Jan The Human

Edu Reptil Blog
Graffiti de un artista que no conozco, pero al que agradezco este trabajo en mi calle.

Decía que le llamásemos Hank, Han, Juan, Yann, Hans, Jean, Xan, o como quisiésemos. Que no sabríamos escribir ni pronunciar su verdadero nombre pero que sonaba más o menos así. Yo prefería referirme a él como Jan. Era un viejo canalla que vivía en el primer piso de una finca con el portal tapiado; accedía a su piso tropical trepando por un gigantesco ficus que había invadido el edificio y se entremezclaba con la estructura que parecía estar siempre a punto de caer. Las ramas atravesaban el comedor y también su dormitorio, y las noches que no hacía bueno dormía dentro pero sobre la más grande de todas ellas. Jan comía únicamente frutas, sentía una especial predilección por los huesos de melocotón, de níspero y de aguacate, y siempre llevaba un morral repleto de semillas que recogía en cualquier parte; sabía dónde encontrar las mejores y las ofrecía a quien gustase de mantener una conversación con él las mañanas soleadas del invierno cálido en que lo conocí. Jan tenía un equilibrio y unas aptitudes físicas prodigiosas para la edad que aparentaba tener; no era extraño verle bailar cumbia sobre uno de los fibrosos brazos del ficus, tan largos y poderosos como los suyos, que le colgaban hasta las rodillas y terminaban en unas manos toscas repletas de nudos como de madera antigua. Sabrosura, gritaba a las mujeres de cualquier edad que pasaban bajo su hogar mestizo. Andaba medio encorvado, su rostro era una mapa cetrino de misterios, reía mostrando mucho los dientes, fumaba como un salvaje unos puros antillanos que nunca más he podido encontrar.

Aquella mañana su viejo radio cassete emitía como podía un hilo musical interminable de su querido Gavitt, el casi centenario calypsonian de Cahuita la aldea de pescadores de la costarricense provincia de Limón al que llamabael chaval; decía que lo vio nacer en Panamá poco después de la Primera Guerra Mundial, que lo conoció como niño mulato de nombre Walter Ferguson todavía. El Compay Segundo de Costa Rica, decía, un muchachocon talento. El viejo Jan tenía una oxidada placa sobre el balcón que le servía de entrada en la que se podía leer The Human, si le preguntabas por ella contestaba que le gustaba recordar su condición, que la había peleado enormemente y que vamos a bailar amigo, y así esquivaba una vez más darme aunque fuese una pequeña dosis de su verdadera historia.

Yo que vivo enamorado de tus ojos de tu boca, ay, y de tu cuerpo bonito / eres para mí el candor, eres para mí una Diosa / te quiero hasta lo infinito. […] Pero no me toques mis sentimientos nunca tú me vayas a hacer sufrir / porque yo te quiero al ciento por ciento, y eres la razón de mi existir. Marta, ¡la cariñosa!

Esta canción en concreto se repetía más que las demás, una cinta de Armando Hernández que resistía a duras penas las interminables reproducciones; juraría que Jan vibraba con ella en una frecuencia distinta; aquel día me acerqué a visitarlo y observé que estaba especialmente excitado, se balanceaba de una altura a otra del árbol, llevaba uno de sus cigarros en los labios; en un momento trepó a lo más alto y desapareció en la copa; la luz intensa que se filtraba entre las gruesas hojas me impidió localizarlo hasta que se arrojó en caída libre con un brazo extendido con el que se aferró a una rama en la que se columpió para entrar de un salto en su piso. Llevaba algo con él que había bajado de allá arriba, un fardo áspero de tela que sujetaba como un balón. Ascendí con dificultades hasta su casa, cuando conseguí poner un pie dentro el viejo estaba metiendo sus escasas pertenencias en una maleta de cuero forrada de parches recuerdo de naciones coloridas. Dejaba allí su austero camastro sin somier, sus imágenes medio descolgadas de las paredes -algunos paisajes de Bali, una fotografía de una joven y sensual Elis Regina de cabello corto, otra de Violeta Parra tocando la guitarra si mal no recuerdo-, sus inexistentes enseres de cocina y otros objetos que tampoco tenía, y una trompeta con la inscripción Satchmoque me pidió que me quedase. Le pregunté que dónde iba, entendí de su respuesta algo como que ella al fin, y que ahora iban a aquel lugar, que se había decidido -su discurso se interrumpía constantemente- y que mandaría alguna carta my friend, que nos veríamos seguro dentro de un tiempo breve para él, largo para mí.

Lo siguiente fue verle encaramarse al tejado de la casa, cubrirme los ojos con la mano a modo de visera, ver como giraba su cabeza de pelo cano para dedicarme una última sonrisa repleta de nácar, y un salto. No pude distinguir dónde o cuándo terminó.

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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