Ya llega ‘La polilla en la casa del humo’, de Guillem López

La polilla en la casa del humo

Amantes de la ciencia ficción y de los buenos libros en general: el jueves de la semana que viene estaré en Librería Bartleby presentando la nueva novela de Guillem López que publica Aristas Martínez, junto a Alberto Torres Blandina y a los editores. Si en ‘Challenger’ el autor nos hacía mirar al cielo, ahora nos empuja a un brutal y despiadado mundo subterráneo. Id apuntando la fecha porque ‘La polilla en la casa del humo’ va a dar que hablar. A continuación un extracto, a ver qué os parece. Bienvenidos al pozo.

“Cuando alcanzas la edad te convierten en algo útil. Hasta ese momento eres una idea, un proyecto. Sobrevives en las grutas, te defiendes de las violaciones y los abusos. Eso te curte, te hace duro por fuera. Pero hay un tiempo, una frontera difusa en la que ya no eres un crío, ni lo suficientemente adulto como para aguantar las amputaciones y los implantes del mecatacto. En ese lapso eres otra cosa: algo que no es carne ni hueso, a pesar de que sangra; que no tiene una verga ni un chocho, pero folla; que mata de una cuchillada en el cuello o muere si le aplastan la cabeza; alguien que no existe, aunque se arrastra oculto en la mugre. Somos eso sin nombre. Más que niños y menos que adultos. Salvajes. Alimañas de los túneles que roban los huevos de las serpientes. Somos todo lo que ellos no se atreven a mostrar en público. Somos su miedo. Aquello que prefieren olvidar: la vergüenza ajena, las excusas de unos padres y unas madres, los pecados del hierro y el fuego. Somos tan jóvenes que no tenemos recuerdos propios y queremos destruirlo todo, pero no sabemos por dónde empezar”.

La polilla en la casa del humo La polilla en la casa del humo

Call me Ishmael

Mi obsesión comenzó de la manera en que terminan las mejores historias de amor; con la promesa del reencuentro, por dudoso que este resulte para los amantes que se separan y ven la vida como un tren en marcha en una estación añeja, uno de ellos con mirada lacónica en el andén y otro manteniendo la compostura desde una pequeña ventana. El primero sabe que ha perdido, el segundo tiene la ventaja de tener, al menos, un destino inmediato.

Viajábamos a través de una cordillera afilada como el espinazo de un muerto; en algún momento, algo hace que el suelo tiemble con un escalofrío, yo pierdo el equilibrio en un paso de especial dificultad, el viento sopla de pronto con la suficiente energía como para desestabilizarme levemente, mi bota pisa hielo, o una roca, y la nieve me ciega mientras ruedo sin control ladera abajo. A varias decenas de metros, logro frenar mi caída fatal con ayuda de un piolet. La montaña se corta de forma abrupta un poco más allá, has tenido suerte viejo, y veo a mis compañeros aliviados recortándose contra el cielo, como héroes de esos que perduran en el recuerdo de una fotografía quemada por el paso del tiempo. Y detrás de ellos, el gigantesco alud.

No me da tiempo a advertirles, el espectáculo es magnífico y quedo congelado por la belleza de la cara más terrible de la naturaleza. Una ola blanca desciende desde algún punto cercano a la cima engullendo todo el paisaje como un torbellino de cólera celestial. No se dan cuenta de nada hasta que son arrollados y desaparecen en las entrañas del manto. Una lágrima recorre mi rostro cuando soy alcanzado yo también. Una lágrima que consigue alcanzar mi boca que sonríe conmocionada por la fantasía del momento. De repente, el silencio.

De algún modo consigo nacer a la superficie, boqueando casi asfixiado y con los ojos enrojecidos por el agua. Aleteo como un pájaro que cae al océano y trata de zafarse de la trampa acuática. Me tiendo sobre la nieve de lado, y entonces, la segunda ola. Pero esta es distinta, no es caótica como la primera, con todas sus explosiones al toparse con obstáculos. Esta avanza hacia mí como la onda que acompaña a la orca que se lanza a la orilla para atrapar a un león marino. Todavía me asombro al recordar la exhibición de reflejos que permitió que ahora esté escribiendo esto. Pocos segundos antes del impacto, una boca colosal emerge, y en sus extremos dos ojos, rasgados y fríos como dos balas de plomo en el pecho. En el último instante, me incorporo y salto, me alzo hacia el cielo a cámara lenta, y milagrosamente, aquella cosa falla. Desde el aire veo pasar su cabeza a escasos centímetros de mi cuerpo, que levita horizontalmente como una pluma antes de caer y rodar sobre el lomo del ser antes de que este se zambulla, porque eso pensé que hacía, y se esfume en mitad de ninguna parte. Lo siguiente que veo es el cielo, el Sol y las montañas, un tribunal de sabios que calla y oculta; como si no supiesen quiénes son sus hijos. Como si jamás fuesen a revelarme lo ocurrido.

