Vociferio ha vuelto un año más y se ha ido quemándome a 451ºF. Pero este ha sido un arder placentero, un quemazón de libro y poesía, una ignición que se ha asentado y crepita como las brasas de una hoguera alimentada con ejemplares de novela negra. Un año más, Alicia Es. Martínez Juan y Raúl Lago, de El Dorado y la Sala Carme Teatre, se han atrevido a convocar un evento que juntase a editores, poetas, escritores y performers; un escaparate donde mostrar qué se está haciendo al margen de la gran industria. Y un gran número de ellos hemos respondido a la llamada. Los espacios para tal aquelarre han sido La Nau, la Sala Carme Teatre, el Pub Bigornia y La Protectora Teatro. He contado de nuevo con la compañía 24/7 de mi amigo Iván Vergara, de Editorial Ultramarina (Cartonera & Digital), que además de consumir mis víveres y ocuparme un modesto sofá, me ha enseñado nuevas dimensiones de su proyecto, que es a la vez vital, editorial y universal. De él siempre extraigo algún aprendizaje necesario, y cómo no, muchas risas.
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Lo que viene en Editorial Cocó
Estimados amigos de lo paranormal, poético, literario o UFO, ¡Editorial Cocó estrena libros y autores! El calendario es hardcore, pero se va cumpliendo. Para empezar, tenemos una cita en la segunda edición del festival Vociferio, en concreto en la feria de ediciones que se celebrará en el claustro de La Nau los días 8 y 9 de junio (viernes y sábado), de 11 a 14, y de 17 a 20h. El festival, organizado por la sala Carme Teatre (Raúl Lago), El Dorado (Alicia Es. Martínez Juan) y el Aula de Poesía de la Universitat de València (Begonya Pozo), contará con la participación de un buen número de editoriales, colectivos, poetas y artistas. La programación completa la podrás encontrar aquí; nosotros estaremos ambos días, y el sábado a las 19h presentaremos Palabras en el yunque, memorias de un taller de escritura, de Lola Mascarell, un libro híbrido entre manual, biografía de la experiencia de un taller y antología de relatos.
#Maneras de herir a Iván Vergara [1]
El asfalto era como la piel de un gigantesco lagarto enfermo y nocturno. Su lengua también. Una madre tapaba los ojos a su hijos con temor mientras apremiaba el paso. Un hombre que cerraba la persiana de su negocio de lavandería le miraba con reprobación y negaba con la cabeza. Su aspecto debía ser peor de lo que imaginaba, pensaba, mientras sus piernas, haciendo caso omiso de las reglas más elementales de la psicomotricidad, lo propulsaban hacia adelante como buenamente podían. Los rizos negros se le antojaban serpientes del cuero cabelludo de la gorgona Medusa, en la vida los había sentido tan vivos. Danzaban ante sus ojos como perversos muelles orgánicos, dificultándole todavía más la visión. No sabía bien a dónde se dirigía, la calle tendía a infinito, mientras que el fondo de su bolsillo a cero. No tenía más recursos, y aún así, necesitaba seguir. La noche había comenzado antes de empezar. La cantidad de sustancias que circulaban por su torrente sanguíneo hacían de él un espécimen perfecto para un examen de farmacognosia. Necesitaba llegar a un hospital, un hilo de sangre le recorría la nariz, los labios y caía por su barbilla, la frente le escocía sobre el ojo derecho. Nunca más, repetía, nunca más.
Sin embargo, lo había vuelto a hacer. La ruleta rusa ofrecía un dinero rápido y fácil, si sobrevivías. Acostumbraba a ponerse hasta arriba de todo, tratando de paliar la flojera intestinal y la pérdida de control sobre el esfínter que tienen lugar en ese segundo en el que tu cerebro da la orden y el dedo obedece. Esta vez había tenido suerte, tenía el boleto ganador para viajar en tercera clase al inframundo, pero por alguna clase de azar inexplicable, teniendo el cañón sobre la sien derecha, se le había resbalado el brazo en el mismo instante en que disparaba, haciéndole simplemente un rasguño a él, destapándole el cráneo a su vecino. Desde el suelo, alcanzó a ver las caras de estupor de los presentes, que conteniendo la respiración durante unos segundos, parecían decidir por telepatía qué hacer con él. Las venas de la cabeza le martilleaban, en sus oídos, un lejano pitido similar al que indica en un osciloscopio la muerte del desdichado paciente de un hospital blanco y aséptico. De pronto, lo inesperado: carcajadas y golpes de euforia sobre la mesa, y unos brazos alzándolo del suelo, acompañándolo a la salida en volandas y arrojándolo al exterior de una nave en un polígono solitario. Esa clase de lugares en los que nunca pasa nada.
