Le dijeron que en aquel anfiteatro de piedra azul y verde estuvieron sentados -entre otros- Bob Marley, Jack Kerouac, Henri Matisse, Jean Genet, Francis Bacon, Tennessee Williams, Truman Capote, o Jimmy Hendrix. Ahora pisaba con sus botas los reflejos irisados que producían los charcos de lluvia sobre el turquesa de su esmalte, cada día más deteriorado, cada día más bello. En el horizonte, el punto de encuentro entre un océano y un mar, y la silueta desdibujada de la tierra que acababa de abandonar. El café apuntaba directamente hacia allá, un balcón prodigioso con casi un siglo de existencia. Los gatos con sus pelajes grises y sus ojos de noche paseaban indiferentes, como si no tuviesen más necesidad que entender la trascendencia y obviar este descubrimiento justo después. El Sol aparecía y desaparecía entre las nubes, y del agua brotaban destellos que enseguida se ahogaban en una cresta espumosa. Su sombra intermitente mostraba a un gigante derramado por el suelo, con el que compartía bastantes detalles al margen de la pigmentación. El retorno a un lugar que nunca había conocido acababa de comenzar, pero no tenía prisa. Quería saborear cada instante en el camino, cada segundo que corría era un testigo más en el caso del hombre que vuelve al hogar, del que era el principal protagonista. Viajaba solo, ligero de equipaje físico y emocional. Una mochila descolorida, una libreta, y un registro mental de lazos rotos que cada vez dolía menos. No quería contaminar más aquel continente antiguo, orgulloso e imponente, que se resistía a mostrar sus cicatrices a los extraños.
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You can eat shit and fuckin’ die
[Como siempre, para una lectura óptima, darle al play al reproductor en el momento en que aparece].
La alarma, un grito estridente y metálico que lo succionó desde un sueño intranquilo y agitado, para escupirlo a una realidad de luz borrosa y calor concentrado de verano incipiente. Las sábanas se arremolinaban a sus pies como queriendo escapar de su contacto, la habitación olía a humo de tabaco y cannabis, y también a perro, porque no había podido quitarle esa fea costumbre de dormir apoyado en la almohada. El día se presentaba tan exasperante como todos los últimos. Recordaba vagamente una etapa, probablemente la post-adolescencia, en que madrugaba eufórico y ansioso por salir al mundo lo antes posible. Las cosas eran ahora bien distintas. El menú del día consistía en pellizcar algo de dinero aquí y allá, y correr a pagar una factura abusiva que vencía a mediodía. Más tarde tendría ocasión de desesperarse rastreando trabajos improbables frente a la pantalla de su ordenador y con suerte, ser invitado a un par de cervezas por algún amigo con una situación ligeramente más cómoda y buena voluntad. Por la noche podría terminar algunos encargos pendientes que le reportarían unas cantidades ínfimas que le servirían para casi pagar el alquiler del piso. Hacía meses que había dejado de seguir la actualidad, su vida era suficientemente miserable como para llenar varios minutos de llamada a un programa radiofónico nocturno de esos en los que algunos desgraciados emiten sus penas a través de ondas, con toda seguridad, cancerígenas. No, tenía suficiente tensión como para empaparse con la de otros. Esta actitud, que le resultaba impensable un año atrás, cuando se comprometía con el dolor ajeno y participaba de él, era ahora la única medida que le permitía esquivar los viscosos tentáculos de la histeria y mantener a duras penas la compostura. La ducha y el desayuno -leche, cualquier cosa sólida, café y cigarro [por ese orden]- ya ni siquiera eran actos placenteros, sino últimas cenas antes de recorrer la milla verde; breves y efímeros descansos antes del fragor de la batalla. Por supuesto, tenía pequeñas distracciones: se había aficionado a caminar en lugar de utilizar el transporte público o el coche; por una parte, porque disfrutaba contemplando a la gente y sus idas y venidas y sus historias grabadas en sus rostros, por otra, porque este desplazamiento consumía una energía que todavía podía permitirse.
Sin ser del todo consciente de ello, había bajado a la calle y se dirigía a un par de ubicaciones de la ciudad donde tenía pendientes algunos cobros. Esta vez no tendría más remedio que conducir si quería llegar a tiempo. Aquella máquina, símbolo de libertad y compañero de viajes y carretera, era ahora esclavo de la luz amarilla de la eterna reserva del depósito, un pozo sin fondo de billetes, una bestia antediluviana que reclamaba constantemente nuevos sacrificios. Y para colmo, en el cristal, aquella maldita pegatina que cambiaba de color año tras año, un memorándum que imposibilitaba olvidar que el tiempo también causa estragos en los automóviles; el suyo, en concreto, formaba parte ya de la tercera edad en las estadísticas. Las luces rojas y verdes se sucedían y le parecían ojos de reptil, igual que en los faros traseros intuía miradas amenazantes. A punto de sumergirse en un túnel, un conductor que intenta pasar a última hora le pita e insulta por no cederle el paso. Las venas de su cuello comienzan a palpitar como serpientes constrictoras en plena digestión, y toda la ciudad parece contemplarle con condescendencia.
