Mi obsesión comenzó de la manera en que terminan las mejores historias de amor; con la promesa del reencuentro, por dudoso que este resulte para los amantes que se separan y ven la vida como un tren en marcha en una estación añeja, uno de ellos con mirada lacónica en el andén y otro manteniendo la compostura desde una pequeña ventana. El primero sabe que ha perdido, el segundo tiene la ventaja de tener, al menos, un destino inmediato.

Viajábamos a través de una cordillera afilada como el espinazo de un muerto; en algún momento, algo hace que el suelo tiemble con un escalofrío, yo pierdo el equilibrio en un paso de especial dificultad, el viento sopla de pronto con la suficiente energía como para desestabilizarme levemente, mi bota pisa hielo, o una roca, y la nieve me ciega mientras ruedo sin control ladera abajo. A varias decenas de metros, logro frenar mi caída fatal con ayuda de un piolet. La montaña se corta de forma abrupta un poco más allá, has tenido suerte viejo, y veo a mis compañeros aliviados recortándose contra el cielo, como héroes de esos que perduran en el recuerdo de una fotografía quemada por el paso del tiempo. Y detrás de ellos, el gigantesco alud.

No me da tiempo a advertirles, el espectáculo es magnífico y quedo congelado por la belleza de la cara más terrible de la naturaleza. Una ola blanca desciende desde algún punto cercano a la cima engullendo todo el paisaje como un torbellino de cólera celestial. No se dan cuenta de nada hasta que son arrollados y desaparecen en las entrañas del manto. Una lágrima recorre mi rostro cuando soy alcanzado yo también. Una lágrima que consigue alcanzar mi boca que sonríe conmocionada por la fantasía del momento. De repente, el silencio.

De algún modo consigo nacer a la superficie, boqueando casi asfixiado y con los ojos enrojecidos por el agua. Aleteo como un pájaro que cae al océano y trata de zafarse de la trampa acuática. Me tiendo sobre la nieve de lado, y entonces, la segunda ola. Pero esta es distinta, no es caótica como la primera, con todas sus explosiones al toparse con obstáculos. Esta avanza hacia mí como la onda que acompaña a la orca que se lanza a la orilla para atrapar a un león marino. Todavía me asombro al recordar la exhibición de reflejos que permitió que ahora esté escribiendo esto. Pocos segundos antes del impacto, una boca colosal emerge, y en sus extremos dos ojos, rasgados y fríos como dos balas de plomo en el pecho. En el último instante, me incorporo y salto, me alzo hacia el cielo a cámara lenta, y milagrosamente, aquella cosa falla. Desde el aire veo pasar su cabeza a escasos centímetros de mi cuerpo, que levita horizontalmente como una pluma antes de caer y rodar sobre el lomo del ser antes de que este se zambulla, porque eso pensé que hacía, y se esfume en mitad de ninguna parte. Lo siguiente que veo es el cielo, el Sol y las montañas, un tribunal de sabios que calla y oculta; como si no supiesen quiénes son sus hijos. Como si jamás fuesen a revelarme lo ocurrido.

El rescate llegó de manos de una patrulla de salvamento que acudió al ver el deslizamiento; sabían que estábamos allá porque nos los habíamos encontrado al comienzo del ascenso. Me preguntaron en otro idioma por mis compañeros, y les dije que ya no existían. Que los atrapó el alud y que se habrían asfixiado. No encontraron los cadáveres, evidentemente, y el incidente quedó archivado como una tragedia más dentro del mundo del alpinismo. Al regresar a mi hogar, me aventuré en una búsqueda frenética de datos y casos similares al nuestro; desapariciones en la montaña a causa de aludes tras los que nunca se hubiesen recuperado los cuerpos. Horas interminables de hemeroteca rastreando la prensa de décadas atrás hasta la actualidad. Viajes a medio mundo que por fortuna pude permitirme gastando mi fondo privado de pensiones. No creí que fuese a necesitarlo. Tres años después, los datos eran concluyentes: estos accidentes se habían producido por todo el planeta, pero se concentraban en varios puntos del globo, algunos de ellos alejados a miles de quilómetros. Media docena de enclaves con una leyenda negra y siniestra. No podía ser casualidad.

