Su turno, de Javier Sahuquillo

Serie Ibsen de teatro en Editorial Cocó

Pese a que Editorial Cocó cuenta ya con más de cinco años de historia, todavía tenemos margen de maniobra para iniciar nuevas aventuras editoriales. En este caso, la novedad es nuestra serie de teatro Ibsen, que acaba de arrancar con Su turno, de Javier Sahuquillo y Carmen Jiménez. Esta comedia sacra muestra a un difunto Carlos de Foucauld a las puertas de un cielo, que desde luego no será el paraíso que esperaba. La obra fue estrenada con gran éxito, y esta edición ha sido distribuida por países de todo el globo.

El eje de la serie será el mismo que el de la editorial, apostar por autores actuales, a los cuales puedes conocer en una presentación, además de seguir su trayectoria y sus nuevos trabajos. No revelaremos de momento los nombres de estos autores que pronto serán publicados, porque queremos que sea una sorpresa, pero podemos adelantar que algunos de ellos son muy, muy conocidos. Esperamos que la colección reciba una buena acogida, porque la verdad es que estamos volcados y deseosos de que se convierta en una referencia para todos los amantes del teatro. A continuación, fotos y vídeo de la presentación que llevamos a cabo en Kaf café. ¡Mucha mierda!

Su turno, de Javier Sahuquillo

Su turno, de Javier Sahuquillo.

Javier Sahuquillo.

Javier Sahuquillo.

Su turno, de Javier Sahuquillo.

Javier Sahuquillo.

Ukränia, laboratorio de anagnórisis teatral

Tengo el placer de presentarles una revista que es más que una revista. Les presento una nación imaginada en papel. Editada por Teatre del Sense Trellat y Editorial Cocó, y diseñada y maquetada por un servidor, Ukränia se define desde sus primeras páginas. A continuación el editorial, y al final, para abrir boca, las portadas:

Azules y gualdas ondean las banderas de territorios fronterizos entre lo real y lo imaginario, surrealistas banderas que se pliegan y despliegan sin necesidad del viento que sopla por Poniente o Tramontana. Wagneriano inicio para llegar a preguntarnos ¿Por qué colgar trapos en mástiles y prometerles atroz adoración? Porque ni los espacios imaginados pueden, a veces, sobrepasar realidades impuestas por un pasado omnipresente que se aferra al corazón de los habitantes de los países que se encuentran limítrofes a la razón.

El territorio que poblamos, y en el que invitamos al lector a domiciliarse, es la frontera de la frontera, valga la redundancia. Es un terruño pintado por múltiples colores o en blanco y negro según el daltonismo de aquellos que se atrevan a observar las playas descuidadas de una costa que hace frontera con un mar que representa el vacío; el vacío insondable de la existencia humana. ¿Bañarse? A nadie le gusta mojar su piel con agua demasiado salada y menos si el líquido elemento puede devorar tú única y verdadera posesión, con la que naces y, con la que a duras penas, mueres: tu yo interior, tu alma, tu… llámenlo como quieran, obvien, por una vez, el significante que supone una palabra y déjense arrastrar por el significado eterno del mismo.

Nuestro país es un enorme laboratorio cargado de un utillaje quirúrgico a disposición de todos sus ciudadanos. Los teatros abren las veinticuatro horas y se han convertido en los templos de una religión que, aunque nunca fue oficial, manifestó su voluntad absoluta, como toda religión que se precie, de mantener un plurilingüismo voraz. Voraz, como el vacío que baña las playas del interior, de nuestro interior, de su interior.

Nuestros gobernantes no reclaman el control efectivo de territorio alguno, al menos de territorio físico, a pesar de ello, para mostrarse solidarios con el resto del mundo, han decidido adoptar el nombre de un país, o al menos su cáscara, para no resultar grotescos a los ojos de los demás, pero no por ello, existe reivindicación física de acres de tierra, eso sí, la voluntad imperialista es clara, nuestros gobernantes aspiran a dominar el espacio mental que se establece entre toda comunidad imaginada que se piensa igual en el fondo de su ser, nosotros, los mortales, tendemos a establecer lazos invisibles entre nuestros allegados. Esos lazos, esas conexiones, ese acceso a un yo que no todo el mundo es capaz de ver, acariciar, paladear e insultar es el espacio de expansión de nuestro Estado, es nuestra colonia natural y no se piensa renunciar a ella.

Nuestro amigo lector se preguntará, ¿por qué un país eslavo? Tal vez por cómo derivó el gentilicio en el sustantivo esclavo. Somos esclavos atados de pies y manos en un territorio, que a pesar de ser el nuestro, se nos muestra del todo hostil. Eslavo tal vez porque a los gobernantes de nuestro nuevo país, imaginado o imaginario, no se les ocurrió otra tontería mayor que adoptar el paneslavismo como doctrina dominante, ¿absurdo? No tanto como introducir una K y una diéresis innecesaria. La K se la debemos a toda una tradición literaria y audiovisual que ha afectado a los primeros habitantes de este Estado hasta tal punto de ionesquizarlos, buñuelizarlos, jardielizarlos de una forma tan beckettiana y esperpéntica que ni el propio Sinisterra sería capaz de reconocer el bombín de un Charlotte que habla con acento de Sussex. La diéresis aparece porque, incapaces de renunciar a sus raíces, a esos arrels que muchos se han empecinado en conservar en formol, quieren devolver la vitalidad a ese elemento del lenguaje tan suyo y tan propio de aquellas lenguas occitanas, con la egoísta intención de poder degustar esos dos puntos sobre vocal de una forma incomprensible para los que no cotizan en una bolsa lingüística, que desde fuera, puede parecer a la baja.