La llegada al centro de usura se produce a escasos minutos del cierre, debe saldar la deuda si no quiere que su casa quede sumida en una oscuridad real y no únicamente metafórica. Tras un par de vueltas buscando aparcamiento, descubre que el tiempo es efectivamente relativo. El reloj del salpicadero engulle los segundos a mayor velocidad que de costumbre. Preso de la desesperación, decide asumir el riesgo de abandonar el vehículo en doble fila junto a la puerta. A continuación, el detector de metales del banco lo identifica como un sujeto potencialmente peligroso. Se desembaraza de todo lo metálico y entra. La cola es interminable. Hace calor. Una abuela le roba su posición con una hábil finta. Cuando llega su turno la cajera le indica que ahí no se realizan ese tipo de operaciones, que debe ir al cajero automático. Acude al cajero, pero la pantalla le indica que está sufriendo problemas transitorios. Vuelve a la caja, pero ya están cerrando, vuelva mañana, pero usted no lo entiende, mañana no me sirve; no es mi problema caballero. La situación llega a un punto muerto y decide marcharse. A la salida, un agente de la autoridad está a punto de multarle. Por favor, me voy ya, es que no encontraba sitio y era urgente. A mí me dan igual tus problemas, quita el coche de aquí ahora mismo. Bueno, mejor, enséñame los papeles. Sí, claro, aquí están. Todo su sistema circulatorio parece en medio de una gran revolución. Venga, quítalo ya y vete. Su corazón es ahora un cuerpo extraño queriendo emanciparse de su cárcel a través del pecho. Un grupo repulsivo de púberes saliendo del colegio pasan por su lado y se ríen de él. El vehículo no arranca. El coche no me arranca agente. ¿Cómo? Encima, venga, te has ganado la multa.
En ese instante, el tiempo se detiene, sus extremidades comienzan a agitarse contagiando al resto del organismo que se convulsiona a nivel celular. De pronto, el coche ya no le resulta cómodo ni espacioso. Y la cara del policía es una mueca de horror. Y los transeúntes demasiado pequeños cuando pone algo parecido a unas piernas sobre el asfalto.
Dos brazos extremadamente musculosos parten por la mitad al guardia con un movimiento de tijera de potencia descomunal. Pero tiene tiempo a verse reflejado en sus gafas de sol antes de que estas caigan junto a parte de su primera víctima. Todos corren como en una antigua película de monstruos japonesa. Se lanza a cuatro patas tras los niños. Les gana metros. Los tiene justo en frente. Los atrapa con sus fauces y los traga como un pelícano. La cajera y el director de la sucursal se han metido en un portal. Puede olerlos. Varios coches chocan a la altura de sus rodillas, pero esta vez nadie hace sonar el claxon. Coge uno de ellos y lo arrastra hasta el escondite de los antes orgullosos y arrogantes empleados, que intentan derribar la puerta mientras llaman a los interfonos pidiendo auxilio. El conductor trata de zafarse del cinturón de seguridad y lanzarse fuera, pero no lo consigue, disfrutando en primera fila de un atropello poco convencional milésimas de segundo antes de salir volando por el cristal delantero para formar parte del macabro mosaico que adornará la entrada de la finca. Todo a su alrededor es un caos maravilloso y sublime. El mundo, un lugar mejor, amable por primera vez y justo por última. Oye sirenas cuando se abre paso hacia una arteria principal que conduce directamente al mar.
Cartas del planeta Zenón [prólogo]
Estimado lector,
si tiene este libro en sus manos, es ya demasiado tarde para advertirle de que corre un serio peligro. Una vez abierta, esta antología ha iniciado un proceso irreversible, auspiciado por la combinación altamente combustible de poesía e ilustración, que culminará con una explosión atómica similar a aquella en que desembocó el Proyecto Manhattan. Alguien debió informarle de las consecuencias que implicaba adquirir y leer este compendio de voces medibles tan solo en megatones. A continuación, le describiré en que consistirá la reacción, y cuáles serán sus efectos secundarios.
La primera fase tiene lugar al zanjar la lectura de este prólogo, cuando voltee un par de páginas y se sumerja en un microcosmos en el que podrá descubrir quién mató a Liberty Valance, así como las instrucciones para bailar correctamente al ritmo de Joy Division. También encontrará un circo de magos de padre ausente y antipodismo azteca, un espectáculo que no puede perderse, que le conducirá a empujones a un número imposible de peonzas que bailan hasta que vuelve la gravedad, en medio de una gran sinfonía de cuerpos celestes. La secta del tacto y un galgo de mirada profunda y egipcia presentarán la segunda fase, no apta para los más impresionables.
Si a estas alturas todavía no ha perdido la noción del espacio-tiempo ni los prejuicios, una pornografía personal hará el resto. El escenario para esto será la Luna, usted podrá verlo todo desde la privacidad que solo puede ofrecer un cráter. Cuando sienta que arrecia la lluvia ortográfica, corra, corra sin mirar atrás o se convertirá en poeta; póngase a salvo entre Dostoievski y un marchito Pentium III. Siéntese y observe el cataclismo, devore toda la paz que pueda, evite la parada cardíaca, rete a un duelo de miradas a una joven cíclope y siga su camino a la tercera fase.