El rescate llegó de manos de una patrulla de salvamento que acudió al ver el deslizamiento; sabían que estábamos allá porque nos los habíamos encontrado al comienzo del ascenso. Me preguntaron en otro idioma por mis compañeros, y les dije que ya no existían. Que los atrapó el alud y que se habrían asfixiado. No encontraron los cadáveres, evidentemente, y el incidente quedó archivado como una tragedia más dentro del mundo del alpinismo. Al regresar a mi hogar, me aventuré en una búsqueda frenética de datos y casos similares al nuestro; desapariciones en la montaña a causa de aludes tras los que nunca se hubiesen recuperado los cuerpos. Horas interminables de hemeroteca rastreando la prensa de décadas atrás hasta la actualidad. Viajes a medio mundo que por fortuna pude permitirme gastando mi fondo privado de pensiones. No creí que fuese a necesitarlo. Tres años después, los datos eran concluyentes: estos accidentes se habían producido por todo el planeta, pero se concentraban en varios puntos del globo, algunos de ellos alejados a miles de quilómetros. Media docena de enclaves con una leyenda negra y siniestra. No podía ser casualidad.

Haciendo acopio del capital que todavía me quedaba, organicé una expedición digna de las mejores aventuras de la literatura, una ruta que atravesaría varios países, y pasaría por todas aquellas cimas y regiones que eran un avispero de alfileres en el mapa colgado en la pared de mi despacho. Como acompañantes, una pareja de biólogos seducidos por la posibilidad de estampar su nombre en los catálogos de especies, acaso por algún nuevo artrópodo minúsculo e irrelevante; un parapsicólogo con una teoría descabellada sobre la llamada de lo salvaje que había leído demasiado a Lovecraft; un par de montañeros famosos por haber pulverizado varios récords de subidas sin oxígeno, expertos en situaciones límite; una periodista con formación en escalada que contactó conmigo al enterarse de la aventura y que deseaba escribir un libro-reportaje sobre todo lo que viviese; y un cazador ansioso por abatir algún leopardo de las nieves que creía en el mito del Yeti. Todos ellos fascinados por la posibilidad de ver cumplidos sus sueños adolescentes sin tener que invertir ni una moneda. Un equipo de ingenuos ilusionados que han mordido el anzuelo de la supuesta última locura de un viejo millonario que desea sentirse vivo de nuevo, financiando los proyectos de unos cuantos desconocidos. Demasiado tentador para decir que no, demasiado bello par ser cierto.

Ahora estamos terminando el medio año de entrenamiento que nos mantendrá con vida cuando zarpemos rumbo al enigma. Se ha incorporado al equipo un sherpa sombrío y adusto que parece sospechar eternamente de mí. Si bien requiero de las habilidades de los otros para determinadas funciones, el nepalí es el más necesario de todos; posee una orientación sobrenatural en cualquier tipo de condiciones: día, noche o en mitad de una ventisca. Será nuestra brújula humana cuando nos adentremos en las profundidades más elevadas que haya conocido el hombre.

Los dos primeros meses han transcurrido sin problemas de importancia, hemos investigado los tres primeros puntos de forma exhaustiva; cada uno dedicándose a lo suyo: los biólogos realizaron algunos hallazgos relacionados con la fauna de ecosistemas especialmente adversos; la periodista rellena páginas y páginas de su bitácora de viaje que acompaña con un sinfín de fotografías; el parapsicólogo, excéntrico pero amable, toma notas y entrevista a los habitantes de las zonas más inhóspitas -si estaba en la expedición Queequeg era por su increíble dominio de casi veinte lenguas y dialectos-. El grupo, cansado pero feliz, resiste los tormentos que en ocasiones nos inflige la meteorología, que no parece estar de acuerdo con nuestra presencia. No puedo evitar sentir el recelo de las aristas en las que silba el viento cuando todos duermen, aullando y emitiendo sonidos que pocos oídos habrán escuchado, instándome a abandonar y volver a casa. Pero el coraje de un demente invade mis músculos y huesos maltrechos por el crimen de la vejez.

Han pasado cinco meses y todavía no he obtenido resultados. No obstante, consigo mantener mi espíritu sereno, sé que en algún momento tiene que llegar el encuentro. No tengo planes para el momento, no sé qué les diré si tengo éxito y podemos contarlo. Escribo este diario únicamente para dejar constancia de mi propósito a las generaciones que vendrán. El sherpa fuma en solitario alejado de nosotros. No comparte nada salvo su presencia desconcertante, vive por su cuenta hasta que nos ponemos en marcha. Se han producido algunos roces, pero han sido solucionados rápidamente. Uno de los montañeros se ha retirado tras sufrir un accidente que le ha fracturado las piernas de una forma horrible. El cazador se distrae disparando a pequeños animales que se acercan al anochecer, un coro de pupilas encendidas que nos vigilan desde las hendiduras húmedas de la roca desnuda. Nuestro traductor ha recopilado ciertas historias de la población local acerca de una entidad del hielo que se alimentaba de almas perdidas en las alturas que erróneamente ha interpretado como sustento para su tesis. No tenemos ninguna clase de problemas de abastecimiento, los campamentos base reciben provisiones y repuestos de material periódicamente. Solo resta esperar, pese a que los segundos se me antojen intervalos demasiado extensos.