Bienvenidos a nuestra república ukräinita de librepensamiento e inevitable anagnórisis teatral, donde no existen pasaportes, sólo está prohibido prohibir, los algodones de azúcar no se pegan a tu paladar y donde probablemente nunca querrán expedir un billete de vuelta a la realidad.

Les deseamos una feliz estancia.

Próximamente la presentaremos, iremos informando.



Sahuquillismo ilustrado

Hoy he dado mi primera clase en la Universidad, invitado por mi amigo, dramaturgo y profesor, Javier Sahuquillo. Espero que no sea la última, porque la experiencia ha sido magnífica. Una hora entera de Generación Beat, para alumnos de Filología. A las ocho de la mañana me he subido a una tarima y he comprobado con fascinación lo cierto de aquello de que desde arriba se ve todo. Por suerte no se han mofado de mí (o al menos eso creo) y he podido aportar mi pequeño grano de arena a la formación de unos alumnos interesados en la literatura.

La estructura de la clase: Explicación del concepto “generación”. El porqué de beat y beatnik Breves biografías de los mayores representantes. On the road. Howl. La escritura espontánea o kickwriting. Las mujeres y su papel en la Generación. Todo aliñado con Ginsberg recitando y Kerouac entrevistado en Canadá en el video que aquí podéis ver.

Tras despedirme me he equivocado y he cogido la chaqueta negra de cuero de un alumno por error, se parecía demasiado a la mía, solo que más nueva y menos raída. Afortunadamente, el sustraído se ha dado cuenta a tiempo y me la ha reclamado.

Por la tarde he acudido junto a María a la entrega de los premios Bancaja. El muflón inmisericorde, sobrenombre por el que también se conoce al anteriormente mencionado Javier Sahuquillo, ha ganado en la modalidad de teatro, por su obra Acequia. Recomiendo a quien tenga acceso a ella que la lea. A mí me ha dejado fascinado. Los diálogos circulares, la alternancia de voces, el canon casi musical realizado por las intervenciones de los personajes: un político en paro, un profesor de universidad y un oscuro joven; es sencillamente perfecto. Además, he tenido el placer de coincidir con el poeta Garikoitz Gómez Alfaro, quien ha ganado en la modalidad de poesía en castellano con su poemario Vendiendo Europa a los americanos, que aún no he leído pero que tengo aquí cerca listo para ser atacado. Gari (me permito la licencia de llamarle con este apelativo familiar), publicó en el primer libro de Editorial Cocó, Estaciones Desnudas. Este galardón que le ha sido concedido es un reconocimiento al trabajo de un poeta de talento y oficio.

El mejor momento de la ceremonia, demasiado solemne para el gusto de un servidor, ha sido sin duda el discurso realizado por nuestro premiado amigo, para estupefacción y asombro de los representantes del profesorado universitario, así como de Bancaja. No puedo explicarlo, no puedo hacer entender el efecto tras varias presentaciones al uso, así que lo transcribo:

En primer lugar, agradecer a los miembros del jurado que escogieran mi obra para obtener este galardón. Siempre resulta gratificante ganar un premio para satisfacer el ego del escritor, o al menos, una pequeña parte del mismo, dependiendo de si este es del tamaño de un cantón suizo o del Canadá. ¿Cuál es el mío? Hay preguntas que no merecen ser respondidas.

Esta obra, Acequia, no es un éxito individual, no es Javier Sahuquillo, no es, en definitiva, la representación de un YO del tamaño de la estatua de Fabra. ¿Por qué? Porque un escritor no es un ser aislado y marginal que habita en una urna de cartón piedra a la que prender fuego el día de San José. Un escritor es víctima del contexto con el que cohabita y, por tanto, convive con una comunidad interpretativa que le sugiere, impulsa, censura, apoya, inspira, demoniza, glorifica, pervierte y, si tiene un arranque antihigiénico, escupe.

Toda creación literaria no es producción exclusivamente de una mente enferma, sino de la influencia mutua, del huso acromático que se establece entre el autor y su comunidad interpretativa, que en mi caso es Sense Trellat, o mejor dicho, Teatre del Sense Trellat, aderezado con un poco del vino emplumado que destilan los patos salvajes de la isla de Balbec. ¿Y qué es el Teatre del Sense Trellat, se preguntarán ustedes? Seguramente no se lo pregunten, pero la retórica que me impone el soliloquio me obliga a responder, que Teatre del Sense Trellat es una erre cuya extremidad más oriental tiene la curvatura del cuerno de un muflón. Muchas gracias.


Casi nada. ¡Viva y bravo!