Una madre omnipresente será todas las mujeres que conoció, incluida esa que no tiene ojos en otoño entre hiedras y madreselvas. Ha llegado sin querer a Müllner Haupstrasse, la calle de los suicidios, adornada con árboles negros y espejos a los que también llegan los llantos. Sienta el miedo rojo de ciudad, la dimensión oculta de toda urbe, y contemple en la distancia las Montañas de Aurelia. A las 06:08, será testigo del alba y su crimen, manifestado en una carta perdida en un banco, la correspondencia (todavía es madrugada) de Jean Paul a Dorogaia.
Llegados a este punto, sepa que este libro habrá consumido un tiempo que no se circunscribirá a las horas o minutos que le haya ocupado su lectura. La onda expansiva que se originó en primera instancia va a continuar ampliando su diámetro de forma indefinida, hasta que las fronteras entre creación y realidad se difuminen por completo en su cerebro. No podrá recordar el hecho de que previamente tal vez no conociese a estos autores. A partir de ahora serán cómplices íntimos, sus palabras resonarán en sus sienes como el eco del estallido de una supernova. Esta amnesia selectiva es completamente indolora; por el contrario, es probable que experimente un ligero y placentero cosquilleo en el córtex. Otros posibles síntomas de esta intoxicación por poesía pueden ser la excitación de la imaginación y un aumento significativo de las endorfinas en sangre. Si el impacto causado por la detonación fuese excesivo, póngase en contacto con Salvador Reyes, el artífice del experimento, quien con toda probabilidad le emplazará a nuevas ediciones del mismo.
[Este texto es el prólogo a la antología de poesía sevillana "La ciudad despierta" que saldrá próximamente.]
Call me Ishmael
Mi obsesión comenzó de la manera en que terminan las mejores historias de amor; con la promesa del reencuentro, por dudoso que este resulte para los amantes que se separan y ven la vida como un tren en marcha en una estación añeja, uno de ellos con mirada lacónica en el andén y otro manteniendo la compostura desde una pequeña ventana. El primero sabe que ha perdido, el segundo tiene la ventaja de tener, al menos, un destino inmediato.
Viajábamos a través de una cordillera afilada como el espinazo de un muerto; en algún momento, algo hace que el suelo tiemble con un escalofrío, yo pierdo el equilibrio en un paso de especial dificultad, el viento sopla de pronto con la suficiente energía como para desestabilizarme levemente, mi bota pisa hielo, o una roca, y la nieve me ciega mientras ruedo sin control ladera abajo. A varias decenas de metros, logro frenar mi caída fatal con ayuda de un piolet. La montaña se corta de forma abrupta un poco más allá, has tenido suerte viejo, y veo a mis compañeros aliviados recortándose contra el cielo, como héroes de esos que perduran en el recuerdo de una fotografía quemada por el paso del tiempo. Y detrás de ellos, el gigantesco alud.
No me da tiempo a advertirles, el espectáculo es magnífico y quedo congelado por la belleza de la cara más terrible de la naturaleza. Una ola blanca desciende desde algún punto cercano a la cima engullendo todo el paisaje como un torbellino de cólera celestial. No se dan cuenta de nada hasta que son arrollados y desaparecen en las entrañas del manto. Una lágrima recorre mi rostro cuando soy alcanzado yo también. Una lágrima que consigue alcanzar mi boca que sonríe conmocionada por la fantasía del momento. De repente, el silencio.
De algún modo consigo nacer a la superficie, boqueando casi asfixiado y con los ojos enrojecidos por el agua. Aleteo como un pájaro que cae al océano y trata de zafarse de la trampa acuática. Me tiendo sobre la nieve de lado, y entonces, la segunda ola. Pero esta es distinta, no es caótica como la primera, con todas sus explosiones al toparse con obstáculos. Esta avanza hacia mí como la onda que acompaña a la orca que se lanza a la orilla para atrapar a un león marino. Todavía me asombro al recordar la exhibición de reflejos que permitió que ahora esté escribiendo esto. Pocos segundos antes del impacto, una boca colosal emerge, y en sus extremos dos ojos, rasgados y fríos como dos balas de plomo en el pecho. En el último instante, me incorporo y salto, me alzo hacia el cielo a cámara lenta, y milagrosamente, aquella cosa falla. Desde el aire veo pasar su cabeza a escasos centímetros de mi cuerpo, que levita horizontalmente como una pluma antes de caer y rodar sobre el lomo del ser antes de que este se zambulla, porque eso pensé que hacía, y se esfume en mitad de ninguna parte. Lo siguiente que veo es el cielo, el Sol y las montañas, un tribunal de sabios que calla y oculta; como si no supiesen quiénes son sus hijos. Como si jamás fuesen a revelarme lo ocurrido.
