Estimado lector,

si tiene este libro en sus manos, es ya demasiado tarde para advertirle de que corre un serio peligro. Una vez abierta, esta antología ha iniciado un proceso irreversible, auspiciado por la combinación altamente combustible de poesía e ilustración, que culminará con una explosión atómica similar a aquella en que desembocó el Proyecto Manhattan. Alguien debió informarle de las consecuencias que implicaba adquirir y leer este compendio de voces medibles tan solo en megatones. A continuación, le describiré en que consistirá la reacción, y cuáles serán sus efectos secundarios.

La primera fase tiene lugar al zanjar la lectura de este prólogo, cuando voltee un par de páginas y se sumerja en un microcosmos en el que podrá descubrir quién mató a Liberty Valance, así como las instrucciones para bailar correctamente al ritmo de Joy Division. También encontrará un circo de magos de padre ausente y antipodismo azteca, un espectáculo que no puede perderse, que le conducirá a empujones a un número imposible de peonzas que bailan hasta que vuelve la gravedad, en medio de una gran sinfonía de cuerpos celestes. La secta del tacto y un galgo de mirada profunda y egipcia presentarán la segunda fase, no apta para los más impresionables.

Si a estas alturas todavía no ha perdido la noción del espacio-tiempo ni los prejuicios, una pornografía personal hará el resto. El escenario para esto será la Luna, usted podrá verlo todo desde la privacidad que solo puede ofrecer un cráter. Cuando sienta que arrecia la lluvia ortográfica, corra, corra sin mirar atrás o se convertirá en poeta; póngase a salvo entre Dostoievski y un marchito Pentium III. Siéntese y observe el cataclismo, devore toda la paz que pueda, evite la parada cardíaca, rete a un duelo de miradas a una joven cíclope y siga su camino a la tercera fase.

Una madre omnipresente será todas las mujeres que conoció, incluida esa que no tiene ojos en otoño entre hiedras y madreselvas. Ha llegado sin querer a  Müllner Haupstrasse, la calle de los suicidios, adornada con árboles negros y espejos a los que también llegan los llantos. Sienta el miedo rojo de ciudad, la dimensión oculta de toda urbe, y contemple en la distancia las Montañas de Aurelia. A las 06:08, será testigo del alba y su crimen, manifestado en una carta perdida en un banco, la correspondencia (todavía es madrugada) de Jean Paul a Dorogaia.

Llegados a este punto, sepa que este libro habrá consumido un tiempo que no se circunscribirá a las horas o minutos que le haya ocupado su lectura. La onda expansiva que se originó en primera instancia va a continuar ampliando su diámetro de forma indefinida, hasta que las fronteras entre creación y realidad se difuminen por completo en su cerebro. No podrá recordar el hecho de que previamente tal vez no conociese a estos autores. A partir de ahora serán cómplices íntimos, sus palabras resonarán en sus sienes como el eco del estallido de una supernova. Esta amnesia selectiva es completamente indolora; por el contrario, es probable que experimente un ligero y placentero cosquilleo en el córtex. Otros posibles síntomas de esta intoxicación por poesía pueden ser la excitación de la imaginación y un aumento significativo de las endorfinas en sangre. Si el impacto causado por la detonación fuese excesivo, póngase en contacto con Salvador Reyes, el artífice del experimento, quien con toda probabilidad le emplazará a nuevas ediciones del mismo.

[Este texto es el prólogo a la antología de poesía sevillana «La ciudad despierta» que saldrá próximamente.]

Imagen vía Zastavki.

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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1 comentario

  1. Ahora mismo pienso que el refugio de un no-poeta tras la sombra de Dostoievski no puede ser tan malo si consigo deshacerme del maldito (y marchito)pentiumIII que me acompaña desde que decidí convertirme en Raskolnikov

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