Si se había dedicado a la cartomancia en un programa nocturno de una cadena local de mala muerte era simplemente por diversión. Había pasado por numerosos trabajos a lo largo de su vida, pero este era sin lugar a dudas el más gratificante. Cobraba un sueldo miserable, pero no podía quejarse, la labor que desempeñaba era tan miserable como sus honorarios. Todavía le sorprendía la cantidad de personas que estaban dispuestas a pagar por recibir un pronóstico ambiguo e irreal sobre su porvenir más cercano. Él era un impostor más lucrándose en esta industria, pero con una sutil diferencia: era realmente capaz de ver el futuro.

No sabía si existían más personas con esta habilidad, y si las había, no le interesaba saberlo. Le ocurría como a aquellos que emigran a un país, se adaptan, y huyen de sus antiguos compatriotas. No sentía la necesidad de tener charlas místicas con nadie sobre el asunto. Podía hacerlo, y punto. Había nacido así. Se consideraba una especie de afectado por el síndrome de Savant, solo que en una modalidad única. Le gustaba pensar que se trataba de una especie de memoria futura. A través de una conversación con un individuo, podía ir estirando de los acontecimientos venideros poco a poco. Los veía con nitidez, no era como en el cine. Él no tenía shocks ni flashforwards, no era una experiencia traumática que lo dejaba extenuado ni mucho menos. Podía beberse una copa, fumar un cigarro y ver la televisión, y a la vez, llevar a cabo este rastreo. Tampoco sufría ni anhelaba ser una persona normal, ni buscaba explicación alguna a su don -siempre le había parecido una forma muy relamida de llamarlo, pero al fin y al cabo lo era-. No era un maldito, un alma torturada por el dolor en el universo, o un superhombre, de hecho era todo lo contrario a esto último. El funcionamiento de este sexto sentido tenía una serie de reglas por lo que había aprendido. Podía conocer el futuro a través de las experiencias de las personas con las que hablaba. Por lo general, avanzaba hasta un cierto punto, pero por aburrimiento. Las vidas de la gente a su alrededor no eran precisamente historias fantásticas y abrumadoras. En realidad, eran pura rutina: enfermedades, infidelidades, hastío, pequeñas alegrías, algún accidente, televisión, Internet, deudas, preocupaciones. Cuando se cansaba de monotonía, frenaba. Por supuesto, en alguna ocasión había trampeado un poco la realidad, ganando algún pequeño premio aquí y allá que le permitiese algunos caprichos, pero principalmente, su meta era sobrevivir y pasarlo bien, sin más pretensiones. Había fantaseado mucho con la posibilidad de toparse de pronto con la visión de su muerte, pero lo veía bastante improbable. No tenía amigos cercanos, ni familia, por lo tanto, ningún cerebro que fuese a acudir a su funeral. Por otra parte, tampoco estaba autorizado a ver su propio futuro, no podía analizarse a sí mismo, requería de otros. En fin, su mutación, poder, o lo que fuese, tenía ciertas limitaciones, pero disfrutaba con ello. Sabía que de contarle esto a alguien, tratarían de sacar provecho, y si alguien debía beneficiarse de esto era él mismo. Lo tenía fácil para saber si conseguiría algo con alguien en las pocas noches en que salía. Esto le ahorraba muchas invitaciones y chácharas superfluas.

Procrastinaba como todos a su alrededor; tenía pendiente alguna investigación en profundidad, quería probarse, y por qué no, saber qué ocurriría dentro de cien años aproximadamente; esta era la frontera de su conocimiento, nadie solía vivir más de un siglo. Para ello tendría que escuchar los balbuceos de algún bebé el tiempo suficiente, pero no era tarea sencilla, no tenía nadie de confianza a su alrededor con hijos recién nacidos, y no podía asaltar a unos padres en un parque y quedarse con ellos las horas suficientes para llevar a cabo su tarea. Corría el riesgo de ser tomado por un pederasta o un loco. Lo que nunca imaginó es que este trabajo de periodismo mental que planeaba, le sobrevendría sin esperarlo una noche de tantas de disfraz de pitoniso, mesa camilla y solitarios con cartas de tarot.