El rescate llegó de manos de una patrulla de salvamento que acudió al ver el deslizamiento; sabían que estábamos allá porque nos los habíamos encontrado al comienzo del ascenso. Me preguntaron en otro idioma por mis compañeros, y les dije que ya no existían. Que los atrapó el alud y que se habrían asfixiado. No encontraron los cadáveres, evidentemente, y el incidente quedó archivado como una tragedia más dentro del mundo del alpinismo. Al regresar a mi hogar, me aventuré en una búsqueda frenética de datos y casos similares al nuestro; desapariciones en la montaña a causa de aludes tras los que nunca se hubiesen recuperado los cuerpos. Horas interminables de hemeroteca rastreando la prensa de décadas atrás hasta la actualidad. Viajes a medio mundo que por fortuna pude permitirme gastando mi fondo privado de pensiones. No creí que fuese a necesitarlo. Tres años después, los datos eran concluyentes: estos accidentes se habían producido por todo el planeta, pero se concentraban en varios puntos del globo, algunos de ellos alejados a miles de quilómetros. Media docena de enclaves con una leyenda negra y siniestra. No podía ser casualidad.
Haciendo acopio del capital que todavía me quedaba, organicé una expedición digna de las mejores aventuras de la literatura, una ruta que atravesaría varios países, y pasaría por todas aquellas cimas y regiones que eran un avispero de alfileres en el mapa colgado en la pared de mi despacho. Como acompañantes, una pareja de biólogos seducidos por la posibilidad de estampar su nombre en los catálogos de especies, acaso por algún nuevo artrópodo minúsculo e irrelevante; un parapsicólogo con una teoría descabellada sobre la llamada de lo salvaje que había leído demasiado a Lovecraft; un par de montañeros famosos por haber pulverizado varios récords de subidas sin oxígeno, expertos en situaciones límite; una periodista con formación en escalada que contactó conmigo al enterarse de la aventura y que deseaba escribir un libro-reportaje sobre todo lo que viviese; y un cazador ansioso por abatir algún leopardo de las nieves que creía en el mito del Yeti. Todos ellos fascinados por la posibilidad de ver cumplidos sus sueños adolescentes sin tener que invertir ni una moneda. Un equipo de ingenuos ilusionados que han mordido el anzuelo de la supuesta última locura de un viejo millonario que desea sentirse vivo de nuevo, financiando los proyectos de unos cuantos desconocidos. Demasiado tentador para decir que no, demasiado bello par ser cierto.
Ahora estamos terminando el medio año de entrenamiento que nos mantendrá con vida cuando zarpemos rumbo al enigma. Se ha incorporado al equipo un sherpa sombrío y adusto que parece sospechar eternamente de mí. Si bien requiero de las habilidades de los otros para determinadas funciones, el nepalí es el más necesario de todos; posee una orientación sobrenatural en cualquier tipo de condiciones: día, noche o en mitad de una ventisca. Será nuestra brújula humana cuando nos adentremos en las profundidades más elevadas que haya conocido el hombre.
—
Los dos primeros meses han transcurrido sin problemas de importancia, hemos investigado los tres primeros puntos de forma exhaustiva; cada uno dedicándose a lo suyo: los biólogos realizaron algunos hallazgos relacionados con la fauna de ecosistemas especialmente adversos; la periodista rellena páginas y páginas de su bitácora de viaje que acompaña con un sinfín de fotografías; el parapsicólogo, excéntrico pero amable, toma notas y entrevista a los habitantes de las zonas más inhóspitas -si estaba en la expedición Queequeg era por su increíble dominio de casi veinte lenguas y dialectos-. El grupo, cansado pero feliz, resiste los tormentos que en ocasiones nos inflige la meteorología, que no parece estar de acuerdo con nuestra presencia. No puedo evitar sentir el recelo de las aristas en las que silba el viento cuando todos duermen, aullando y emitiendo sonidos que pocos oídos habrán escuchado, instándome a abandonar y volver a casa. Pero el coraje de un demente invade mis músculos y huesos maltrechos por el crimen de la vejez.
—
Han pasado cinco meses y todavía no he obtenido resultados. No obstante, consigo mantener mi espíritu sereno, sé que en algún momento tiene que llegar el encuentro. No tengo planes para el momento, no sé qué les diré si tengo éxito y podemos contarlo. Escribo este diario únicamente para dejar constancia de mi propósito a las generaciones que vendrán. El sherpa fuma en solitario alejado de nosotros. No comparte nada salvo su presencia desconcertante, vive por su cuenta hasta que nos ponemos en marcha. Se han producido algunos roces, pero han sido solucionados rápidamente. Uno de los montañeros se ha retirado tras sufrir un accidente que le ha fracturado las piernas de una forma horrible. El cazador se distrae disparando a pequeños animales que se acercan al anochecer, un coro de pupilas encendidas que nos vigilan desde las hendiduras húmedas de la roca desnuda. Nuestro traductor ha recopilado ciertas historias de la población local acerca de una entidad del hielo que se alimentaba de almas perdidas en las alturas que erróneamente ha interpretado como sustento para su tesis. No tenemos ninguna clase de problemas de abastecimiento, los campamentos base reciben provisiones y repuestos de material periódicamente. Solo resta esperar, pese a que los segundos se me antojen intervalos demasiado extensos.