Haciendo acopio del capital que todavía me quedaba, organicé una expedición digna de las mejores aventuras de la literatura, una ruta que atravesaría varios países, y pasaría por todas aquellas cimas y regiones que eran un avispero de alfileres en el mapa colgado en la pared de mi despacho. Como acompañantes, una pareja de biólogos seducidos por la posibilidad de estampar su nombre en los catálogos de especies, acaso por algún nuevo artrópodo minúsculo e irrelevante; un parapsicólogo con una teoría descabellada sobre la llamada de lo salvaje que había leído demasiado a Lovecraft; un par de montañeros famosos por haber pulverizado varios récords de subidas sin oxígeno, expertos en situaciones límite; una periodista con formación en escalada que contactó conmigo al enterarse de la aventura y que deseaba escribir un libro-reportaje sobre todo lo que viviese; y un cazador ansioso por abatir algún leopardo de las nieves que creía en el mito del Yeti. Todos ellos fascinados por la posibilidad de ver cumplidos sus sueños adolescentes sin tener que invertir ni una moneda. Un equipo de ingenuos ilusionados que han mordido el anzuelo de la supuesta última locura de un viejo millonario que desea sentirse vivo de nuevo, financiando los proyectos de unos cuantos desconocidos. Demasiado tentador para decir que no, demasiado bello par ser cierto.

Ahora estamos terminando el medio año de entrenamiento que nos mantendrá con vida cuando zarpemos rumbo al enigma. Se ha incorporado al equipo un sherpa sombrío y adusto que parece sospechar eternamente de mí. Si bien requiero de las habilidades de los otros para determinadas funciones, el nepalí es el más necesario de todos; posee una orientación sobrenatural en cualquier tipo de condiciones: día, noche o en mitad de una ventisca. Será nuestra brújula humana cuando nos adentremos en las profundidades más elevadas que haya conocido el hombre.

Los dos primeros meses han transcurrido sin problemas de importancia, hemos investigado los tres primeros puntos de forma exhaustiva; cada uno dedicándose a lo suyo: los biólogos realizaron algunos hallazgos relacionados con la fauna de ecosistemas especialmente adversos; la periodista rellena páginas y páginas de su bitácora de viaje que acompaña con un sinfín de fotografías; el parapsicólogo, excéntrico pero amable, toma notas y entrevista a los habitantes de las zonas más inhóspitas -si estaba en la expedición Queequeg era por su increíble dominio de casi veinte lenguas y dialectos-. El grupo, cansado pero feliz, resiste los tormentos que en ocasiones nos inflige la meteorología, que no parece estar de acuerdo con nuestra presencia. No puedo evitar sentir el recelo de las aristas en las que silba el viento cuando todos duermen, aullando y emitiendo sonidos que pocos oídos habrán escuchado, instándome a abandonar y volver a casa. Pero el coraje de un demente invade mis músculos y huesos maltrechos por el crimen de la vejez.

Han pasado cinco meses y todavía no he obtenido resultados. No obstante, consigo mantener mi espíritu sereno, sé que en algún momento tiene que llegar el encuentro. No tengo planes para el momento, no sé qué les diré si tengo éxito y podemos contarlo. Escribo este diario únicamente para dejar constancia de mi propósito a las generaciones que vendrán. El sherpa fuma en solitario alejado de nosotros. No comparte nada salvo su presencia desconcertante, vive por su cuenta hasta que nos ponemos en marcha. Se han producido algunos roces, pero han sido solucionados rápidamente. Uno de los montañeros se ha retirado tras sufrir un accidente que le ha fracturado las piernas de una forma horrible. El cazador se distrae disparando a pequeños animales que se acercan al anochecer, un coro de pupilas encendidas que nos vigilan desde las hendiduras húmedas de la roca desnuda. Nuestro traductor ha recopilado ciertas historias de la población local acerca de una entidad del hielo que se alimentaba de almas perdidas en las alturas que erróneamente ha interpretado como sustento para su tesis. No tenemos ninguna clase de problemas de abastecimiento, los campamentos base reciben provisiones y repuestos de material periódicamente. Solo resta esperar, pese a que los segundos se me antojen intervalos demasiado extensos.

