La ciudad pesaba demasiado. Eso es lo que se dijo y todavía se tiene como cierto por la mayoría. Demasiados edificios, demasiadas personas, demasiados vehículos, demasiado asfalto. Muchos recuerdan el día del colapso. La gente había iniciado sus rutinas como cualquier otro martes; los niños iban al colegio, el sonido monótono y metálico de una obra aquí y allá, la goma de los neumáticos desgastándose en la carretera, unas migas que caen al suelo en una terraza de cafetería y un gorrión que las acecha, y una paloma también las acecha, y desde un balcón una anciana contempla una parada de autobús repleta de estudiantes, y su vecina regaba las macetas como cada martes por la mañana, y una sirena de ambulancia a toda velocidad provocando el efecto Doppler, paseadores de perros y ciclistas en los parques. También un atasco caliente y tóxico en una vía principal, el Sol radiante a mitad cielo, la temperatura aumentando en consonancia a una primavera cada vez más evidente.

Primero fue un rumor camuflado entre toda la sinfonía de instrumentos urbanos, después un ligero temblor, apenas perceptible; a continuación, las primeras grietas, extendiéndose como capilares regados por un bombeo desconocido, sístole y diástole, y grietas todavía mayores. Algunos ven pasar a toda velocidad una línea que se traza en el suelo levantando a su paso algo de polvo y pequeñas piedras, y se detienen y observan, pero nada cambia en cinco segundos y entonces se marchan, no tienen tiempo que perder. Después vinieron los quejidos de los animales, frenéticos, tratando de zafarse de sus humanos ignorantes, y con esto el primer indicio de que algo no va bien. Y con esto también las ratas corriendo hacia las alcantarillas, cientos de ratas emergiendo de todo tipo de agujeros en una desesperada carrera hacia el subsuelo. En un momento indeterminado se desprende una cornisa de un edificio, que cae hasta interceptar a un motorista que sale despedido a lo largo de media calle y provoca un accidente múltiple al terminar bajo las ruedas de un coche que pierde el control y se estrella contra varios vehículos parados. Llegados a este punto, con todas aquellas ratas huyendo, las grietas, los animales y los sucesivos desprendimientos, el caos hace su primera aparición en escena. Alguien grita que se trata de un terremoto, otros simplemente son presa del pánico, otros permanecen todavía dormidos, ajenos al fin del mundo. Correr parece ser la única salida, correr hacia lugares seguros, ponerse a cubierto como enseñan en los vídeos de prevención de accidentes en las catástrofes naturales, bajo una mesa, bajo el marco de una puerta; pero en este caso dará igual porque la magnitud del evento sobrepasará las peores expectativas. El rumor, antes inaudible, se vuelve la banda sonora de la escena. Las grietas se abren como se abrirán las flores sobre las tumbas, y la tierra comienza a engullir la ciudad entera. Una gasolinera se repliega sobre sí misma y explota, en un precioso espectáculo de fuego y humo; un colegio se parte por la mitad antes de precipitarse a una sima insondable, se pueden escuchar los gritos distorsionados de nuevo por el efecto Doppler mientras el complejo cae en la oscuridad, pasando como un ascensor sin frenos a través de varios niveles del metro. Los edificios crujen y se rompen, y desaparecen bajo tierra, y los hospitales con todos sus pacientes, y las comisarías, y los recintos institucionales con toda su pompa y derroche también se hunden, y los parques de bomberos incapaces de entender la magnitud de la situación, y los árboles se tambalean y finalmente se desploman, y la Humanidad va desapareciendo para dar paso a un nuevo orden, porque esta escena se repite en todo el globo, allá donde existen grandes asentamientos de homo sapiens, el suelo antes firme, colapsa tragándose todo lo que descansaba sobre él. El día después se comprueba que es el fin de la hegemonía del ser humano. Casi nadie de los grandes núcleos ha sobrevivido, las ciudades son ahora gigantescos cráteres cuyo fondo es una amalgama de tejados, antenas y hedor de cadáveres en descomposición. No fue un terremoto, pero nadie entendió qué produjo el fin del mundo. Pese a la gran sacudida que supuso, y todo el terror y el ruido y el olor y el shock y el cambio repentino y la muerte; se respiraba un clima de tranquilidad y de paz. En el campo, una rata asoma desde la desembocadura de un canal de residuos y observa el espectáculo desde lejos. Todo aquel que se encontraba en el subsuelo pereció, salvo los roedores e insectos, y otros habitantes desconocidos de un submundo olvidado por sus creadores. Cuando todo se vino abajo, solo estos seres supieron qué túneles escoger y cuáles no; qué caminos y conductos llevaban fuera del área de destrucción, hacia la apacible calma de las zonas del extrarradio. Desde la distancia, toda esta vida emerge tímida y contempla el renacer del mundo: su venganza, su plan perfecto, su creación.

Subsuelo de París, por Monigote Valencia.

>La idea para este relato me la dio mi pareja, refiriéndose a un temor que siempre había tenido. Por mi parte, siempre he sentido una gran fascinación por el submundo bajo las ciudades. Curiosamente, en el momento en que iba a colgar la entrada, he descubierto el material que adjunto a continuación, de Monigote Valencia, un documental en episodios sobre el subsuelo de París. Muy bueno, y una gran casualidad. He tomado prestada la foto para ilustrar el relato, de la galería que adjunto bajo, visítenla, es genial.

Web del proyecto Catacombes, de Monigote Valencia.

Galería de fotos del subsuelo de París.

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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