La exploración de la quinta zona se ha saldado con un balance desastroso. Una tormenta repentina asoló el campamento base y acabó con la vida del segundo alpinista, que se precipitó al abismo mientras trataba de volver hacia las tiendas. Todos salvo el sherpa han quedado afectados por la pérdida. Llegué a temer que se retirasen, pero la ambición es un sentimiento capaz de plantar cara al miedo. Lo sé de buena tinta. La montaña exige sacrificios a cambio de revelar sus secretos, y no somos nadie para negárselos. Les he prometido una cantidad que no poseo si finalizan la aventura. Nos encontramos en la última región, aquí se decidirá todo. A partir de ahora escribiré más a menudo, quiero dejar constancia del máximo número de detalles de lo que nos suceda de aquí en adelante. Tengo un pálpito que no he sentido con anterioridad, este será el escenario.

Parece que no me equivocaba del todo. Un gemido aterroriza a mi equipo todas las noches, una voz que parece provenir de las entrañas mismas de la tierra. Resuena desde las grietas, como un latido que se agita cada vez más. Nadie lo sabe, pero ya no existe comunicación alguna con la civilización. He dado indicaciones erróneas a los encargados de los suministros. Previamente, me he asegurado de disponer de suficientes reservas para aguantar un par de meses. Si tratan de rescatarnos, pensarán que hemos sido sepultados por una avalancha y acabarán desistiendo en la búsqueda. Siempre es así. Intento infundir calma a los miembros del equipo, les digo que esos ruidos son simplemente producto del eco, reverberaciones caprichosas que confunden con alaridos. Que no hay nada que temer, que no pierdan el tiempo con terrores infantiles y que sigan realizando sus sueños, que esta es una oportunidad que jamás volverán a tener.

La noche se está cerrando como un cepo sobre nosotros. El Sol nos abandona lentamente, y el cielo es una amalgama de colores fríos y místicos. Nuestro campamento está en una superficie llana que precede a una rampa que asciende hasta una repisa desde la que se sube con una dificultad extrema hasta la cúspide. El cazador ha creído ver a su ansiado abominable hombre de las nieves allá y ahora mismo está solo en lo más alto del tobogán. Los biólogos han ido tras él, y son ahora dos diminutas manchas oscuras en mitad de la nieve. La joven periodista observa desde el exterior de mi tienda con unos prismáticos. Del sherpa solo queda el rastro de sus pisadas alejándose del perímetro de seguridad. El parapsicólogo acaba de salir de su tienda y acompaña a la chica. Y al fin, un temblor. Es suave, pero he podido percibirlo. Nos llega el sonido del grito del cazador cuando el suelo que pisa se desliza y le hace desplomarse. He dejado la puerta abierta para contemplar el episodio final. La marcha del fugitivo no ha hecho más que confirmar mi presagio. Los biólogos se han dejado caer por la pendiente, ruedan a toda velocidad hasta que un relieve los lanza volando por los aires. Todo a mi alrededor se ralentiza. Los gritos de mis acompañantes se ahogan cuando el alud se abre y de él sale proyectada la criatura más pura que se pueda imaginar; su boca como una gruta se abre y atrapa a los científicos antes de que puedan entender que sus vidas acaban de llegar a su fin, para aterrizar de nuevo sobre la ola y mezclarse con ella. Ahora vuelven los gritos mientras vemos el serpenteo en la onda. Todos huyen despavoridos, como si quisiesen evitar el desenlace. No entienden que no tiene sentido tratar de escapar de un final tan perfecto, para en el caso de conseguirlo, morir en una cama por culpa de un virus despreciable e invisible. Una canción acude a mi cabeza cuando cruzo mi mirada satisfecha y en paz con el rostro desencajado de la reportera que no puede parar de llorar.

One more kiss dear,

One more sigh

Only this, dear

It’s goodbye

For our love is such pain

And such

Caducidad

Si se había dedicado a la cartomancia en un programa nocturno de una cadena local de mala muerte era simplemente por diversión. Había pasado por numerosos trabajos a lo largo de su vida, pero este era sin lugar a dudas el más gratificante. Cobraba un sueldo miserable, pero no podía quejarse, la labor que desempeñaba era tan miserable como sus honorarios. Todavía le sorprendía la cantidad de personas que estaban dispuestas a pagar por recibir un pronóstico ambiguo e irreal sobre su porvenir más cercano. Él era un impostor más lucrándose en esta industria, pero con una sutil diferencia: era realmente capaz de ver el futuro.

