Llevaba días esperando para poder hacer una escapada a la moribunda Feria del libro antiguo y de ocasión. Por si alguien no ha ido y está interesado en visitarla, se encuentra en la Gran Vía Marqués del Turia, y estará todavía hasta el día 13 de noviembre. Este año ha visto peligrar su existencia y muchos nos temíamos que sería otra víctima más en el amplio osario de la cultura difunta en Valencia. Pero afortunadamente, unos pocos valientes han conseguido llevarla a cabo, y digo pocos, porque son ciertamente pocos.

Para mí, esta cita anual con el olor a papel viejo tiene mucho de ritual. No puedo dejar de ir, y no puedo ir acompañado de más de una persona. Este año he ido solo. Soy muy obsesivo a la hora de rebuscar entre los cientos de libros de cada puesto, y puedo fácilmente estar dos horas y media para ver diez casetas. Pero únicamente de esta manera se puede disfrutar este maravilloso evento, en el que con suficiente paciencia, se pueden adquirir auténticas joyas de la edición.

Hoy he acompañado a María a trabajar, he desayunado en la Lonja, y me he dispuesto, ilusionado como un niño, a ver qué se cocía por allá. De camino, me he encontrado en la Plaza del Ayuntamiento a un hombre cuyo nombre desconozco, pero al que la mayoría de los que alguna vez hemos pasado por allí hemos visto. El hombre en cuestión hace figuras asombrosas con latas de refrescos. Llevaba tiempo queriendo comprarle algo, así que hoy, me he decidido y le he pedido una rosa confeccionada con una Coca Cola. He charlado brevemente con él y he seguido la ruta. Las nubes se iban cerniendo sobre mí en un fúnebre presagio de lluvia, que no se ha cumplido hasta más tarde, cuando ya me disponía a irme. Al llegar, lo que esperaba, pocas librerías y poco público. Era viernes por la mañana, es cierto, pero insisto, poco público. He parado un instante para admirar el gigantesco ficus con el que tantas veces he jugado de pequeño, en compañía de mis abuelos. Puede que por eso el ficus elastica sea mi árbol favorito. Nada más empezar a revisar la mercancía, varias joyas: Una antología fabulosa de Dylan Dog que no me podía permitir, varios libros de Asimov que no conocía, como Nueve futuros; tres antiguas ediciones de Alfaguara que me he quedado con las ganas de llevarme pero que he dejado porque se me salían del presupuesto, El espejo en el espejo, Momo y La historia interminable, de Michael Ende. Por supuesto este año no he dejado de presenciar tampoco el típico momento de arrogancia de cultivado ansioso de demostrar sus conocimientos: hoy ha sido una mujer que le pregunta a la dependienta, que a todas luces no era la dueña de la librería (y digo esto porque es casi imposible que alguien que no sea el dueño pueda aclararse en este tipo de stands), “¿perdona, dónde tienes los rusos?”, a lo que la chica amablemente contesta que no lo sabe, que lo busca. La mujer, haciendo una mueca de desaprobación a su acompañante, añade otra pregunta que no recuerdo, rebuscada a más no poder, y ante la segunda negativa de la joven contesta: “vamos, que no sabes nada”. Posteriormente me he topado con una jauría de adolescentes en excursión de colegio, que jadeaban viendo las portadas de CIMOC, Makoki, el Víbora y demás. Les he dejado pasar por si su salivación me manchaba los zapatos, y he proseguido en mi rastreo de tesoros ocultos.

En uno de los puestos, con una colección gigantesca de Austral, me he hecho con la primera adquisición del día: Tradiciones japonesas (en la foto), y a punto he estado de llevarme Leyendas mexicanas. Un poco más adelante ha caído el segundo libro: El juego de las maldiciones, de Clive Barker, autor de cabecera de mi amigo-escritor Adrián Hernán, una autoridad para mí por su criterio en literatura de terror. 20 euros en la tienda Imágenes, 4 euros aquí. La última compra ha sido Arte de trabajar en cartón, un regalo para mis amigos de Ultramarina. He pensado en ellos y su trabajo y no he podido dejarlo. Es una edición nueva de una obra de 1829. Empieza así:

El arte que va a describirse a continuación es uno de los más agradables á que puede dedicarse la juventud. No se limita á mera diversion, sino que bajo una aparente frivolidad es sumamente útil, y reune las dos calidades que el sabio ecsige para los pequeños desahogos del espíritu. (Ortografía original).

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Pronto te lo haré llegar, Iván Vergara, juntos a esas gafas que esperas como agua de mayo. Durante mi visita he encontrado títulos de lo más variopinto, como podéis ver en las fotos. Me ha sorprendido la cantidad de ciencia-ficción, casi todos los puestos tenían al menos treinta libros. Ha habido uno que me ha sorprendido al punto de casi llevármelo para el mencionado Adrián. No recuerdo el título pero básicamente consistía en que en un futuro post-apocalíptico, en un mundo destruido por un intercambio de misiles nucleares que habría desencadenado Inglaterra (¿?), estalla una guerra entre la recién separada de La Unión Texas, e Israel. Pues eso, ni más ni menos. Al margen de esto, había para todos los gustos, también me ha encantado una edición sobre ocultismo y alquimia de Alianza Editorial, que ya me obsequió el año pasado con Pasaporte para lo sobrenatural, un manual fabuloso de mitología de terror de todo el mundo, desde África hasta China: Hombres Oso, Hombres Hiena, vampiros de piel verde y pelo blanco; y un largo etcétera de curiosidades para los interesados en el asunto, como es mi caso. No por creer en la existencia de estos, sino por conocer leyendas más allá de las fronteras de nuestros tópicos monstruológicos.

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En definitiva, animo a todos a hacerle una visita, ya que si no la apoyamos, acabaremos perdiéndola. No lo sé a ciencia cierta pero imagino que deben tener ciertos problemas de pagos pendientes, y en una coyuntura como la actual eso puede suponer la defenestración total. Sería una verdadera lástima, porque es aquí donde verdaderamente se pueden encontrar los títulos más interesantes, por estar descatalogados, por extravagantes o por el precio. Ya estoy esperando la del año que viene.

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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4 comentarios

  1. No sabía que te gustaba Dylan Dog. Yo tengo un ejemplar que compré en Turín en un puesto callejero, y que guardo como un tesoro, porque un amigo lo eligió para mí. el día que quieras te lo presto…

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