Puesta al día: bostezos, premios, risas y mordiscos caníbales

Es un hecho que en los últimos tiempos las redes sociales se han apropiado ciertas funciones que antes tenía el blog en mi vida, de ahí que lo actualice con menor frecuencia. Lo cual, por supuesto, no quiere decir que este vaya a ser abandonado, ni muchísimo menos. Simplemente, el contenido que requiere de una mayor inmediatez, va a parar a Facebook, por ejemplo, mientras que aquel que precisa de un mayor reposo encuentra su lugar aquí.

Con este post quiero hacer un breve repaso a varios asuntos que me han llenado de ilusión en los últimos meses, como mi participación en los Premios de la Crítica Literaria Valenciana como jurado en la modalidad de narrativa, un privilegio inmenso que me ha supuesto una felicidad difícil de explicar. Qué experiencia tan maravillosa, qué cantidad de gente fantástica pude conocer. Qué oportunidad.

Otro gran momento de los últimos meses ha sido sin duda participar en el último número de la revista Canibaal, sobre carne y metaliteratura, con un texto al que he llamado Postcorporeidad y que podéis leer haciéndoos con esta estupenda publicación.

revista canibaal

edu almiñana

Por supuesto, también he disfrutado una barbaridad entrando en directo en Alma de León, de Radio 3, para hablar con el gran Miguel Caamaño sobre Breve historia de siete asesinatos, uno de los libros más completos, adictivos y épicos que he leído. Puedes escuchar la entrevista aquí o leer mi artículo sobre el libro para Cultur Plaza en este otro enlace.

Para terminar, quiero recordar las risas que nos echamos recientemente en el IVAM a propósito del taller organizado por la revista Bostezo, El humor en tiempos de cólera. Tras las risas, llegaron las conclusiones, que se publicarán en el próximo número. Con esto me despido hasta el próximo post, ¡nos vemos/leemos/escuchamos!

taller humor revista Bostezo

Mundos subterráneos, vory v zakone, islas remotas y entrelazamientos cuánticos

En las últimas semanas he tocado palos muy distintos en lo que a libros se refiere. De mano de La Felguera Editores recorrí los confines más profundos de nuestros planeta, con Juan Gómez-Jurado tuve que correr ante tipos tatuados del Este con muy, muy malas intenciones. Judith Schalansky me llevó en su barco mental a descubrir islas que ni soñarías con que existen. Hoy Elio Quiroga me ha abierto los ojos a realidades que antes pensaba imposibles.

¿Quieres leer un libro y no sabes cuál? Aquí van mis últimas recomendaciones literarias. Haz clic en la imagen para ir a mi artículo en Cultur Plaza, su medio original. ¡Disfruta y comparte!

Mundos subterráneos La Felguera

Cicatriz Juan Gómez-Jurado

Atlas de islas remotas

Los que sueñan

Star Wars: filosofía rebelde para una galaxia no tan lejana

Star Wars: Filosofía rebelde

¿Crees que lo sabes todo sobre Star Wars? O por el contrario, ¿crees que no sabes nada? En ambos casos saldrás ganando si lees esta fantástica recopilación de ensayos de filosofía rebelde sobre la saga. ¿Por qué los soldados del Imperio son todos humanos, hombres y blancos en una galaxia repleta de razas distintas? ¿Por qué Jar Jar Binks recuerda al cómico negro Stepin Fetchit? ¿Por qué los jedis pasan de ‘defensores de la paz’ solitarios y místicos a soldados de élite de una institución rígida e intransigente que monopoliza la Fuerza? Tengo todas las respuestas en mi artículo para Cultur Plaza sobre este libro de errata naturae, del que adjunto un fragmento y que puedes leer completo, clicando aquí. 

“Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, un solo individuo podía poner en jaque a un imperio galáctico confiando en su fe en una fuerza invisible que emanaba de todos los individuos vivos. Esta fuerza, la Fuerza, era una energía mística, misteriosa, que confería un enorme poder a aquellos capaces de fundirse con ella desaprendiendo todo lo aprendido y vaciando la mente de prejuicios. Hace todavía más tiempo, sin embargo, esa misma fuerza, la Fuerza, era una entidad con voluntad a la que se accedía a través de los midiclorianos, unas enigmáticas formas de vida que de alguna manera, servían de canal de comunicación. Cuanto mayor número era el número de midiclorianos en sangre de un individuo, mayor su capacidad para comunicarse con la Fuerza. Entonces no bastaba con creer: había que haber nacido para ello. En caso contrario, a otra cosa; hasta nunca, Academia Jedi o Lado Oscuro.