—
La exploración de la quinta zona se ha saldado con un balance desastroso. Una tormenta repentina asoló el campamento base y acabó con la vida del segundo alpinista, que se precipitó al abismo mientras trataba de volver hacia las tiendas. Todos salvo el sherpa han quedado afectados por la pérdida. Llegué a temer que se retirasen, pero la ambición es un sentimiento capaz de plantar cara al miedo. Lo sé de buena tinta. La montaña exige sacrificios a cambio de revelar sus secretos, y no somos nadie para negárselos. Les he prometido una cantidad que no poseo si finalizan la aventura. Nos encontramos en la última región, aquí se decidirá todo. A partir de ahora escribiré más a menudo, quiero dejar constancia del máximo número de detalles de lo que nos suceda de aquí en adelante. Tengo un pálpito que no he sentido con anterioridad, este será el escenario.
—
Parece que no me equivocaba del todo. Un gemido aterroriza a mi equipo todas las noches, una voz que parece provenir de las entrañas mismas de la tierra. Resuena desde las grietas, como un latido que se agita cada vez más. Nadie lo sabe, pero ya no existe comunicación alguna con la civilización. He dado indicaciones erróneas a los encargados de los suministros. Previamente, me he asegurado de disponer de suficientes reservas para aguantar un par de meses. Si tratan de rescatarnos, pensarán que hemos sido sepultados por una avalancha y acabarán desistiendo en la búsqueda. Siempre es así. Intento infundir calma a los miembros del equipo, les digo que esos ruidos son simplemente producto del eco, reverberaciones caprichosas que confunden con alaridos. Que no hay nada que temer, que no pierdan el tiempo con terrores infantiles y que sigan realizando sus sueños, que esta es una oportunidad que jamás volverán a tener.
—
La noche se está cerrando como un cepo sobre nosotros. El Sol nos abandona lentamente, y el cielo es una amalgama de colores fríos y místicos. Nuestro campamento está en una superficie llana que precede a una rampa que asciende hasta una repisa desde la que se sube con una dificultad extrema hasta la cúspide. El cazador ha creído ver a su ansiado abominable hombre de las nieves allá y ahora mismo está solo en lo más alto del tobogán. Los biólogos han ido tras él, y son ahora dos diminutas manchas oscuras en mitad de la nieve. La joven periodista observa desde el exterior de mi tienda con unos prismáticos. Del sherpa solo queda el rastro de sus pisadas alejándose del perímetro de seguridad. El parapsicólogo acaba de salir de su tienda y acompaña a la chica. Y al fin, un temblor. Es suave, pero he podido percibirlo. Nos llega el sonido del grito del cazador cuando el suelo que pisa se desliza y le hace desplomarse. He dejado la puerta abierta para contemplar el episodio final. La marcha del fugitivo no ha hecho más que confirmar mi presagio. Los biólogos se han dejado caer por la pendiente, ruedan a toda velocidad hasta que un relieve los lanza volando por los aires. Todo a mi alrededor se ralentiza. Los gritos de mis acompañantes se ahogan cuando el alud se abre y de él sale proyectada la criatura más pura que se pueda imaginar; su boca como una gruta se abre y atrapa a los científicos antes de que puedan entender que sus vidas acaban de llegar a su fin, para aterrizar de nuevo sobre la ola y mezclarse con ella. Ahora vuelven los gritos mientras vemos el serpenteo en la onda. Todos huyen despavoridos, como si quisiesen evitar el desenlace. No entienden que no tiene sentido tratar de escapar de un final tan perfecto, para en el caso de conseguirlo, morir en una cama por culpa de un virus despreciable e invisible. Una canción acude a mi cabeza cuando cruzo mi mirada satisfecha y en paz con el rostro desencajado de la reportera que no puede parar de llorar.
One more kiss dear,
One more sigh
Only this, dear
It’s goodbye
For our love is such pain
And such
Caducidad
Si se había dedicado a la cartomancia en un programa nocturno de una cadena local de mala muerte era simplemente por diversión. Había pasado por numerosos trabajos a lo largo de su vida, pero este era sin lugar a dudas el más gratificante. Cobraba un sueldo miserable, pero no podía quejarse, la labor que desempeñaba era tan miserable como sus honorarios. Todavía le sorprendía la cantidad de personas que estaban dispuestas a pagar por recibir un pronóstico ambiguo e irreal sobre su porvenir más cercano. Él era un impostor más lucrándose en esta industria, pero con una sutil diferencia: era realmente capaz de ver el futuro.
