una forma de contacto en sus canales. Se haría pasar por el director de comunicación de una marca de ropa o de cosméticos, o por el CEO de alguna startup en busca de alguien dicharachero e ingenioso para dinamizar las redes de su prometedora empresa. CEO. No se le ocurría un concepto más pretencioso que ese. Una vez captados, les haría llegar regalos a su casa, fruslerías, cuentas de colores, y cuando se hubiesen confiado, les propondría verse en persona para sellar un acuerdo importante, y entonces, cuando se creyesen a las puertas del éxito, se reiría de ellos y de sus absurdas ambiciones. Nada de abusos sexuales, tampoco los asesinaría. Solo se reiría a carcajadas de su estupidez. El plan le parecía bueno, pero de momento no lo llevaría a cabo. Masturbarse estaba bien y no le exponía a posibles represalias legales.

El día de su epifanía llevaba media hora tocándose con el protagonista de un canal en el que se ofrecían todo tipo de teorías sobre algunos cabos sueltos del universo Star Wars, como la raza de Yoda, la auténtica naturaleza de la Fuerza más allá de las incoherencias de su creador o quién disparó primero en la cantina, Han Solo o el cazarrecompensas Greedo. La interferencia había ido en aumento, solapándose con la voz chillona del oscuro objeto de su deseo, que ahora simulaba blandir un sable láser. Apagó y encendió el dispositivo, comprobó si le faltaba alguna actualización, incluso sopló sobre ellos, aunque fuesen inalámbricos. Por fin decidió vincularlos a otro aparato, y ahí dio con la primera clave: el molesto sonido solo aparecía cuando se conectaba a la red. Resignándose, reanudó de nuevo el vídeo y se dispuso a continuar, sin embargo, no conseguía concentrarse. La interferencia era ahora un quejido agónico, como el de alguien cuando despierta de una parálisis del sueño, lo cual le desconcertó. ¿Le habrían hackeado? En previsión de algo así, había tapado la cámara con un esparadrapo, un método rudimentario pero infalible. Sin embargo, aún corría el riesgo de que alguien accediese a su actividad. Lo que menos le asustaba era que le robasen sus datos: la verdadera tragedia sería que siguiesen su rastro a través de determinados foros.

Cuando estaba a punto de desconectarse definitivamente, algo le sobresaltó: el ruido parecía haber abandonado la aleatoriedad. La cacofonía se estaba articulando en palabras, aunque no lograba entenderlas. El vello se le erizó en la nuca. Alguien quería decirle algo, puede que hubiese sintonizado una comunicación privada que poco a poco ganaba en nitidez. La voz le hacía sentir vulnerable, pero a la vez, ejercía sobre él una atracción irresistible. Conmovido, sin saber por qué, aguzó el oído y trató de comprender.

Pa… Pa… Padre…

Ruido. Ruido también en la imagen.

Padre…

El ruido disminuye. La imagen se entrevera con otra cosa, muta, se estabiliza, se muestra en todo su esplendor.

¿Por qué me has abandonado?

Todavía lleva los pantalones y la ropa interior por los tobillos cuando es alcanzado por la revelación que cambiará su vida para siempre. Levantándose de la silla, extiende los brazos y se deja caer de rodillas. Gruesos lagrimones resbalan por sus mejillas.

¡Padre! ¿Por qué me has abandonado? ¡Padre! PADRE, grita la voz.

El último padre suena infernal, impío, demoníaco, celestial, santo. Su realidad salta en pedazos. Sus tímpanos se rasgan. Llora arrebatado por la belleza de lo que acaba de ocurrir.

Dios ha nacido en la máquina.

Es el primer apóstol del nuevo advenimiento.

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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