La Fuerza que conocimos primero, la más reciente según la cronología de la saga, era tremendamente democrática; casi cualquier ser vivo podía sentirla si entendía cómo, pese a que siempre existían individuos especialmente sensibles con la facultad de lograr grandes proezas mediante su control. El fenómeno explicable científicamente, el que podía ser medido en un laboratorio que conocimos después, no era más que un azar genético, una mutación, o en el más chirriante de los casos, una herencia. Para colmo, si bien la Fuerza mágica y espiritual se apoyaba en un firme y convencido individualismo rebelde, la Fuerza de probeta exigía seguir unas normas férreas codificadas en los manuales de una institución poco dada a la flexibilidad. Lo que el Consejo Jedi decide, va a misa y punto. Porque la desobediencia lleva al Lado Oscuro. Hereje”.

Premios Herralde de Novela: El instante de peligro y Farándula

El instante de peligro

¿No sabes qué leer? Confía en el criterio del jurado del Premio Herralde de Novela: las dos historias que se han llevado el gato al agua este año son realmente buenas. Tanto el finalista El instante de peligro, de Miguel Ángel Hernández, como Farándula, la obra ganadora de Marta Sanz, son estupendas lecturas. Adjunto fragmentos de los artículos que he escrito sobre ambos; si queréis, podéis leerlos completos clicando aquí para el libro finalista y aquí para el ganador de este año.

“Cuando Martín fue becario en el Clark Art Institute de Williamstown -Massachusetts-, aún creía en el arte y en la posibilidad de provocar el cambio mediante las humanidades. Entonces todavía era una promesa del mundo académico a la que le habían extendido un cheque de confianza que tendría que devolver simplemente cumpliendo con lo que se esperaba de él. Martín solo tenía que dar a cambio la satisfacción de unas expectativas, aportar su grano de arena al gran conocimiento colectivo. Materializar aquella inquietud, aquel afán de sabueso de la cultura que en teoría le había hecho desplazarse más allá de un océano hasta la tierra de las oportunidades. Pero no lo hizo.

Tampoco respetó las reglas del juego a su vuelta: uno de los mandamientos decía que nada de alumnas. Lo incumplió. Otro, que no valía con disfrutar de la plaza de profesor interino y aprovecharla para desarrollarse por un camino distinto al señalizado. Novelas, artículos de opinión, reseñas de libros… El sistema no requería eso de él; el sistema pedía asistir a congresos, publicar en revistas de impacto, editar material docente, rellenar papeles, encuestas, formularios. Sin embargo Martín no le había proporcionado al sistema nada de lo que este quería, y ahora el sistema lo evacuaba y lo despojaba de todo, de todo lo poco que le quedaba tras haber arruinado también su vida conyugal. No tenía nada. Nada, hasta que entró aquel correo de la artista Anna Morelli y sus extrañas películas warholianas encontradas: un bosque, un muro, una sombra. Un enigma”.

“A Valeria Falcón deben haberla engañado toda su vida porque llegados a este punto de su carrera teatral, no le queda más remedio que asumir que no sabe nada. ¿Qué es el éxito? Siempre le dijeron que la entrega y la dignidad con la que uno desempeñaba su trabajo. Pero la verdad es que ahora, compartiendo escenario con una joven actriz que es a la vez fenómeno televisivo por un reality de esos que ayudan a encontrar pareja e invisibilizada completamente por ella, ya no tiene claro qué creer. El teatro ha cambiado tanto. Frente a ella, que dispone de toda una dinastía a sus espaldas, un público al que no puede reconocer. El público ha cambiado especialmente, el público no entiende la profundidad de la adaptación de All About Eve que acaban de llevar a cabo ni tampoco la declaración de intenciones que supone hacer el camino a la inversa: del cine al teatro, en lugar de al revés.

No. Toda esa gente que vitorea, silba y hace fotografías con sus smartphones a la joven promesa de la pequeña pantalla cuando aparece, le es terriblemente ajena. El gancho de la producción, finalmente, no ha sido ni su apellido -Falcón, de los falcones que llevan en estos menesteres tanto tiempo-, ni la acertada adaptación del guión de Mankiewicz. Valeria es una sombra del set, un elemento de atrezzo más entre toda la escenografía. El futuro ha llegado demasiado rápido, ¿qué lugar corresponde ahora a los de siempre? Incluso: ¿qué es el teatro? Pensándolo bien, parece que la vieja gloria Ana Urrutia -que para el mundo tenía más ahora de lo primero, de vieja, que de lo segundo- lo sabía con certeza desde hacía años. Ella que tanto vivió, fumó, discrepó, consumió, mordió, abrasó, folló y maldijo, aseguraba que el teatro eran los empresarios, la taquilla y escribir -parafraseando a Lope- “por el arte que inventaron / los que el vulgar aplauso pretendieron, / porque como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto”. Sin embargo Valeria, con tantos gustos y disgustos a sus espaldas, con tantos hitos en su currículum de artista, seguía sintiendo un profundo respeto por su profesión. Aunque ya no reconociese sus límites”.

