Documento anónimo hallado en Gandia

Prado 25, Gandia 22/01/2011

Nos dimos cuenta de la gravedad de la situación al ver la vibración del vaso y su efecto en el líquido que contenía. El local estaba a oscuras, sólo unos pocos nos resguardábamos en el interior, expectantes, tratábamos de no pensar en el ejército de seres que se aproximaba a paso lento pero seguro. Alguien rompió el silencio con un alarido. ¡No aguanto más joder! Tras el grito de desesperación, el pobre desgraciado abrió la puerta y salió corriendo, deslumbrándonos a todos la luz del exterior en la que se recortaba una silueta entintada de hambre y desolación. Nunca regresó.

Esperamos dos horas hasta que se produjo el ataque. Nunca sabremos qué lo desencadenó. Tal vez esas criaturas tuviesen sus sentidos más desarrollados de lo que creímos. Primero fue un golpe en la entrada. En cinco minutos, nos tapábamos los oídos aterrorizados. Un par de niños lloraban. Se escuchaba el chirriar de los dientes, se percibía el desagradable hedor del horror. Un crujido, y tras él, una masa de extremidades y piel tumefacta invadía el pub como un cáncer. Uno de los tipos que estaba allí, presumiblemente editor, a juzgar por sus comentarios, maldecía en algún idioma incomprensible, y en perfecto castellano exclamaba: ¡Los libros! ¿Es que nadie piensa en los libros? El insensato se abalanzó sobre la mesa donde estaban los ejemplares del título que se iba a presentar en un absurdo intento de salvarlos de la devastación. Fue el primero en sucumbir. Asomado desde mi escondite pude ver su rostro descompuesto que gemía con un hilo de voz: La marea muerta… Ha llegado la marea muertaDespués, su voz quedó silenciada por las dentelladas.

La irracionalidad más absoluta reinó por unos escasos veinte minutos. La gente corría y trataba de zafarse de la presa letal de aquellos seres lobotomizados y temibles. Uno tras otro fueron cayendo como alimañas silvestres en el cepo de un trampero. Mi pareja, que estaba capturando instantáneas que merecerían el Pulitzer por lo extraordinario de los hechos; y yo, en una de las mejores decisiones de nuestra vida, consensuamos, ante tal espectáculo, mantenernos en nuestra posición, agachados tras la barra del bar. La sangre y los crujidos de huesos acompañaban a modo de grotesca banda sonora lo que allí acontecía. Sin embargo, esas parodias de ser humano parecían no tener interés alguno en la carne de sus víctimas, contrariando al imaginario popular. Buscaban otra cosa. Una vez deshechos todos los allí presentes a excepción de nosotros, pusieron su oscura atención en su verdadero objetivo, los libros que el desdichado editor había tratado de proteger en vano. Uno a uno fueron desapareciendo todos los ejemplares hasta que no quedó ninguno. A continuación, superando definitivamente todo pronóstico acerca de sus capacidades mentales, apresaron al autor de la obra en cuestión y lo obligaron a firmar todos sus trofeos, para mutilarlo horriblemente una vez concluida la última de las dedicatorias. Tras esto, con una calma propia de la Santa Compaña, las abominaciones abandonaron el recinto y se perdieron para siempre, retornando a sus húmedas y putrefactas guaridas, para aletargarse hasta que se abriese de nuevo la veda, llegase ésta cuando llegase. Cuando corroboramos que no quedaba ya nadie (vivo), suspiramos, nos abrazamos entre llantos y risas histéricas de alegría y salimos corriendo.

Justo antes de cruzar la salida, un quejido lastimero hizo que volviésemos la vista atrás. En la oscuridad, una figura humana se incorporaba mediante la única pierna que le quedaba. Si bien las sombras dificultaban ver de forma nítida, distinguimos la chaqueta negra del escritor parcialmente descuartizado. No sabría decir si gruñía o mascullaba palabras a duras penas. En cuanto salimos, atrancamos la puerta con una vara de metal y huimos para siempre. Nos han llegado rumores sobre hojas escritas con sangre que se deslizan bajo la puerta del local. En todas, un único nombre: Anna.

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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