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While goin’ the road to sweet Athy, hurroo, hurroo…

While goin’ the road to sweet Athy, hurroo, hurroo…

 

Alrededor de su cabeza comenzaba a formarse un pequeño charco, la finísima lluvia que caía estaba llenando el cráter que el peso de su cráneo embutido en un casco formaba en la tierra húmeda. Cerca de él yacía una pierna que podía ser parte del cadáver de un compañero, unida o desprendida del difunto. O bien podía ser también suya.

While goin’ the road to sweet Athy,

a stick in me hand and a drop in me eye,

a doleful damsel I heard cry,

Johnny I hardly knew ye.

Se presentó voluntario para el ejército de colonización seducido por la intensa campaña de reclutamiento de la Confederación de Planetas y Satélites. El descubrimiento de una nueva forma de desplazamiento a través del espacio que desafiaba todo lo que se conocía de él hasta el momento había propiciado que la ambición expansionista de la Humanidad se desatase como nunca a lo largo de una historia que ahora se le antojaba, tal vez demasiado larga. Por lo que sabía, tras una cantidad considerable de expediciones a otros planetas calificados como habitables, nunca se habían producido encuentros desagradables con la -por llamarlas de alguna manera- flora y fauna autóctonas. En muchos de estos planetas se habían establecido grandes grupos de seres humanos sin demasiados incidentes a excepción del desarrollo de la espantosa Mutación de Kent, que había relegado a la categoría de impracticables algunos de los nuevos hogares antes contemplados como susceptibles de albergar a la civilización. Salvo estos casos, terribles pero aislados, en cuya prevención ya trabajaban los mejores cerebros del gobierno, el resto de contactos con la vida nativa se había saldado con la extinción de la misma como consecuencia del proceso de terraformación, o con la conservación de determinadas especies de interés en las inmensas granjas de contención. La política oficial era el homo astral primero, y este era un mensaje que convenía tener claro en todo momento. La fundamentación teórica era que garantizar la supervivencia de la vida humana era lo esencial, especialmente tras la ya lejana crisis de la hiperpoblación, que pudo acabar con toda la especie.

Cuando su compañía llegó a Sulloon en misión de reconocimiento, los escáneres biométricos no detectaron ningún indicio de vida potencialmente peligrosa en aquel cuerpo de atmósfera violeta y mares embravecidos. Si de algo había pecado siempre la Humanidad era de una ignorancia extremadamente arrogante. Tras confirmar que los colonos podían proceder a instalarse e iniciar el proceso que convertiría con el tiempo a aquel lugar en una nueva y artificial Tierra, su siguiente cometido fue escoltarlos por si surgía alguna clase de problema, especialmente logístico y de comunicaciones. Llevaban ya casi siete años allá, y los núcleos humanos habían ido dispersándose para tejer la compleja red que requería la transformación, separándose cada vez más de la metrópolis, alentados por el reconocimiento interplanetario que les granjeaba la gran labor que estaban realizando. Comenzaban a obtenerse pequeños y moderados éxitos. El cambio era muy lento, pero se empezaba a apreciar en pequeños detalles. El musgo tóxico que impedía la siembra de biots retrocedía como un animal herido desde los asentamientos; los árboles -así decidieron llamar a unas complejas estructuras vivas que se proyectaban centenares de metros hacia el cielo- se marchitaban y caían con un horrible y agónico chirrido final que era su último estertor; los perros, vagamente similares a un artrópodo, numerosos, pequeños e inofensivos, se habían capturado sistemáticamente para su estudio en las granjas, al parecer, no contraían la plaga de Kent, como también se conocía a esta aberración cósmica. La vida en general sucumbía al paso de los terrícolas, para exasperación de los exobiólogos, que veían como su disciplina era maltratada y sus advertencias desoídas.

Se cumplía una semana desde que recibieron las primeras noticias del movimiento de una inmensa masa de algo que se desplazaba desde el polo sur del planeta en dirección al extremo norte, lugar en el que se encontraban las bases de la colonia. Al principio pensaron que podía tratarse de alguna clase de tormenta, o de movimiento migratorio de alguna especie que todavía no habían observado. Pero pronto los satélites informaron de que ambas hipótesis eran erróneas.