No sabía si existían más personas con esta habilidad, y si las había, no le interesaba saberlo. Le ocurría como a aquellos que emigran a un país, se adaptan, y huyen de sus antiguos compatriotas. No sentía la necesidad de tener charlas místicas con nadie sobre el asunto. Podía hacerlo, y punto. Había nacido así. Se consideraba una especie de afectado por el síndrome de Savant, solo que en una modalidad única. Le gustaba pensar que se trataba de una especie de memoria futura. A través de una conversación con un individuo, podía ir estirando de los acontecimientos venideros poco a poco. Los veía con nitidez, no era como en el cine. Él no tenía shocks ni flashforwards, no era una experiencia traumática que lo dejaba extenuado ni mucho menos. Podía beberse una copa, fumar un cigarro y ver la televisión, y a la vez, llevar a cabo este rastreo. Tampoco sufría ni anhelaba ser una persona normal, ni buscaba explicación alguna a su don -siempre le había parecido una forma muy relamida de llamarlo, pero al fin y al cabo lo era-. No era un maldito, un alma torturada por el dolor en el universo, o un superhombre, de hecho era todo lo contrario a esto último. El funcionamiento de este sexto sentido tenía una serie de reglas por lo que había aprendido. Podía conocer el futuro a través de las experiencias de las personas con las que hablaba. Por lo general, avanzaba hasta un cierto punto, pero por aburrimiento. Las vidas de la gente a su alrededor no eran precisamente historias fantásticas y abrumadoras. En realidad, eran pura rutina: enfermedades, infidelidades, hastío, pequeñas alegrías, algún accidente, televisión, Internet, deudas, preocupaciones. Cuando se cansaba de monotonía, frenaba. Por supuesto, en alguna ocasión había trampeado un poco la realidad, ganando algún pequeño premio aquí y allá que le permitiese algunos caprichos, pero principalmente, su meta era sobrevivir y pasarlo bien, sin más pretensiones. Había fantaseado mucho con la posibilidad de toparse de pronto con la visión de su muerte, pero lo veía bastante improbable. No tenía amigos cercanos, ni familia, por lo tanto, ningún cerebro que fuese a acudir a su funeral. Por otra parte, tampoco estaba autorizado a ver su propio futuro, no podía analizarse a sí mismo, requería de otros. En fin, su mutación, poder, o lo que fuese, tenía ciertas limitaciones, pero disfrutaba con ello. Sabía que de contarle esto a alguien, tratarían de sacar provecho, y si alguien debía beneficiarse de esto era él mismo. Lo tenía fácil para saber si conseguiría algo con alguien en las pocas noches en que salía. Esto le ahorraba muchas invitaciones y chácharas superfluas.
Procrastinaba como todos a su alrededor; tenía pendiente alguna investigación en profundidad, quería probarse, y por qué no, saber qué ocurriría dentro de cien años aproximadamente; esta era la frontera de su conocimiento, nadie solía vivir más de un siglo. Para ello tendría que escuchar los balbuceos de algún bebé el tiempo suficiente, pero no era tarea sencilla, no tenía nadie de confianza a su alrededor con hijos recién nacidos, y no podía asaltar a unos padres en un parque y quedarse con ellos las horas suficientes para llevar a cabo su tarea. Corría el riesgo de ser tomado por un pederasta o un loco. Lo que nunca imaginó es que este trabajo de periodismo mental que planeaba, le sobrevendría sin esperarlo una noche de tantas de disfraz de pitoniso, mesa camilla y solitarios con cartas de tarot.
Las llamadas comenzaron pasada la medianoche. Una batería sinfín de personas crédulas y desesperadas que requerían de sus consejos. Había aprendido a ser uno más, era tan sencillo como repetir tópicos del tipo de: pronto aparecerá una persona en tu vida, tienes cuentas pendientes con alguien que tendrás que solucionar, vivirás una enfermedad que al final te hará más fuerte, veo una circunstancia que te traerá problemas pronto, atravesarás una crisis en el trabajo, un amigo te jugará una mala pasada que te servirá para saber en quién confiar, o el archi-manido, encontrarás el amor donde menos te lo esperas. Evidentemente, lo que veía en ellos podía coincidir con su pronóstico fraudulento, pero tampoco se esforzaba demasiado en que fuese fidedigno. Había podido comprobar que sus clientes se sugestionaban hasta tal punto que acababan perdiendo el criterio y se volvían incapaces de reconocer la mentira aunque fuese evidente y llevase un tocado ridículo y brillante. El atrezzo ayudaba a hacer sólida la ilusión: una pirámide con dios sabe qué propiedades mágicas, la mítica bola de cristal que no podía faltar en ningún plató-cuchitril de videncia telefónica, grimorios falsos que albergaban realmente recetarios de cocina, un mantel con imágenes de la Atlántida, y una iluminación generada con un poco de papel charol. La plantilla no era demasiado numerosa: un becario poco competente que se encargaba de la rotulación en pantalla y solía cometer algunos errores, un tele-operador alcoholizado que solo se encargaba de dar paso a las llamadas, y un productor que pasaba las horas en su despacho entre prostitutas y cocaína, supuestamente allí para supervisar que nadie se faltase a su deber. La realidad entre bambalinas era grotesca.