Las llamadas comenzaron pasada la medianoche. Una batería sinfín de personas crédulas y desesperadas que requerían de sus consejos. Había aprendido a ser uno más, era tan sencillo como repetir tópicos del tipo de: pronto aparecerá una persona en tu vida, tienes cuentas pendientes con alguien que tendrás que solucionar, vivirás una enfermedad que al final te hará más fuerte, veo una circunstancia que te traerá problemas pronto, atravesarás una crisis en el trabajo, un amigo te jugará una mala pasada que te servirá para saber en quién confiar, o el archi-manido, encontrarás el amor donde menos te lo esperas. Evidentemente, lo que veía en ellos podía coincidir con su pronóstico fraudulento, pero tampoco se esforzaba demasiado en que fuese fidedigno. Había podido comprobar que sus clientes se sugestionaban hasta tal punto que acababan perdiendo el criterio y se volvían incapaces de reconocer la mentira aunque fuese evidente y llevase un tocado ridículo y brillante. El atrezzo ayudaba a hacer sólida la ilusión: una pirámide con dios sabe qué propiedades mágicas, la mítica bola de cristal que no podía faltar en ningún plató-cuchitril de videncia telefónica, grimorios falsos que albergaban realmente recetarios de cocina, un mantel con imágenes de la Atlántida, y una iluminación generada con un poco de papel charol. La plantilla no era demasiado numerosa: un becario poco competente que se encargaba de la rotulación en pantalla y solía cometer algunos errores, un tele-operador alcoholizado que solo se encargaba de dar paso a las llamadas, y un productor que pasaba las horas en su despacho entre prostitutas y cocaína, supuestamente allí para supervisar que nadie se faltase a su deber. La realidad entre bambalinas era  grotesca.

Todo sucedió bastante rápido. Al otro lado de la línea, una voz femenina, cansada y turbia, preguntó por un hombre al que estaba conociendo. Cuando se dispuso a lanzar una de sus verdades de manual, percibió algo, un destello, una intuición distinta que le detuvo. Le pidió que le diese más datos, cómo era él, dónde se habían conocido; todo lo posible para obtener algo más de tiempo. El becario interpretó este comportamiento inusual -generalmente despachaba a la gente sin interesarse demasiado por este tipo de anécdotas- como un derroche de profesionalidad, y le levantó un pulgar acompañado de una sonrisa socarrona. El túnel de acontecimientos en la mente de la mujer se convirtió en un torrente agitado de imágenes y voces. De fondo, escuchaba algo acerca de una feria, un hotel, un cincuentón y un restaurante en la playa, pero era simplemente un rumor al que no prestaba atención. Cambió de posición y se incorporó en el respaldo de su sillón; necesitaba estar cómodo para seguir estirando de todo aquello. Fue ganando velocidad, y fue entonces cuando comenzó el vértigo. Una ligera náusea inundó su paladar de sabor a bilis. Asentía con la cabeza de forma mecánica para incitar a su espectadora a seguir hablando, no podía detenerse ahora. Miraba las cartas y las mezclaba al azar, y continuaba recorriendo aquella espiral de sucesos. Se estaba alejando más que nunca, pero tenía un motivo de peso. Percibía algo extraño en todos los hechos que pasaban fugazmente, como si fuesen los preparativos para algo, algo grande, pero no sabía qué podía ser. Miles de personas desfilaron a lo largo de años que vendrían; cientos de experiencias, de traumas, de felicidades espurias, millones de llantos y carcajadas. Notó como una vena en su sien palpitaba frenética, había que bombear más sangre a la cabeza. Se estaba perdiendo a décadas de distancia, las conexiones entre acontecimientos eran cruces de caminos con multitud de alternativas entre las que debía elegir correctamente. Pero aquella vibración, aquello, guiaba su instinto como a un proyectil teledirigido. De pronto, sin ceremonias, llegó a su destino.

Cuando la voz femenina cesó, llevaba ya unos minutos fuera de ella. Le dio un par de consejos que no sentaron nada bien a su jefe, y fue despedido de inmediato con una señal inconfundible desde la puerta del plató. El tipo lo había escuchado todo y había corrido hasta allá en calzones para fulminarlo instantáneamente. El becario había quedado completamente estupefacto, y el tele-operador sencillamente se había desplomado sobre la mesa, pero no por su atrevimiento, sino por media botella de absenta. Se levantó con calma del trono astral de todo a cien, se quitó el disfraz de adivino, y se encendió un cigarro allí mismo. Mientras se iba, saludó de perfil a la cámara fija como quien se despide de un amigo al que sabe que no volverá a ver. Se dedicaría a ganar la lotería y a viajar, ya vería cómo lo conseguía. Tenía cuarenta y siete años todavía de plazo para pasarlo bien.

edu reptil sci fi

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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6 comentarios

  1. Está original. Siempre he querido viajar a través de una espiral, y una bata de adivina, jeje.
    Así poniéndonos en plan crítico, lo único que le noto al texto es que es demasiado descriptivo. A mí personalmente me gusta más que se intercale la acción para interpretar eso mismo a través de un hecho y no tanto de una descripción más masticada. Le da dinamismo al texto y lo hace más visual, seguro que como buen poeta sabes crear magníficas imagenes 🙂

    Otra cosa tonta, hay una frase a mitad de texto «en alguna ocasión había tenido la ocasión de trampear un poco». Demasiadas ocasiones.

    Bueno Edu pos eso era 🙂

    1. Cambiado lo de la ocasión, gracias! Respecto a lo de que es tan descriptivo… no sé, a mí me parece la mejor manera de contar esta historia, no creo además que quede todo masticado! 🙂 Es muy breve, una primera parte que construye al personaje y una segunda de acción, pero vamos, es mi forma de verlo, te agradezco que te hayas mojado y me comentes esto! De eso se trata 😉

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