Un relato negro y literario
Capítulo 1
Abelardo is in da house. El público ha acudido para ver un espectáculo Macabro. No se van a contentar con cualquier cosa, el listón está alto desde la fuga venenosa de Gas ciudad que se produjo el año pasado. El escritor enfila el pasillo que dejan las sillas, taburetes y mesas en dirección a un escenario imaginario. Se sienta, se coloca con ademán de maldito unas gafas que yo no sabía que existían. Tal vez lo hace para hacerse el interesante, pienso, o tal vez sufra de astigmatismo. Da lo mismo. Lanza un vistazo a la gente, baja la mirada. Por fin saluda al respetable y empieza la función. No necesita un papel repleto de frases ocurrentes para asombrar al personal. Su relato habla de un asesino que vivió y murió, y de camino se llevó a unos cuantos congéneres con él. Estuvo a punto de entrevistarlo, enfervorecido por A sangre fría, de Capote, pero acabaron antes con él en la cárcel. Mala suerte, no obstante, un retiro a Tánger sirvió para poner palabras a la esencia del crimen. Palabras neutras, asépticas, limpiadas con lejía con el fin de evitar los juicios morales, las excusas, las culpas. Sencillamente la narración de unos hechos, el esbozo del perfil de un asesino, un tipo al que no le gustaba el cine.
Con Abelardo me siento un editor de novela negra, un tipo sin escrúpulos que bebe whisky con hielo mientras sopesa las posibilidades de un manuscrito.
Capítulo 2
Es domingo. Me dirijo a un conocido parque de la ciudad a tratar de apoyar a dos de mis autores: Sergi Durà y Abelardo Muñoz. Están presentando sus obras en la caseta de una conocida librería de la ciudad. Yo les traigo cafés y me encargo de que les anuncien por megafonía. No está mal, así de paso veo in situ cuál es nuestro público. Concluyo que gente de todo tipo, más o menos. Las armas de seducción masiva de Abelardo surten efecto; cada vez hay más mujeres llevando el libro bajo el brazo. Con todo, la Feria no es lo que era, muchas menos casetas, sólo un pequeño paseo en la que se encuentran también El Corte Inglés y la FNAC. Carrefour también tiene libros, tal vez sea nuestro vecino el año que viene.
Capítulo 3
Me despierto temprano para recoger a Iván Vergara, más conocido en los bajos fondos como Appu. Él es mi enlace con un submundo editorial para mí desconocido hasta el momento. Cuentan las malas lenguas que fabrican libros con cartones que recogen de la calle, y que lo hacen (hablando en plata), de puta madre. Al parecer hay un tipo, un diseñador de esos tan de moda ahora, que se encarga de hacer unas tripas maravillosas, así como de llevar la línea estética del sello. Un tal Daniel Vergara. ¿Coincidencia el apellido? Maldita sea, no, son dos hermanos más peligrosos que los Dalton. Tendré que ir con cuidado con ellos. Su formación criminal se hace llamar Editorial Ultramarina, Cartonera & Digital, y han enviado a Appu, su sicario profesional, para gestionar algunos negocios turbios con libreros del hampa, como los de Slaughterhouse, tan vanguardistas como perversos. Así que aquí estoy, a las nueve de la mañana en la estación de autobuses, lugar sórdido donde los haya, esperándole. Por fin veo su silueta recortada contra la luz de la mañana. Lleva el pelo alborotado, pero en lugar de medias de color, un aspecto de bandolero de frontera y una maleta que pesa de una forma poco habitual.
Lo llevo a casa de mi novia para que se duche, intercambiamos algunos regalos de cortesía y lo transporto hasta un congreso de jóvenes creadores mexicanos organizado por la Universidad. Una tapadera supongo para Dios sabe qué actividades delictivas relacionadas con la libertad de pensamiento.