Todo sucedió bastante rápido. Al otro lado de la línea, una voz femenina, cansada y turbia, preguntó por un hombre al que estaba conociendo. Cuando se dispuso a lanzar una de sus verdades de manual, percibió algo, un destello, una intuición distinta que le detuvo. Le pidió que le diese más datos, cómo era él, dónde se habían conocido; todo lo posible para obtener algo más de tiempo. El becario interpretó este comportamiento inusual -generalmente despachaba a la gente sin interesarse demasiado por este tipo de anécdotas- como un derroche de profesionalidad, y le levantó un pulgar acompañado de una sonrisa socarrona. El túnel de acontecimientos en la mente de la mujer se convirtió en un torrente agitado de imágenes y voces. De fondo, escuchaba algo acerca de una feria, un hotel, un cincuentón y un restaurante en la playa, pero era simplemente un rumor al que no prestaba atención. Cambió de posición y se incorporó en el respaldo de su sillón; necesitaba estar cómodo para seguir estirando de todo aquello. Fue ganando velocidad, y fue entonces cuando comenzó el vértigo. Una ligera náusea inundó su paladar de sabor a bilis. Asentía con la cabeza de forma mecánica para incitar a su espectadora a seguir hablando, no podía detenerse ahora. Miraba las cartas y las mezclaba al azar, y continuaba recorriendo aquella espiral de sucesos. Se estaba alejando más que nunca, pero tenía un motivo de peso. Percibía algo extraño en todos los hechos que pasaban fugazmente, como si fuesen los preparativos para algo, algo grande, pero no sabía qué podía ser. Miles de personas desfilaron a lo largo de años que vendrían; cientos de experiencias, de traumas, de felicidades espurias, millones de llantos y carcajadas. Notó como una vena en su sien palpitaba frenética, había que bombear más sangre a la cabeza. Se estaba perdiendo a décadas de distancia, las conexiones entre acontecimientos eran cruces de caminos con multitud de alternativas entre las que debía elegir correctamente. Pero aquella vibración, aquello, guiaba su instinto como a un proyectil teledirigido. De pronto, sin ceremonias, llegó a su destino.
Cuando la voz femenina cesó, llevaba ya unos minutos fuera de ella. Le dio un par de consejos que no sentaron nada bien a su jefe, y fue despedido de inmediato con una señal inconfundible desde la puerta del plató. El tipo lo había escuchado todo y había corrido hasta allá en calzones para fulminarlo instantáneamente. El becario había quedado completamente estupefacto, y el tele-operador sencillamente se había desplomado sobre la mesa, pero no por su atrevimiento, sino por media botella de absenta. Se levantó con calma del trono astral de todo a cien, se quitó el disfraz de adivino, y se encendió un cigarro allí mismo. Mientras se iba, saludó de perfil a la cámara fija como quien se despide de un amigo al que sabe que no volverá a ver. Se dedicaría a ganar la lotería y a viajar, ya vería cómo lo conseguía. Tenía cuarenta y siete años todavía de plazo para pasarlo bien.
Scary monsters and nice sprites
[Para una mejor experiencia de lectura, poner de fondo la canción cuando aparece en el relato]
Si algo era capaz de acabar con la monotonía de los días y su insoportable carga era el misterio de todo aquello que ocurre a espaldas de la cotidianidad. Cruzaba las calles haciéndose una con las fachadas ennegrecidas por el humo de los incontables tubos de escape, que escupían su carga letal como armas de exterminio a fuego lento. Cuando caía la noche emergía de su escondite, un piso anodino en un bloque más flanqueando una gigantesca avenida, una de las venas corruptas del gran tumor metálico que era la ciudad. Esa mañana había recibido una invitación privada a una fiesta clandestina que se celebraba en algún lugar. Hacía diez minutos había recibido la confirmación, con la dirección del recinto. El remitente era un cúmulo de letras y números sin sentido.
El pequeño mapa que portaba consigo le llevó a un callejón en ele, muy típico -pensó-, pero allí no había ninguna puerta, ni tapa de alcantarilla que pudiese levantarse. Se encendió un cigarro y esperó a que llegase alguien más. El recodo del pasadizo le otorgaba cierta intimidad frente a las miradas del vecindario, con sus paseadores de perros, patrullas de ociosos y demás fauna habitual. Este tipo de eventos eran bastante frecuentes, había asistido a varios de ellos, generalmente poco publicitados para evitar interferencias de las autoridades locales, muy diligentes a la hora de boicotear todo lo que escapase a su férreo control. Guardaba buenos recuerdos de estas reuniones, le fascinaba la actitud del ser humano cuando se divierte sin ser juzgado; al margen de la desinhibición obvia provocada por las drogas y el alcohol, la música y su efecto místico, la sensación de protección y el anonimato liberaban a las personas, demostrando que no somos tan hostiles como se cree si se nos permite ser felices, aunque sea durante un breve periodo de tiempo.