Cubrieron una distancia de aproximadamente 90.000 quilómetros en seis días, sin descanso, sin tregua, como una nube de langostas apocalípticas que desconoce el cansancio. Atravesaron cordilleras impracticables y océanos ácidos sin detenerse ni un instante, hasta que cuatro horas atrás impactaron contra los núcleos más alejados. Las cámaras de las estaciones revelaron un espectáculo dantesco. Las bajas fueron catastróficas en cuestión de minutos, no hubo resistencia posible. Pudo escuchar las maldiciones histéricas de sus compañeros, antes de ser convertidos en una marea nauseabunda de despojos orgánicos. Los anillos exteriores del entramado fueron cayendo, mientras la negra sombra de la desesperación se apoderaba de aquellos a los que todavía no había alcanzado la destrucción. La evacuación que se solicitó al Estado Mayor recibió una negativa consistente en la explosión por control remoto de la Highlander, el único vehículo con capacidad para transportarlos a todos fuera de allí. Sus últimas esperanzas saltaron por los aires junto a los pedazos incandescentes de aquello que siete años atrás fue la promesa de una nueva oportunidad.

With your guns and drums and drums and guns, hurroo, hurroo…

With your guns and drums and drums and guns, hurroo, hurroo…

Los cañones pesados vomitaron su carga letal sin resultado alguno. La muerte tenía un sinfín de extremidades, la piel de aspecto áspero y rocoso, un rostro alargado e inexpresivo como de máscara impasible. Disminuyeron su velocidad bruscamente a medida que se acercaban. Lo que más le asombró fue la manera en que se movían; era algo incomprensible y totalmente ajeno a nada que hubiesen visto. Se lanzaban aquí y allá en una macabra danza, propulsados por unos brazos como columnas. Debían medir unos cinco metros de altura por ocho de largo. Habían ordenado que los civiles se refugiasen en el interior de las instalaciones, aguardando un milagro que no llegaría. No existían dioses benévolos en Sulloon. Lo que quedaba de la compañía había aguardado la llegada del cataclismo tras trincheras automáticas que emergían de hendiduras en el suelo.

With your guns and drums and drums and guns,

the enemy nearly slew ye,

oh my darling dear, ye look so queer,

Johnny I hardly knew ye.

La literatura no hacía justicia a la realidad de aquellas situaciones. Nunca lo imaginó así. No había un himno de guerra melancólico de fondo, ni se ralentizaba la acción, ni los héroes se ponían en manos del destino arrojándose a las fauces del monstruo para acabar con él pagando con su vida, ni unos refuerzos inesperados rasgaban el cielo entre vítores de júbilo y detonaciones que anunciaban la redención. Allí únicamente se escuchaba el chasquido de los huesos rotos, y los gritos y gimoteos de pánico más puros y auténticos que una garganta puede proferir; se olía el hedor de las vísceras derramándose como deshechos que escapan de una bolsa de basura rajada; la soledad se podía inhalar y en lugar de memoria por los caídos habría silencio y olvido. Vio desgajarse en dos a un amigo antes de sentir el golpe brutal que lo arrojó decenas de metros por el aire hasta caer contra la espalda de uno de los seres que se lo sacudió de encima como a un parásito. El choque contra el suelo todavía fue doloroso, desgraciadamente no había perdido la consciencia. Su casco se agrietó y pudo sentir la brisa suave que bañaba el escenario del fin del mundo. Tendido en el suelo y sin poder torcer el cuello, oyó derrumbarse los muros de la granja, y el frenético batir de millones de pequeñas patas llevando a sus dueños de vuelta a casa. A continuación, una sinfonía de llantos y un coro de aplastamientos. Y ni siquiera podía girarse para echar un vistazo final al epílogo de su reducido paraíso. Su respiración, débil y a punto de extinguirse, producía ondas en el pequeño charco.

I’m happy for to see ye home, hurroo, hurroo…

I’m happy for to see ye home, hurroo, hurroo…

I’m happy for to see ye home,

all from the island of Sulloon

So low in the flesh, so high in the bone

Oh Johnny I hardly knew ye.

Publicado por Eduardo Almiñana

Escritor y terrícola.

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