No sabía si existían más personas con esta habilidad, y si las había, no le interesaba saberlo. Le ocurría como a aquellos que emigran a un país, se adaptan, y huyen de sus antiguos compatriotas. No sentía la necesidad de tener charlas místicas con nadie sobre el asunto. Podía hacerlo, y punto. Había nacido así. Se consideraba una especie de afectado por el síndrome de Savant, solo que en una modalidad única. Le gustaba pensar que se trataba de una especie de memoria futura. A través de una conversación con un individuo, podía ir estirando de los acontecimientos venideros poco a poco. Los veía con nitidez, no era como en el cine. Él no tenía shocks ni flashforwards, no era una experiencia traumática que lo dejaba extenuado ni mucho menos. Podía beberse una copa, fumar un cigarro y ver la televisión, y a la vez, llevar a cabo este rastreo. Tampoco sufría ni anhelaba ser una persona normal, ni buscaba explicación alguna a su don -siempre le había parecido una forma muy relamida de llamarlo, pero al fin y al cabo lo era-. No era un maldito, un alma torturada por el dolor en el universo, o un superhombre, de hecho era todo lo contrario a esto último. El funcionamiento de este sexto sentido tenía una serie de reglas por lo que había aprendido. Podía conocer el futuro a través de las experiencias de las personas con las que hablaba. Por lo general, avanzaba hasta un cierto punto, pero por aburrimiento. Las vidas de la gente a su alrededor no eran precisamente historias fantásticas y abrumadoras. En realidad, eran pura rutina: enfermedades, infidelidades, hastío, pequeñas alegrías, algún accidente, televisión, Internet, deudas, preocupaciones. Cuando se cansaba de monotonía, frenaba. Por supuesto, en alguna ocasión había trampeado un poco la realidad, ganando algún pequeño premio aquí y allá que le permitiese algunos caprichos, pero principalmente, su meta era sobrevivir y pasarlo bien, sin más pretensiones. Había fantaseado mucho con la posibilidad de toparse de pronto con la visión de su muerte, pero lo veía bastante improbable. No tenía amigos cercanos, ni familia, por lo tanto, ningún cerebro que fuese a acudir a su funeral. Por otra parte, tampoco estaba autorizado a ver su propio futuro, no podía analizarse a sí mismo, requería de otros. En fin, su mutación, poder, o lo que fuese, tenía ciertas limitaciones, pero disfrutaba con ello. Sabía que de contarle esto a alguien, tratarían de sacar provecho, y si alguien debía beneficiarse de esto era él mismo. Lo tenía fácil para saber si conseguiría algo con alguien en las pocas noches en que salía. Esto le ahorraba muchas invitaciones y chácharas superfluas.

Procrastinaba como todos a su alrededor; tenía pendiente alguna investigación en profundidad, quería probarse, y por qué no, saber qué ocurriría dentro de cien años aproximadamente; esta era la frontera de su conocimiento, nadie solía vivir más de un siglo. Para ello tendría que escuchar los balbuceos de algún bebé el tiempo suficiente, pero no era tarea sencilla, no tenía nadie de confianza a su alrededor con hijos recién nacidos, y no podía asaltar a unos padres en un parque y quedarse con ellos las horas suficientes para llevar a cabo su tarea. Corría el riesgo de ser tomado por un pederasta o un loco. Lo que nunca imaginó es que este trabajo de periodismo mental que planeaba, le sobrevendría sin esperarlo una noche de tantas de disfraz de pitoniso, mesa camilla y solitarios con cartas de tarot.

Las llamadas comenzaron pasada la medianoche. Una batería sinfín de personas crédulas y desesperadas que requerían de sus consejos. Había aprendido a ser uno más, era tan sencillo como repetir tópicos del tipo de: pronto aparecerá una persona en tu vida, tienes cuentas pendientes con alguien que tendrás que solucionar, vivirás una enfermedad que al final te hará más fuerte, veo una circunstancia que te traerá problemas pronto, atravesarás una crisis en el trabajo, un amigo te jugará una mala pasada que te servirá para saber en quién confiar, o el archi-manido, encontrarás el amor donde menos te lo esperas. Evidentemente, lo que veía en ellos podía coincidir con su pronóstico fraudulento, pero tampoco se esforzaba demasiado en que fuese fidedigno. Había podido comprobar que sus clientes se sugestionaban hasta tal punto que acababan perdiendo el criterio y se volvían incapaces de reconocer la mentira aunque fuese evidente y llevase un tocado ridículo y brillante. El atrezzo ayudaba a hacer sólida la ilusión: una pirámide con dios sabe qué propiedades mágicas, la mítica bola de cristal que no podía faltar en ningún plató-cuchitril de videncia telefónica, grimorios falsos que albergaban realmente recetarios de cocina, un mantel con imágenes de la Atlántida, y una iluminación generada con un poco de papel charol. La plantilla no era demasiado numerosa: un becario poco competente que se encargaba de la rotulación en pantalla y solía cometer algunos errores, un tele-operador alcoholizado que solo se encargaba de dar paso a las llamadas, y un productor que pasaba las horas en su despacho entre prostitutas y cocaína, supuestamente allí para supervisar que nadie se faltase a su deber. La realidad entre bambalinas era  grotesca.