El cigarro se terminaba de consumir en el suelo, y algunas ratas correteaban aquí y allá inquietas. Cuando ya estaba convencida de haberse equivocado de ubicación, comenzó a sentir una ligera trepidación que se filtraba desde una esquina. Apartó un par de cartones que reposaban en el vértice y descubrió una pequeña grieta, que se ensanchaba conforme se acercaba al suelo. Si aquella era la entrada, era la menos sugerente de las que había conocido. Afortunadamente, con unas cuantas contorsiones pudo atravesar el umbral, no sin antes magullarse varias zonas del cuerpo con los ladrillos rotos que parecían dientes. Recorrió unos cuantos metros hasta llegar a un punto en el que se abría un arco, antesala de unas escaleras que descendían aparentemente bajo uno de los edificios. El suave temblor que había percibido en la calle aumentaba a medida que avanzaba, y pronto se convirtió en la voz que esperaba oír. El último tramo era un pasaje que terminaba en un gran portón de madera, sobre el que brillaba un cartel de neón que prometía un concepto: Deus ex machina.
No necesitó la aprobación de nadie para entrar, simplemente abrió y pasó. Aquella cripta albergaba a unas trescientas personas; el espectáculo era maravilloso, los láseres rasgaban la noche artificial, iluminando fugazmente los rostros extáticos de la gente, que bailaba aquella música que jamás había escuchado. Todos parecían disfrutar de una euforia envidiable. No distinguió ninguna barra, ni baños, ni cabina. La estancia era un rectángulo con una bóveda como cubierta. El ambiente era de otra dimensión. A los pocos segundos se sorprendió a sí misma bailando. Nunca tardaba tan poco en soltarse, pero en aquel lugar se sentía acogida, parte de una gran familia. Alguien se acercó y la besó, no distinguió si un hombre o una mujer, y alguien tiró de ella hacia el centro de la sala; la alternancia de luz/oscuridad magnificaba el efecto de cambio a su alrededor, con cada parpadeo la situación era distinta, pero siempre, de fondo, la banda sonora de la evolución. Todo eran cabezas, caras y cuerpos, sudor; torsos en tensión y ropa abierta; y pelo, y melenas y movimiento. La vida y su movimiento perpetuo. Allí dentro estaba toda la alegría concentrada, arrebatada al exterior, un caldo de cultivo perfecto para el auge de una nueva sociedad. Cabía la posibilidad de que algún difusor estuviese arrojando alguna clase de sustancia a la atmósfera enclaustrada del local; si era así, lo agradecía. Se le había erizado el vello, sentía un cosquilleo por toda la piel, y sonreía, sobre todo sonreía. Abrazó entre saltos a algunos compañeros cercanos, les cogía la cara y se perdía en sus ojos en trance. Había un universo en cada uno de ellos.
Fuese lo que fuese lo que sonaba, era cada vez más intenso. Parecía tomar el control de todos los músculos; te obligaba a sentir el amor en un estadio superior, te forzaba a sentirte realizado, y no había resistencia posible. No existía el cansancio, a pesar del frenesí en que se encontraba inmersa, solo había placer, pero se atrevía a jurar que no era un efecto químico. Era algo distinto, era real. En un instante breve como la desintegración de un átomo, distinguió algo entre la masa. Al principió le pareció una alucinación visual, pero no lograba convencerse de ello. Lo que vio era, aunque le resultase absurdo, una figura humana, pero constituida por la convergencia de varios haces de luz. La música era cada vez más extrema, pero no era cuestión del volumen. La música se estaba apoderando de todo. Perdió de vista aquella cosa momentáneamente, pero la vio reaparecer en varios puntos, como un relámpago efímero e imposible. De pronto, alguien a su lado la cogió de la mano, apretándole con fuerza. Cuando se giró contempló con estupefacción como aquella persona se agitaba totalmente fuera de sí, habría pensado que convulsionaba de no ser porque lo hacía al ritmo de lo que sonaba. Esbozaba una mueca desencajada a mitad camino entre la alegría y la locura. Sus pupilas ocupaban todo el ojo, y relucían con un brillo electrónico y fantasmal. Se zafó de él como pudo para ver que lo mismo le estaba ocurriendo a todos los asistentes. Las articulaciones se luxaban en torsiones increíbles, y siempre ese halo en sus miradas perdidas. Un escalofrío recorrió su espina dorsal y una rigidez absoluta la embargó. Los brazos se estiraron hacia atrás, y su cabeza no podía parar de moverse arriba y abajo. La figura que había visto previamente aparecía y desaparecía cada vez con mayor frecuencia. De repente, un huracán sacudió el centro de la cripta y lanzó despedidos a todos los que se encontraban próximos a él, limpiando con una terrible onda expansiva varios metros desde el epicentro. En medio de aquel caos la presencia se volvió nítida. Un corro de enloquecidos bailarines se disponía en torno a ella a cierta distancia. Todo comenzó a orbitar al rededor de ese vórtice; aquel baile enfermizo era tan rápido que las siluetas se desdibujaban. De pronto, el ser proclamó su único mensaje, con una voz distorsionada y espantosamente neutra: I want to kill everybody in the world. A continuación, un estallido gigantesco pulverizó al entregado público.
[...]
En la sala no queda nada. Únicamente un minúsculo big crunch en el centro que se reduce hasta desaparecer en un último destello.











Rebelión
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