Ha llovido mucho desde aquella época en la que me sentía un bodhisattva tras haber leído Los vagabundos del Dharma, de Kerouac. Recuerdo aquellos días como una mañana incandescente de luz solar en primavera, en los Viveros, errando por el parque solo y en paz, contemplando a la gente en lugar de estar en alguna tediosa clase de Periodismo en la Universidad de València. Me dedicaba a nada en concreto, simplemente a pasear y pensar. Sin duda tenía algunas cuestiones en mi vida tristes y difíciles, pero mi estado mental era distinto al actual. Hacía tiempo que había dejado la fe católica, aprendida sin querer en mi colegio, y me había dedicado desde entonces a leer una gran cantidad de textos de todo tipo de creencias, del Islam al judaísmo, pasando por el hinduismo y el budismo. De todas estas doctrinas aprendí algo en cuanto a valores, pero fue de la última de la que más disfruté. Mi estudio sobre esta religión coincidió con el descubrimiento de la Generación Beat, lo que me proporcionó una estructura, un sendero poderoso y agradable mediante el cual organizar mi visión del mundo. Con esto no quiero decir que me convirtiese al budismo, ni que creyese en sus aspectos sobrenaturales en el sentido estricto, simplemente me dejé llevar por el misticismo de su mensaje. Este pack de literatura + Buda consiguió aplacar mi nerviosismo y velocidad vital habitual, me calmó como un bálsamo, me hizo feliz.

Estos días he descubierto que con el paso de los años he olvidado lo esencial de todo este aprendizaje. Recuerdo los detalles y los datos, la historia; pero he perdido el espíritu tranquilo que logré alcanzar. Supongo que nos pasará a muchos, por no decir a casi todos: ya sea viendo la televisión, caminando por la calle o leyendo un periódico, recibes unas gran cantidad de estímulos negativos, de malas noticias y de tragedias gratuitas. Es complicado no estar enfadado y rabioso y odiar, no querer abandonar todo tipo de iniciativas que considerabas necesarias, no desechar empresas que antes veías difíciles pero factibles. Vivimos en medio de una inmensa crisis de fe en la Humanidad. Se ha instalado una sensación de incapacidad, de impotencia, de que no se puede hacer nada; una nube tóxica de insatisfacción existencial. No sé hasta qué punto se puede modificar esta coyuntura en la que unos pocos nos joden a todos los demás, quiero creer que se le puede dar un vuelco a la situación, pero de todos modos, ese no es el tema de este post. El asunto es que quiero recuperar mi teen spirit, aquel reptil más joven que era capaz de abstraerse y mirar al cielo repleto de serenidad.

Caí en lo mucho que me había separado de mi yo ilusionado y eufórico dando una clase sobre nuevas vanguardias en la edición en el taller de narrativa de la UPV, al que me invitó Lola Mascarell. Creo que fue allí donde me retrotraje a tiempos mejores; no sé si fue el café en el césped antes de entrar con el Sol suave de la tarde, o el hablar con todos los participantes que me recordaban a mí mismo años atrás, o el trasiego afable de los estudiantes despreocupados, o la proximidad del mar, o las cervezas en el recital posterior en Café Malvarrosa; el caso es que por un momento reviví cómo era la paz interior, la alegría pura e ingenua. Me acordé también de por qué me gusta tanto ser editor, y de por qué escribo día tras día este blog; por un instante experimenté de nuevo esa sensación de estar conectado con la vida y todo lo que ello implica, y no irritado por toda la basura residual subproducto de la existencia.

Quiero mantener esa beatitud que diría Kerouac, disfrutar de la vida bohemia, en su acepción referente a esquivar las convenciones sociales. Quiero percibir mi entorno como un lugar perfecto y defectuoso a la vez, una máquina steampunk con ligeras fugas reparables, y no un autobús descontrolado del que saltar en marcha. Voy a releer Los vagabundos del Dharma, algunos koans, me iré a algún sitio verde y trataré de reencontrarme. No prometo nada, solo volver a los orígenes.

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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