Todo sucedió bastante rápido. Al otro lado de la línea, una voz femenina, cansada y turbia, preguntó por un hombre al que estaba conociendo. Cuando se dispuso a lanzar una de sus verdades de manual, percibió algo, un destello, una intuición distinta que le detuvo. Le pidió que le diese más datos, cómo era él, dónde se habían conocido; todo lo posible para obtener algo más de tiempo. El becario interpretó este comportamiento inusual -generalmente despachaba a la gente sin interesarse demasiado por este tipo de anécdotas- como un derroche de profesionalidad, y le levantó un pulgar acompañado de una sonrisa socarrona. El túnel de acontecimientos en la mente de la mujer se convirtió en un torrente agitado de imágenes y voces. De fondo, escuchaba algo acerca de una feria, un hotel, un cincuentón y un restaurante en la playa, pero era simplemente un rumor al que no prestaba atención. Cambió de posición y se incorporó en el respaldo de su sillón; necesitaba estar cómodo para seguir estirando de todo aquello. Fue ganando velocidad, y fue entonces cuando comenzó el vértigo. Una ligera náusea inundó su paladar de sabor a bilis. Asentía con la cabeza de forma mecánica para incitar a su espectadora a seguir hablando, no podía detenerse ahora. Miraba las cartas y las mezclaba al azar, y continuaba recorriendo aquella espiral de sucesos. Se estaba alejando más que nunca, pero tenía un motivo de peso. Percibía algo extraño en todos los hechos que pasaban fugazmente, como si fuesen los preparativos para algo, algo grande, pero no sabía qué podía ser. Miles de personas desfilaron a lo largo de años que vendrían; cientos de experiencias, de traumas, de felicidades espurias, millones de llantos y carcajadas. Notó como una vena en su sien palpitaba frenética, había que bombear más sangre a la cabeza. Se estaba perdiendo a décadas de distancia, las conexiones entre acontecimientos eran cruces de caminos con multitud de alternativas entre las que debía elegir correctamente. Pero aquella vibración, aquello, guiaba su instinto como a un proyectil teledirigido. De pronto, sin ceremonias, llegó a su destino.

Cuando la voz femenina cesó, llevaba ya unos minutos fuera de ella. Le dio un par de consejos que no sentaron nada bien a su jefe, y fue despedido de inmediato con una señal inconfundible desde la puerta del plató. El tipo lo había escuchado todo y había corrido hasta allá en calzones para fulminarlo instantáneamente. El becario había quedado completamente estupefacto, y el tele-operador sencillamente se había desplomado sobre la mesa, pero no por su atrevimiento, sino por media botella de absenta. Se levantó con calma del trono astral de todo a cien, se quitó el disfraz de adivino, y se encendió un cigarro allí mismo. Mientras se iba, saludó de perfil a la cámara fija como quien se despide de un amigo al que sabe que no volverá a ver. Se dedicaría a ganar la lotería y a viajar, ya vería cómo lo conseguía. Tenía cuarenta y siete años todavía de plazo para pasarlo bien.

edu reptil sci fi

Invasión Sci-Fi en Slaughterhouse!

Si te gusta la ciencia-ficción, y vives en Valencia, tienes plan de hoy jueves hasta el domingo. Los amigos multidisciplinares de Slaughterhouse (C/Denia, 22 -Ruzafa) se han montado un festival cósmico: Proyecciones de avistamientos, hamburguesas from outer space, conciertos intergalácticos, venta de reliquias literarias de mundos olvidados, un nuevo capítulo de Slaughter Trek… En fin, cosa fina. Si crees que el estreno de Prometheus es el evento cienciaficcionero de este año, lamento decirte que estás equivocado, la Sci-Fi Invasion es el acontecimiento. Si no terminas de creértelo pégale un vistazo al vídeo promocional.

Si eres un gourmet lo suficientemente osado, puedes probar también el menú degustación que han preparado, quintaesencia de la gastronomía espacial. Asimov se retuerce en su tumba de envidia. Adjunto su definición conceptual, que hace sombra a cualquier carta del Bulli.

Slaughterhouse, como es sabido, es una expresión numérica que traducida en segmentos binarios incorpora la secuencia natural algorítmica que, entre otras cosas, se usó de base para la creación de la compleja matemática que subyace al Page Rank de Google. Además si te tomas la molestia de combinar sus letras del modo adecuado y, por ahora secreto, el resultado no es otro que Chef Away. De esta compleja interacción y no de otros factores, nace nuestra ya famosa vocación gastronómica. Con motivo del advenimiento de el Sci-Fi Festival nuestro joven y apreciado Chef Away ha ideado un tremendo menú degustación en el que cada plato es tanto un homenaje a los mayores momentos de la historia de la ciencia ficción como un extraordinario manjar cuyo sorprendente sustrato conceptual, e incluso filosófico, podrás disfrutar con nosotros. Desgraciadamente el portal espacio temporal que nos permite la inclusión de este evento en nuestra apretada agenda se cerrará a las 01,30 de la noche del sábado 12 de mayo, hora terrestre, por eso, si no quieres perderte semejante fasto, conviene que reserves tu plaza lo antes posible. Puedes mandar un mail a: chef away soyguillermus@gmail.com o enviar un sms a 615017155 especificando el número de terrícolas y la hora a la que llegaréis. Puedes estudiar en profundidad la carta y echarle un vistazo a los apuntes del chef en los que se esbozan los platos que compondrán el Menú del Gourmet Extraterrestre.

Slaughterhouse Valencia Sci fi Invasion

Slaughterhouse

En definitiva, este tipo de festivales es lo que necesitamos en esta ciudad, así que ya sabes, planazo de fin de semana, tienes cuatro días para asistir. Para más información, puedes visitar el blog Slaughter News!