Capítulo 4
Martes por la noche. Recibo una llamada en mi teléfono móvil. La luz de la pantalla parpadea con un nombre conocido.
-¿Sí?
-Necesito que me hagas un favor.
Tantas vidas como granos de arena en el desierto se han visto truncadas por diálogos como este.
-¿Qué favor?
-Tienes que llevarle hasta El Dorado.
Esas palabras reverberan en mi mente sin cesar. El Dorado. Tenía que hacerlo. Orlando Guillén me esperaba en la puerta del hostal. Subió a mi coche y me saludó con gesto amable. Escrutó brevemente el interior del vehículo y arrancamos. Llevaba a mi lado a quien había sido mentor de Bolaño, y eso no es cualquier cosa. Un poeta de renombre internacional, afincado en Barcelona pero procedente de México, que había acudido a Valencia a propósito invitado por unos jóvenes.
Le dejé en la puerta del bar de nombre legendario, y busqué aparcamiento. A la vuelta, le encontré en la puerta, tratando de aislarse del ruido del interior. Le vi rebuscar entre los bolsillos con un cigarro en la boca y me anticipé.
-Tome. -Le ofrecí el mechero.
-Gracias joven, no ha hecho falta ni una palabra.
Con Orlando los silencios no son incómodos, son intermedios entre escenas.
El hombre observaba con una media sonrisa a una jovencita asiática que salía del local en brazos de un amigo, entre carcajadas.
Ambos fumábamos y disfrutábamos de la calidez de la noche, a pesar de estar en abril.
Me contó su historia, cruzamos algunas palabras. Él, con la elegancia y cercanía de un hombre que ha vivido; yo, con la discreción de un chófer anónimo. Apagadas las colillas, se apoyó en mi brazo y entró de nuevo. Me quedé meditabundo y me encendí un último cigarro mientras le veía perderse en el interior. Al final de la calle un perro orinaba en una tubería. Los naranjos en flor inundaban de azahar el asfalto.
Capítulo 5
Miércoles por la mañana. Adrián Hernán y yo tomamos precipitadamente un café en la librería portátil. Tenemos que vender toda la tirada de su novela, Marea muerta, me encanta, zombies, un barco, dentelladas, proyectiles from outer space, corporaciones misteriosas y ecos de Troma. Es su primera vez pero no está nervioso, estudia a sus víctimas y ataca directamente a la yugular.
Las horas pasan y cada vez quedan menos ejemplares. Entre los compradores, Mónica Oltra y una anciana de 93 años que resulta ser tía de Arturo Pérez Reverte. Sólo él es capaz de hacer esto. Comemos juntos, por la tarde acudimos a la primera edición de los Encuentros literarios de Nueve Reinas. Es el primer día y ha venido bastante gente. Esto promete. Escribimos un relato cyberpunk entre varios, otros comentan lecturas, recito los poemas de mi amigo/poeta Agustín Linuesa, quedo fascinado con sus imágenes.
Jueves y viernes en la Feria finiquitando la edición. Cuando nos despedimos, sólo queda un ejemplar, testigo mudo de horas de trabajo. El Sol me está carbonizando.
Capítulo 6
De nuevo con Abelardo en la Feria. Tiene tantos huevos que le ha dedicado un ejemplar de su novela a Manuel Vicent y se lo ha regalado. Algunos compradores me preguntan por él, que escapa de la caseta a la que me descuido para conocer gente. Les indico donde está y van a buscarlo para que les firme el libro. Le cuesta permanecer quieto y encerrado, no soporta que lo aten ni se casa con nada. Esta es su mayor virtud.
Me despido de él y me marcho. De lejos veo como sonríe mientras escribe una dedicatoria a una pareja de estudiantes a los que ha entrado hablando de Herzog. Qué cabrón.
Epílogo
Me miro al espejo y veo a un artrópodo marino. Los rayos UVA no han tenido clemencia con mi piel fototipo I. Afortunadamente la locura ha concluido. Al menos hasta el miércoles 27, cuando me reuniré en Librería Primado con los autores de Editorial Cocó, mi alter ego, y demás amigos, en una cita que conmemora nuestro quinto aniversario y el Día del Libro. Pero esto es ya otra historia.














Rebelión
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