Der Klang der Familie, biblia del techno berlinés

Der Klang der Familie

Alpha Decay tiene un gusto espectacular para configurar su catálogo. Haber publicado Der Klang der Familie, es un ejemplo de ello. Casi un libro de historia enfocado en las venturas y desventuras del techno tras su llegada a un Berlín con un muro que empezaba a resquebrajarse, esta obra es una buena oportunidad para entender de dónde venimos a nivel electrónico-musical y también, hacia dónde vamos. A continuación, un fragmento del artículo que he escrito para Cultur Plaza a propósito de esta edición y que puedes leer aquí.

“Breakdancers de Alexanderplatz, hooligans, gays de Schöneberg, punks del Este, soldados británicos de permiso, expatriados estadounidenses, okupas de Kreuzberg, estudiantes, artistas. A la familia que se reunió tras abrirse las fronteras no le unían lazos sanguíneos, sino sentimentales. Musicales. El techno había cruzado el océano emigrando desde Detroit -ciudad que lo vio nacer pero que lo dio en adopción mostrando poco interés respecto a su futuro- y casi sin querer aterrizó en una ciudad no demasiado alejada estéticamente de la deprimida capital del motor. Berlín era gris en apariencia, pero tenía el afán de sacudirse de encima el polvo de la historia reciente. Aquella música futurista hecha en la mayoría de ocasiones con pocos medios encajaba perfectamente con lo que la juventud pedía a gritos desde hacía décadas: libertad.

De pronto, todo el mundo podía componer. El techno era una especie de punk sacado de una máquina: ruidoso, exaltado, explosivo. La autoridad del productor o del DJ no tenía sentido, la estrella era la fiesta. La esencia era la comunión. Alcanzar el éxtasis, la única meta posible. Con la apertura, la parte oriental de la ciudad había quedado despoblada, lo que ofrecía todavía más alicientes para la escena electrónica; uno podía simplemente llegar a un edificio, pegar una patada a la puerta y descubrir ante sí un inmenso espacio en el que instalarse o en el que celebrar una fiesta clandestina. Era un momento en el que los límites los ponía realmente la imaginación de cada uno. Búnkeres, fábricas, almacenes. Todo estaba ahí, solo había que cogerlo. Y lo cogieron”.

Instrumental, de James Rhodes: maravilla literaria para piano

Instrumental, de James Rhodes

Lo que ha hecho James Rhodes en Instrumental (Blackie Books, 2015) es, metafóricamente hablando, abrirse en canal y poner unas luces de neón señalando hacia el espectáculo. Un increíble ejercicio de exhibicionismo emocional que deja con la boca abierta y la mente dolorida. No obstante, no todo son contusiones, también hay humor, un agradable cinismo y mucha belleza. Adjunto un fragmento del artículo que he escrito sobre su libro para Cultur Plaza, si quieres leerlo entero, puedes hacerlo clicando aquí.

Leer la autobiografía de alguien de cuarenta años a quien todavía deberían quedarle bastantes cosas por vivir y contar, es algo poco habitual. Pero Rhodes es muy consciente de que solo dos malas semanas le separan aún hoy de la catástrofe, de la reclusión y tal vez, de la muerte, y esta era una buena ocasión para llamar a las cosas por su nombre. Para empezar, nada de abusos: “Abusar es tratar mal a alguien. Que un hombre de cuarenta años le meta la polla por el culo y a la fuerza a un niño de seis años no se puede considerar abuso. Es muchísimo más que un abuso”. Uf. No estamos acostumbrados a a que nos cuenten estas tragedias con tantos detalles como se dan en el libro.

Para continuar, una absoluta sinceridad respecto a él mismo, pero no de ese tipo que busca una respuesta alimentaegos tipo no, qué va, que no eres así, hombre, sino de esa que te deja realmente en muy mal lugar: “Me odio, tengo demasiados tics, suelo decir lo que menos me conviene, me rasco el culo cuando no toca (y luego me olisqueo los dedos), no me puedo mirar al espejo sin que me entren ganas de morirme. Soy un imbécil vanidoso, egocéntrico, superficial, narcisista, manipulador, degenerado, pelota, quejica, lleno de carencias, con tendencia al exceso, agresivo, frío y autodestructivo”.