Sci fi invasion Valencia

Scary monsters and nice sprites

[Para una mejor experiencia de lectura, poner de fondo la canción cuando aparece en el relato]

Si algo era capaz de acabar con la monotonía de los días y su insoportable carga era el misterio de todo aquello que ocurre a espaldas de la cotidianidad. Cruzaba las calles haciéndose una con las fachadas ennegrecidas por el humo de los incontables tubos de escape, que escupían su carga letal como armas de exterminio a fuego lento. Cuando caía la noche emergía de su escondite, un piso anodino en un bloque más flanqueando una gigantesca avenida, una de las venas corruptas del gran tumor metálico que era la ciudad. Esa mañana había recibido una invitación privada a una fiesta clandestina que se celebraba en algún lugar. Hacía diez minutos había recibido la confirmación, con la dirección del recinto. El remitente era un cúmulo de letras y números sin sentido.

El pequeño mapa que portaba consigo le llevó a un callejón en ele, muy típico -pensó-, pero allí no había ninguna puerta, ni tapa de alcantarilla que pudiese levantarse. Se encendió un cigarro y esperó a que llegase alguien más. El recodo del pasadizo le otorgaba cierta intimidad frente a las miradas del vecindario, con sus paseadores de perros, patrullas de ociosos y demás fauna habitual. Este tipo de eventos eran bastante frecuentes, había asistido a varios de ellos, generalmente poco publicitados para evitar interferencias de las autoridades locales, muy diligentes a la hora de boicotear todo lo que escapase a su férreo control. Guardaba buenos recuerdos de estas reuniones, le fascinaba la actitud del ser humano cuando se divierte sin ser juzgado; al margen de la desinhibición obvia provocada por las drogas y el alcohol, la música y su efecto místico, la sensación de protección y el anonimato liberaban a las personas, demostrando que no somos tan hostiles como se cree si se nos permite ser felices, aunque sea durante un breve periodo de tiempo.

El cigarro se terminaba de consumir en el suelo, y algunas ratas correteaban aquí y allá inquietas. Cuando ya estaba convencida de haberse equivocado de ubicación, comenzó a sentir una ligera trepidación que se filtraba desde una esquina. Apartó un par de cartones que reposaban en el vértice y descubrió una pequeña grieta, que se ensanchaba conforme se acercaba al suelo. Si aquella era la entrada, era la menos sugerente de las que había conocido. Afortunadamente, con unas cuantas contorsiones pudo atravesar el umbral, no sin antes magullarse varias zonas del cuerpo con los ladrillos rotos que parecían dientes. Recorrió unos cuantos metros hasta llegar a un punto en el que se abría un arco, antesala de unas escaleras que descendían aparentemente bajo uno de los edificios. El suave temblor que había percibido en la calle aumentaba a medida que avanzaba, y pronto se convirtió en la voz que esperaba oír. El último tramo era un pasaje que terminaba en un gran portón de madera, sobre el que brillaba un cartel de neón que prometía un concepto: Deus ex machina.

No necesitó la aprobación de nadie para entrar, simplemente abrió y pasó. Aquella cripta albergaba a unas trescientas personas; el espectáculo era maravilloso, los láseres rasgaban la noche artificial, iluminando fugazmente los rostros extáticos de la gente, que bailaba aquella música que jamás había escuchado. Todos parecían disfrutar de una euforia envidiable. No distinguió ninguna barra, ni baños, ni cabina. La estancia era un rectángulo con una bóveda como cubierta. El ambiente era de otra dimensión. A los pocos segundos se sorprendió a sí misma bailando. Nunca tardaba tan poco en soltarse, pero en aquel lugar se sentía acogida, parte de una gran familia. Alguien se acercó y la besó, no distinguió si un hombre o una mujer, y alguien tiró de ella hacia el centro de la sala; la alternancia de luz/oscuridad magnificaba el efecto de cambio a su alrededor, con cada parpadeo la situación era distinta, pero siempre, de fondo, la banda sonora de la evolución. Todo eran cabezas, caras y cuerpos, sudor; torsos en tensión y ropa abierta; y pelo, y melenas y movimiento. La vida y su movimiento perpetuo. Allí dentro estaba toda la alegría concentrada, arrebatada al exterior, un caldo de cultivo perfecto para el auge de una nueva sociedad. Cabía la posibilidad de que algún difusor estuviese arrojando alguna clase de sustancia a la atmósfera enclaustrada del local; si era así, lo agradecía. Se le había erizado el vello, sentía un cosquilleo por toda la piel, y sonreía, sobre todo sonreía. Abrazó entre saltos a algunos compañeros cercanos, les cogía la cara y se perdía en sus ojos en trance. Había un universo en cada uno de ellos.