La exploración de la quinta zona se ha saldado con un balance desastroso. Una tormenta repentina asoló el campamento base y acabó con la vida del segundo alpinista, que se precipitó al abismo mientras trataba de volver hacia las tiendas. Todos salvo el sherpa han quedado afectados por la pérdida. Llegué a temer que se retirasen, pero la ambición es un sentimiento capaz de plantar cara al miedo. Lo sé de buena tinta. La montaña exige sacrificios a cambio de revelar sus secretos, y no somos nadie para negárselos. Les he prometido una cantidad que no poseo si finalizan la aventura. Nos encontramos en la última región, aquí se decidirá todo. A partir de ahora escribiré más a menudo, quiero dejar constancia del máximo número de detalles de lo que nos suceda de aquí en adelante. Tengo un pálpito que no he sentido con anterioridad, este será el escenario.

Parece que no me equivocaba del todo. Un gemido aterroriza a mi equipo todas las noches, una voz que parece provenir de las entrañas mismas de la tierra. Resuena desde las grietas, como un latido que se agita cada vez más. Nadie lo sabe, pero ya no existe comunicación alguna con la civilización. He dado indicaciones erróneas a los encargados de los suministros. Previamente, me he asegurado de disponer de suficientes reservas para aguantar un par de meses. Si tratan de rescatarnos, pensarán que hemos sido sepultados por una avalancha y acabarán desistiendo en la búsqueda. Siempre es así. Intento infundir calma a los miembros del equipo, les digo que esos ruidos son simplemente producto del eco, reverberaciones caprichosas que confunden con alaridos. Que no hay nada que temer, que no pierdan el tiempo con terrores infantiles y que sigan realizando sus sueños, que esta es una oportunidad que jamás volverán a tener.

La noche se está cerrando como un cepo sobre nosotros. El Sol nos abandona lentamente, y el cielo es una amalgama de colores fríos y místicos. Nuestro campamento está en una superficie llana que precede a una rampa que asciende hasta una repisa desde la que se sube con una dificultad extrema hasta la cúspide. El cazador ha creído ver a su ansiado abominable hombre de las nieves allá y ahora mismo está solo en lo más alto del tobogán. Los biólogos han ido tras él, y son ahora dos diminutas manchas oscuras en mitad de la nieve. La joven periodista observa desde el exterior de mi tienda con unos prismáticos. Del sherpa solo queda el rastro de sus pisadas alejándose del perímetro de seguridad. El parapsicólogo acaba de salir de su tienda y acompaña a la chica. Y al fin, un temblor. Es suave, pero he podido percibirlo. Nos llega el sonido del grito del cazador cuando el suelo que pisa se desliza y le hace desplomarse. He dejado la puerta abierta para contemplar el episodio final. La marcha del fugitivo no ha hecho más que confirmar mi presagio. Los biólogos se han dejado caer por la pendiente, ruedan a toda velocidad hasta que un relieve los lanza volando por los aires. Todo a mi alrededor se ralentiza. Los gritos de mis acompañantes se ahogan cuando el alud se abre y de él sale proyectada la criatura más pura que se pueda imaginar; su boca como una gruta se abre y atrapa a los científicos antes de que puedan entender que sus vidas acaban de llegar a su fin, para aterrizar de nuevo sobre la ola y mezclarse con ella. Ahora vuelven los gritos mientras vemos el serpenteo en la onda. Todos huyen despavoridos, como si quisiesen evitar el desenlace. No entienden que no tiene sentido tratar de escapar de un final tan perfecto, para en el caso de conseguirlo, morir en una cama por culpa de un virus despreciable e invisible. Una canción acude a mi cabeza cuando cruzo mi mirada satisfecha y en paz con el rostro desencajado de la reportera que no puede parar de llorar.

One more kiss dear,

One more sigh

Only this, dear

It’s goodbye

For our love is such pain

And such

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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8 comentarios

  1. Me gusta el hielo, la nieve, la montaña como escenario para un relato de ciencia a ficción. Inevitablemente pienso en The Thing de John Carpenter, peliculón 🙂

  2. Cordillera afilada como el espinazo de un muerto
    Torbellino de cólera celestial.
    Rasgados y fríos como dos balas de plomo en el pecho.
    ..invade mis músculos y huesos maltrechos por el crimen de la vejez.

    Debería ser obligatorio que los poetas os prodigaseis más en el relato.
    Me ha parecido sublime.
    Escribo el comentario a golpe de nota de tu canción, asì que sólo me da tiempo a decir: enhorabuena!

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