Hace dos noches me costó conciliar el sueño. Estaba en un estado de duermevela, pensando en todo tipo de asuntos inconexos cuando me asaltó una imagen; la de las langostas o caracoles que mueren en una olla cuando la temperatura del agua aumenta hasta más allá de lo que pueden soportar. No como ninguno de estos seres, no me gustan, pero siempre he sentido lástima por ellos ante esta muerte tan cruel. No entiendo por qué aquella noche vino a mi cabeza esta imagen en concreto, pero me llevó a reflexionar en torno al tiempo y su significado. No trataré de dar una definición científica del tiempo en este post, por varias razones. Una, que no soy científico, y dos, desconozco las teorías existentes al respecto como para poder citarlas. No pretendo escribir un artículo sobre los distintos puntos de vista referentes a esto, sino transcribir una serie de sensaciones que tuve y que creí muy reales, probablemente por estar a las puertas de lo onírico.

Todos los seres vivos que encuentran su final en una olla de cocina, ya sean vegetales o animales, son incapaces de entender qué les está ocurriendo. Simplemente se encuentran sumergidos en líquido y posteriormente, este mismo líquido acaba con ellos. El agua, sustento indispensable para todos, funciona como Demiurgo y como verdugo. El tiempo también nos envuelve, si es que esto tiene sentido. El tiempo es una constante a lo largo de toda nuestra vida, al nacer marcamos un hito en una eterna cronología, y seguimos cabalgándola hasta que desaparecemos. El tiempo es un inmenso caldo de cultivo en el que nos movemos y que percibimos a nuestra manera, de una forma muy limitada. No podemos entenderlo, no sabemos bien qué es, ni tampoco podemos ser conscientes de determinados períodos del mismo, por ser demasiado breves o demasiado longevos. La percepción del tiempo es relativa, dependiendo de la situación, lo vivimos de una manera u otra. Cuando estamos atareados, pasa rápidamente; cuando estamos aburridos y apáticos, se dilata y se hace eterno. Por supuesto, esto es una distorsión sensorial, el reloj sigue marcando los segundos a la misma velocidad, pero como dije que no quería ser fiel a la física, obviaré lo evidente. El tiempo, pasado a través de nuestro filtro humano, genera automáticamente tres categorías: pasado, presente y futuro. De todas ellas, la única tangible, por decirlo de alguna manera, es el presente, ese instante fugaz en el que vivimos. Pasado y futuro no son nada en realidad, solo un recuerdo y una esperanza respectivamente.

Tendemos a imaginar que el pasado está en algún lugar, y también el futuro. Imaginamos que podemos viajar hasta ellos, como si fuesen regiones geográficas desconocidas a la espera de ser descubiertas. ¿Y si todo esto no fuese más que una ilusión? ¿Y si nuestra percepción del tiempo fuese una alucinación de los sentidos, un error de comprensión elaborado por la naturaleza para que podamos mantenernos cuerdos? Agotado e insomne, imaginaba que todo podría estar ocurriendo simultáneamente, que el tiempo en lugar de ser lineal o circular, podría ser una masa informe, una nube en la que todos los acontecimientos tienen lugar a la vez siempre. Quizá nosotros, nuestra conciencia, trata de percibir este fenómeno como algo lineal, de la misma manera en que la vista descarta elementos para que procesemos menos información. Nos imaginé como crustáceos en una cuenta atrás hasta el punto de ebullición; imaginé el tiempo como una sustancia tóxica en una olla inmensa; de tal manera que cuando rebasamos nuestra tolerancia a la misma, morimos.

Exhausto por las consecuencias que se derivan de estos planteamientos, llegué a un punto muerto en el que ya no podía continuar imaginando, toqué el techo de mi capacidad de fantasear y entender, y finalmente me dormí, hecho que comprobé al despertarme, seis horas después, que para mí transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos.

Collage de Manuel Sanz

Collage de Manuel Sanz (http://www.manuelsanz.es)

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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