Fuese lo que fuese lo que sonaba, era cada vez más intenso. Parecía tomar el control de todos los músculos; te obligaba a sentir el amor en un estadio superior, te forzaba a sentirte realizado, y no había resistencia posible. No existía el cansancio, a pesar del frenesí en que se encontraba inmersa, solo había placer, pero se atrevía a jurar que no era un efecto químico. Era algo distinto, era real. En un instante breve como la desintegración de un átomo, distinguió algo entre la masa. Al principió le pareció una alucinación visual, pero no lograba convencerse de ello. Lo que vio era, aunque le resultase absurdo, una figura humana, pero constituida por la convergencia de varios haces de luz. La música era cada vez más extrema, pero no era cuestión del volumen. La música se estaba apoderando de todo. Perdió de vista aquella cosa momentáneamente, pero la vio reaparecer en varios puntos, como un relámpago efímero e imposible. De pronto, alguien a su lado la cogió de la mano, apretándole con fuerza. Cuando se giró contempló con estupefacción como aquella persona se agitaba totalmente fuera de sí, habría pensado que convulsionaba de no ser porque lo hacía al ritmo de lo que sonaba. Esbozaba una mueca desencajada a mitad camino entre la alegría y la locura. Sus pupilas ocupaban todo el ojo, y relucían con un brillo electrónico y fantasmal. Se zafó de él como pudo para ver que lo mismo le estaba ocurriendo a todos los asistentes. Las articulaciones se luxaban en torsiones increíbles, y siempre ese halo en sus miradas perdidas. Un escalofrío recorrió su espina dorsal y una rigidez absoluta la embargó. Los brazos se estiraron hacia atrás, y su cabeza no podía parar de moverse arriba y abajo. La figura que había visto previamente aparecía y desaparecía cada vez con mayor frecuencia. De repente, un huracán sacudió el centro de la cripta y lanzó despedidos a todos los que se encontraban próximos a él, limpiando con una terrible onda expansiva varios metros desde el epicentro. En medio de aquel caos la presencia se volvió nítida. Un corro de enloquecidos bailarines se disponía en torno a ella a cierta distancia. Todo comenzó a orbitar al rededor de ese vórtice; aquel baile enfermizo era tan rápido que las siluetas se desdibujaban. De pronto, el ser proclamó su único mensaje, con una voz distorsionada y espantosamente neutra: I want to kill everybody in the world. A continuación, un estallido gigantesco pulverizó al entregado público.

[…]

En la sala no queda nada. Únicamente un minúsculo big crunch en el centro que se reduce hasta desaparecer en un último destello.

Scary monsters and nice sprites

Sulloon

[Antes de leer el relato, es necesario que veas este vídeo]

 

While goin’ the road to sweet Athy, hurroo, hurroo…

While goin’ the road to sweet Athy, hurroo, hurroo…

 

Alrededor de su cabeza comenzaba a formarse un pequeño charco, la finísima lluvia que caía estaba llenando el cráter que el peso de su cráneo embutido en un casco formaba en la tierra húmeda. Cerca de él yacía una pierna que podía ser parte del cadáver de un compañero, unida o desprendida del difunto. O bien podía ser también suya.

While goin’ the road to sweet Athy,

a stick in me hand and a drop in me eye,

a doleful damsel I heard cry,

Johnny I hardly knew ye.

Se presentó voluntario para el ejército de colonización seducido por la intensa campaña de reclutamiento de la Confederación de Planetas y Satélites. El descubrimiento de una nueva forma de desplazamiento a través del espacio que desafiaba todo lo que se conocía de él hasta el momento había propiciado que la ambición expansionista de la Humanidad se desatase como nunca a lo largo de una historia que ahora se le antojaba, tal vez demasiado larga. Por lo que sabía, tras una cantidad considerable de expediciones a otros planetas calificados como habitables, nunca se habían producido encuentros desagradables con la -por llamarlas de alguna manera- flora y fauna autóctonas. En muchos de estos planetas se habían establecido grandes grupos de seres humanos sin demasiados incidentes a excepción del desarrollo de la espantosa Mutación de Kent, que había relegado a la categoría de impracticables algunos de los nuevos hogares antes contemplados como susceptibles de albergar a la civilización. Salvo estos casos, terribles pero aislados, en cuya prevención ya trabajaban los mejores cerebros del gobierno, el resto de contactos con la vida nativa se había saldado con la extinción de la misma como consecuencia del proceso de terraformación, o con la conservación de determinadas especies de interés en las inmensas granjas de contención. La política oficial era el homo astral primero, y este era un mensaje que convenía tener claro en todo momento. La fundamentación teórica era que garantizar la supervivencia de la vida humana era lo esencial, especialmente tras la ya lejana crisis de la hiperpoblación, que pudo acabar con toda la especie.

Cuando su compañía llegó a Sulloon en misión de reconocimiento, los escáneres biométricos no detectaron ningún indicio de vida potencialmente peligrosa en aquel cuerpo de atmósfera violeta y mares embravecidos. Si de algo había pecado siempre la Humanidad era de una ignorancia extremadamente arrogante. Tras confirmar que los colonos podían proceder a instalarse e iniciar el proceso que convertiría con el tiempo a aquel lugar en una nueva y artificial Tierra, su siguiente cometido fue escoltarlos por si surgía alguna clase de problema, especialmente logístico y de comunicaciones. Llevaban ya casi siete años allá, y los núcleos humanos habían ido dispersándose para tejer la compleja red que requería la transformación, separándose cada vez más de la metrópolis, alentados por el reconocimiento interplanetario que les granjeaba la gran labor que estaban realizando. Comenzaban a obtenerse pequeños y moderados éxitos. El cambio era muy lento, pero se empezaba a apreciar en pequeños detalles. El musgo tóxico que impedía la siembra de biots retrocedía como un animal herido desde los asentamientos; los árboles -así decidieron llamar a unas complejas estructuras vivas que se proyectaban centenares de metros hacia el cielo- se marchitaban y caían con un horrible y agónico chirrido final que era su último estertor; los perros, vagamente similares a un artrópodo, numerosos, pequeños e inofensivos, se habían capturado sistemáticamente para su estudio en las granjas, al parecer, no contraían la plaga de Kent, como también se conocía a esta aberración cósmica. La vida en general sucumbía al paso de los terrícolas, para exasperación de los exobiólogos, que veían como su disciplina era maltratada y sus advertencias desoídas.

Se cumplía una semana desde que recibieron las primeras noticias del movimiento de una inmensa masa de algo que se desplazaba desde el polo sur del planeta en dirección al extremo norte, lugar en el que se encontraban las bases de la colonia. Al principio pensaron que podía tratarse de alguna clase de tormenta, o de movimiento migratorio de alguna especie que todavía no habían observado. Pero pronto los satélites informaron de que ambas hipótesis eran erróneas.

Cubrieron una distancia de aproximadamente 90.000 quilómetros en seis días, sin descanso, sin tregua, como una nube de langostas apocalípticas que desconoce el cansancio. Atravesaron cordilleras impracticables y océanos ácidos sin detenerse ni un instante, hasta que cuatro horas atrás impactaron contra los núcleos más alejados. Las cámaras de las estaciones revelaron un espectáculo dantesco. Las bajas fueron catastróficas en cuestión de minutos, no hubo resistencia posible. Pudo escuchar las maldiciones histéricas de sus compañeros, antes de ser convertidos en una marea nauseabunda de despojos orgánicos. Los anillos exteriores del entramado fueron cayendo, mientras la negra sombra de la desesperación se apoderaba de aquellos a los que todavía no había alcanzado la destrucción. La evacuación que se solicitó al Estado Mayor recibió una negativa consistente en la explosión por control remoto de la Highlander, el único vehículo con capacidad para transportarlos a todos fuera de allí. Sus últimas esperanzas saltaron por los aires junto a los pedazos incandescentes de aquello que siete años atrás fue la promesa de una nueva oportunidad.

With your guns and drums and drums and guns, hurroo, hurroo…

With your guns and drums and drums and guns, hurroo, hurroo…

Los cañones pesados vomitaron su carga letal sin resultado alguno. La muerte tenía un sinfín de extremidades, la piel de aspecto áspero y rocoso, un rostro alargado e inexpresivo como de máscara impasible. Disminuyeron su velocidad bruscamente a medida que se acercaban. Lo que más le asombró fue la manera en que se movían; era algo incomprensible y totalmente ajeno a nada que hubiesen visto. Se lanzaban aquí y allá en una macabra danza, propulsados por unos brazos como columnas. Debían medir unos cinco metros de altura por ocho de largo. Habían ordenado que los civiles se refugiasen en el interior de las instalaciones, aguardando un milagro que no llegaría. No existían dioses benévolos en Sulloon. Lo que quedaba de la compañía había aguardado la llegada del cataclismo tras trincheras automáticas que emergían de hendiduras en el suelo.

With your guns and drums and drums and guns,

the enemy nearly slew ye,

oh my darling dear, ye look so queer,

Johnny I hardly knew ye.

La literatura no hacía justicia a la realidad de aquellas situaciones. Nunca lo imaginó así. No había un himno de guerra melancólico de fondo, ni se ralentizaba la acción, ni los héroes se ponían en manos del destino arrojándose a las fauces del monstruo para acabar con él pagando con su vida, ni unos refuerzos inesperados rasgaban el cielo entre vítores de júbilo y detonaciones que anunciaban la redención. Allí únicamente se escuchaba el chasquido de los huesos rotos, y los gritos y gimoteos de pánico más puros y auténticos que una garganta puede proferir; se olía el hedor de las vísceras derramándose como deshechos que escapan de una bolsa de basura rajada; la soledad se podía inhalar y en lugar de memoria por los caídos habría silencio y olvido. Vio desgajarse en dos a un amigo antes de sentir el golpe brutal que lo arrojó decenas de metros por el aire hasta caer contra la espalda de uno de los seres que se lo sacudió de encima como a un parásito. El choque contra el suelo todavía fue doloroso, desgraciadamente no había perdido la consciencia. Su casco se agrietó y pudo sentir la brisa suave que bañaba el escenario del fin del mundo. Tendido en el suelo y sin poder torcer el cuello, oyó derrumbarse los muros de la granja, y el frenético batir de millones de pequeñas patas llevando a sus dueños de vuelta a casa. A continuación, una sinfonía de llantos y un coro de aplastamientos. Y ni siquiera podía girarse para echar un vistazo final al epílogo de su reducido paraíso. Su respiración, débil y a punto de extinguirse, producía ondas en el pequeño charco.

I’m happy for to see ye home, hurroo, hurroo…

I’m happy for to see ye home, hurroo, hurroo…

I’m happy for to see ye home,

all from the island of Sulloon

So low in the flesh, so high in the bone

Oh Johnny I hardly knew ye.